H I S T O R I A  Y  S O C I E D A D
Boletín electrónico

 


 

Ficha técnica:Dirección: Joseph Vilsmaier y Dana Vavrova.

Producción: Artur Brauner.

Guion:   Stephen Glantz.

Fotografía: Helmfried Kober y Joseph Vilsmaier.

Edición: Uli Schön.

Año: 2006

Comentario realizado Lic. Wagner Ramírez Arroyo*

     Magia del celuoide marzo 2018 Esta producción permite visualizar uno de los pasajes más vergonzosos de la Historia, cuyo contenido trae una fuerte reprimenda moral a las sociedades actuales. “El Último Tren a Auschwitz” relata la travesía de un vasto grupo de judíos que son trasladados por la fuerza hacia un campo de concentración en 1943. El mérito de la película es mostrar las diversas reacciones de los personajes ante los desgarradores eventos, tanto de las víctimas como de los victimarios: los primeros sucumben ante la impotencia o se aferran a la esperanza de escapar, los segundos se limitan a obedecer órdenes sin cuestionarlas o se abstienen de ejecutarlas.

     El desarrollo argumental inicia con un regalo especial para el Führer, Hitler cumple años y los últimos residentes judíos de Berlín serán deportados de la ciudad. Las víctimas son arrastradas por los soldados a la estación de Grunewald y obligadas a entrar en los hacinados vagones de un tren ganadero. Aquellos que se niegan son asesinados en el acto. Seiscientas ochenta y ocho personas, cuyo único punto en común es su etnia, comienzan un viaje de seis días en condiciones inhumanas. Su destino es el campo de exterminio de Auschwitz. La desesperación es total, una cubeta con agua es el único sustento para las casi cien personas que pueblan cada vagón. En la claustrofóbica atmósfera, los prisioneros deben lidiar con la sed, el hambre, el calor y el horror. Algunos tratan, en la medida de lo posible, de distribuir los escasos recursos y motivar a los otros para organizar la fuga.

    El drama busca la identificación empática del espectador con las víctimas. La atención se mantiene con la expectativa de que algunos prisioneros logren escapar de la muerte. También se recurre a clichés cinematográficos para equilibrar la tensión argumental, como los primeros intentos de fuga fallidos: una herramienta perdida o un pie atorado para alimentar el suspenso. La narración es casi lineal, a no ser por los flashback insertados que ubican a los protagonistas en el contexto. Aunque el principal recurso dramático es relatar el intento de fuga, el director se esforzó por individualizar las víctimas, centró el rodaje en el interior de un sólo vagón, como una muestra representativa de la población judía: El ex boxeador Henry Neumann, con esposa e hijos, el Dr. Friedlich con su hija y su nieto, los artistas Jacob y Gabrielle, el joyero, Albert y su novia Ruth. Toca el tema de la vulnerabilidad humana y sus contradicciones: inteligencia, creatividad, compasión, violencia, egoísmo, codicia y traición. La fuerza se impone sobre la voluntad de la mayoría, un pequeño grupo asume el control y decide intentar la fuga sin contar con la opinión de los demás. Muchos de los presos caen en la apatía y la agonía o la locura, otros luchan sin cansancio hasta el final, a pesar de que saben que el tren los lleva a un campo de exterminio.

      La parte oscura es individualizada en sólo dos personajes: los mandos militares Klimpt y Crewes, mostrando los demás trabajadores de la SS como una masa anónima que actúa por inercia. En sus dos breves apariciones, en la sede de la Gestapo y en la estación de Grunewald, Klimpt se caracteriza por ser un líder perfecto para el régimen, sus subordinados le obedecen automáticamente. Por su parte, Crewes, es obediente y disciplinado, no cuestiona órdenes y espera lo mismo de sus subordinados. El punto culminante de su maldad quedó plasmado cuando trató de sobornar a una niña, para obtener información de los responsables del intento de fuga. Klimpt y Crewes simbolizan la maquinaria nazi, pero de forma incompleta.

     Las contradicciones internas de los victimarios fueron poco exaltadas y se les llevó a la casi total deshumanización. Este vacío argumental se llenó parcialmente con una de las más valiosas escenas del film, cuando un pelotón de soldados de la Wehrmacht acude a la desobediencia y desprecia ser partícipe de actos inmorales, de esta forma deciden alimentar a los presos. Este acto simbólico sirve como un alivio para la sociedad alemana actual, diciéndose a ellos mismos que no todos fueron responsables del Holocausto. Una verdadera excepción en la cinematografía del siglo XX, siendo lo más usual mostrar a los soldados como máquinas inertes y obedientes, sin responsabilidad individual de sus actos.

