H I S T O R I A  Y  S O C I E D A D
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Por Ronald Obaldía González*

El mandatario Mahmoud Ahmadinejad, como antes señalamos, en su entonces, un dirigente represivo ultraconservador y exintegrante de la Guardia Revolucionaria - policía religiosa, creada en 1979 para proteger los principios de la revolución teocrática islámica - había hecho más tirantes los vínculos con Occidente e Israel, así también con las monarquías del Golfo y el sistema de la Organización de las Naciones Unidas. Simultáneamente, estos sujetos internacionales reiteraron en sus posturas punitivas, con tal de contener los programas de enriquecimiento de uranio, básicos para la fabricación de armas nucleares.

Con tal mandatario nacionalista se afianzó el frente conservador, en perjuicio de los reformistas y sus candidatos a los puestos de elección popular. Los sometieron en ese lapso a los vetos y restricciones, impuestos por los Ayatolahs en su ligamen con el Consejo de los Guardianes de la Revolución, sobre todo, a los candidatos reformistas aspirantes a puestos de elección popular. Poniendo como pretexto las amenazas extranjeras, la élite política, con base en un proceso amañado y fraudulento, consiguió que Ahmadinejad se alzara con las elecciones del 2009. Las protestas populares tampoco hicieron mella a su continuidad en el poder. Dicho sea de paso, el expresidente nacionalista radical se dispone, otra vez, a convertirse en candidato en los próximos comicios generales.

Ninguna diferenciación se impone hacer Washington entre los conservadores y los reformistas islámicos iraníes, así como de los no pocos sobresaltados seguidores del extinto régimen modernizador del Sha Mohamed Reza Pahlevi. Lo cual, ciertamente, ha abierto fisuras al interior del régimen, quedando ello demostrado en las reyertas de principios de este año, cuando ambas fracciones estuvieron confabulando para llevar agua a sus molinos.

Tampoco distingue las distancias ideológicas entre el anterior presidente Mahmoud Ahmadinejad y el actual: el moderado mandatario Hasan Rohaní, quien está cumpliendo con su segundo mandato, fue reelegido para un segundo mandato hace apenas ocho meses, con una contundente mayoría del 57 % de los votos-. Así también, son notorias las serias divergencias entre el presidente y los clérigos ultraconservadores (Francisco G. Basterra). El gobernante iraní Rohaní ha denunciado los exagerados presupuestos de las instituciones religiosas, o militares, de los Guardianes de la Revolución. Los clérigos disfrutan de una vida fastuosa; se desvían dineros para la estrategia del “corredor terrestre” en el Medio Oriente, con base en intervenciones en el extranjero, ya sean Siria, Líbano, Yemen y la Franja de Gaza. Solamente, el régimen de los Ayatolahs, en la guerra de Siria, ha gastado $10.000 millones (Shlomo Ben-Ami).

Tales contradicciones internalizadas en Teherán, en el presidente Donald Trump resultan impensables. Este obsesionado en desmantelar el legado de Barack Obama, opta por atacar los afanes de Teherán en dotarse de reactores nucleares, destinados a fines militares y de defensa, lejos del uso pacífico, en particular la producción de electricidad, con lo cual los iraníes intentan persuadir a la comunidad internacional. 
Razón por la cual, la Casa Blanca exige, de manera constante, a los países europeos a endurecer el pacto nuclear (el PCAC), sellado en el 2015 por Estados Unidos, China, Rusia, el Reino Unido, Francia y Alemania con el Gobierno de Irán (Ángeles Espinosa).

El PCAC es un acuerdo multinacional refrendado por el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Washington habrá de intentar excluir a Teherán de las conversaciones de un nuevo pacto paralelo, cuyas exigencias difícilmente se aceptarían, puesto que se rompería el consenso que permitió, tras una década de negociaciones, sellar el acuerdo de hace tres años (Joan Faus). De ser negadas, Estados Unidos “haría efectivo el retiro” de ese acuerdo (AFP, 2015), a pesar que a inicios de este año se mantuvo, por ahora, a su país. El presidente estadounidense, Donald Trump, el pasado enero decidió renovar el alivio de sanciones concedido a Irán, con base en el arreglo nuclear del 2015, pero advirtió que esta es la "última oportunidad" para ayudarle a los aliados corregir los "defectos" del pacto, o si no, se retirará de él. En cambio, las demás contrapartes han instado a la Casa Blanca a no abandonarlo. La referida decisión de enero pasado del mandatario estadounidense fue valorada con beneplácito, fue un respiro, a favor del presidente iraní.