     La sociedad civil es representada mediante el personal ferroviario, se muestran como cómplices de las atrocidades y ajenos al dolor humano. Un pico alto de esta crítica social y moral se evidencia cuando el piloto del tren muestra con orgullo a su compañero un reloj de oro que cambió por pan a un judío en una situación miserable. ¿Cómo aterriza este drama en la actualidad? Cuando dos pueblos son enfrentados en situaciones donde la xenofobia de una cúpula es la responsable del crimen y se libra de responsabilidad a las contradicciones propias de las sociedades que sustentan los regímenes políticos ¿Fueron responsables sólo los nazis del Holocausto o la sociedad occidental europea, fue cómplice con su pasividad? Resulta que los actuales actos de violencia y discriminación contra las minorías que vivimos hoy, se alimentan de la inactividad de cada uno de los miembros de la sociedad, que ante las violaciones de los derechos humanos, muchos individuos ignoran o evaden denunciar la realidad.

     El pueblo alemán ha vivido más de medio siglo con la responsabilidad del Holocausto en sus espaldas. En los últimos años han tenido la necesidad de reivindicarse ante el mundo como una sociedad moderna, democrática, capitalista y respetuosa de las diferencias étnicas. De la misma forma en cómo se construye un monumento al Holocausto en medio Berlín, así un sector de la sociedad alemana pide perdón al mundo con esta película. En la actualidad, tanto Alemania como el resto de Europa, Estados Unidos y varios países de América Latina, incluso Costa Rica, cuentan con reducidos, pero incómodos grupos que se hacen llamar neonazis. También surgen agrupaciones políticas que amenazan el bienestar de las minorías, cuya agenda política se abandera explícitamente en el irrespeto de sus derechos y cuentan con el apoyo de un significativo sector de la ciudadanía. Parece que el ser humano debería volver la vista al pasado y comprender las consecuencias que estos actos implican.

    Después de la Guerra Fría, el Holocausto fue un tema recurrente en las producciones cinematográficas de alto presupuesto, algunos han sido exitosos desde el punto de vista comercial como: La lista de Schindler (1993), La Vida es Bella (2000), El Pianista (2003), Los Falsificadores (2007) o El niño con el Pijama de Rayas (2008). Todas ellas, junto con El último tren a Auschwitz (2008), muestran el sufrimiento del pueblo judío dentro del régimen nazi, pero no se adentran en sus causas profundas, las contradicciones de las sociedades occidentales, que van más allá del odio entre pueblos, como dijo Zygmunt Bauman (2010): “Por sí solo, el antisemitismo no explica el Holocausto” (p. 53). Estas producciones cinematográficas hacen exactamente lo contrario, muestran el antisemitismo del pueblo alemán como la principal causa del Holocausto. Así, buscan eximir de responsabilidad al Estado Moderno, también a su institucionalidad democrática y capitalista o las élites que los controlan.

     Es aquí donde radica la debilidad argumental de “El último tren a Auschwitz”, no explica en su totalidad las causas del Holocausto, el pueblo alemán no es el único responsable de estos atroces hechos. Las sociedades occidentales y el resto de la comunidad mundial fueron cómplices, por cuanto ignoraron y callaron actos atroces de discriminación contra grupos minoritarios. Las sociedades actuales, que se basan en los valores de libertad, igualdad y fraternidad promulgados después de la Revolución Francesa, también son débiles en la lucha contra la discriminación. Podemos asumir con certeza que el Holocausto fue producto de las contradicciones sociales, económicas y políticas de la modernidad y sus ejes democráticos y capitalistas. Bajo el control social de los fuertes e influyentes Estados actuales, la xenofobia y la intolerancia se manifiestan con fuerza en la actualidad.

    El objetivo de esta producción cinematográfica, es casi loable. Abre el debate y la reflexión sobre la responsabilidad histórica de los individuos. Busca que el público se identifique con el sufrimiento de las víctimas, vuelve aquellos lejanos e incomprendidos judíos en seres cercanos, con las mismas características humanas que tiene el espectador, es decir, individualiza el anonimato de las víctimas y culpa a gobernantes desacertados que ya no existen. Coloca el Holocausto como un error del pasado, lo cual lamentablemente no es cierto. Las raíces sociales y culturales que permitieron este genocidio se mantienen latentes en la actualidad. El cine histórico debe alearse de cumplir un rol propagandístico para los Estados modernos, como lo argumenta Marc Ferro (1980, p. 13), debe ser un agente de toma de consciencia social, para lo cual necesita ser más preciso en términos históricos.

*Lic. Wagner Ramírez Arroyo. Profesor de la Cátedra de Historia de la UNED. Bachiller en la Enseñanza de los Estudios Sociales y la Educación Cívica por la Universidad de Costa Rica y Licenciado en Ciencias de la Educación. Correo electrónico: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

                                                                             

Referencias bibliográficas

Bauman, Zymunt (2010). Modernidad y Holocausto. Madrid, Sequitur.

Ferro, Marc (1980). Cine e historia. Barcelona, Editorial Gustavo Gili.