Trump quiere vincular indefinidamente el acuerdo nuclear con el desarrollo o ensayo por parte de Irán de misiles balísticos, inspecciones nucleares, y acabar con la cláusula que permite a Teherán reanudar en una década el enriquecimiento de uranio. De igual modo, pide actuar contra las injerencias regionales de Irán. Trump esgrime que el impacto del levantamiento de las sanciones financieras y energéticas estadounidenses y europeas, a cambio de la reducción de su programa atómico, Teherán lo ha utilizado para financiar “armas, terror y opresión” y violar los derechos humanos de su gente (Joan Faus, 2017). La respuesta de la Unión Europea (UE) no ha tardado en llegar. “Eso está fuera del acuerdo y debe abordarse en diferentes formatos”, esgrimió la alta representante para la Política Exterior de la UE, Federica Mogherini, en sus encuentros con el ministro de Exteriores iraní, y sus homólogos alemán, británico y francés ( Joan Faus).

En su lugar, el presidente iraní también ha subrayado que el acuerdo está concluido y que “no se le puede añadir nada” (Joan Faus). El presidente Rohaní ha asegurado que su país cumplirá lo firmado con las grandes potencias hace tres años, en la medida en que sus derechos e intereses sean respetados (Francisco de Andrés). Además, la UE y los tres países europeos que firmaron el pacto de 2015 (Alemania, Francia y Reino Unido), han dejado claro que rechazan renegociarlo. El presidente iraní, Hasan Rohaní, se agarra del respaldo europeo hacia el pacto antinuclear para fortalecerse, fomentando el nacionalismo persa, lo cual le vale en sofocar las protestas que desestabilizaron el país a principios de este año (Ángeles Espinosa,2017). El gobernante iraní abraza al mismo tiempo el acuerdo, que en el fondo le significa captar respaldos internacionales en sus persistentes posturas de apertura social y cultural.

Las protestas depararon decenas de muertos (Atta Kenare. AFP), en las cuales se puso en entredicho la legitimidad y sobrevivencia del régimen islámico, y particularmente el poder ejercido por el conservador ayatollah Alí Jamenei; al cabo que el gobierno de Rohaní, a pesar de hacer posible el aumento económico y un mejoramiento de la macroeconomía, “que ofrece buenos parámetros”, el restablecimiento de la industria petrolífera, al no traducirse todo ello en mejor calidad de vida de la gente, ha hecho lo insuficiente, en medio de la asfixia económica, resolver el aumento del paro en especial el juvenil, el cual ronda en un 40%, el incremento de los precios, entre ellos la gasolina, y la carestía de productos básicos. Bastante gente ha perdido sus ahorros en instituciones de crédito que se han quebrado. 


Asimismo, otro supuesto del origen de las protestas, las cuales comenzaron en Mashhad que, además de ser la capital de los disturbios de este año, representa la ciudad del blanqueo de dinero; el Gobierno les ha cerrado los canales a los lavadores, les ha privado de muchos beneficios que tenían antes, así se entiende que hayan calentado las protestas como medida de presión” (Ángeles Espinosa).

Llegó a ser el colectivo de la juventud, quien abogó a favor del desarrollo económico más equitativo; demanda la "libertad para los presos políticos", las mejores condiciones de la clase trabajadora, castigada por el alto desempleo, lo que llegó a alimentar el estallido. Los jóvenes profesionales tienen que irse del país en busca de trabajo y un futuro mejor (Víctor Lapuente Giné). Los manifestantes, en especial, los jóvenes clamaban en pro de una “república iraní”, deslegitimando la república islámica.

Precisamente, las manifestaciones antigubernamentales contra los ayatollahs las tuvieron en su óptica Israel, y las monarqúias del Medio Oriente, en particular Arabia Saudita - un país armado hasta los dientes por Trump - , a la expectativa de su desenlace (Mikel Ayestaran). Las atizó Trump, lo cual denota la animadversión del mandatario contra el subimperio del Medio Oriente, y contra su policía la Guardia Revolucionaria de (Joan Faus), encargada esta vez de desactivar las manifestaciones en las calles de las ciudades, al percibirlas como una sedición frente a la República Islámica, sin descartarse la sospecha de que se trató “más de una pelea entre élites del sistema: los conservadores a favor del régimen teocrático y los reformista que hoy controlan el poder gubernamental”. Los adeptos a los clérigos conservadores tampoco se quedaron inactivos; respondieron al organizar una serie de manifestantes, corearon consignas contra los activistas antigubernamentales, contra Trump e Israel, empuñando un afiche del ayatollah Jomeini durante una marcha en Teherán (Irán), el pasado 5 de enero (Atta Kenare. AFP).

La hostilidad de Trump hacia Irán se refleja a la vez en la responsabilidad, achacada a la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner y altos funcionarios de su gobierno en un presunto plan para encubrir a los autores intelectuales del atentado, ejecutado por iraníes contra objetivos judíos en la AMIA de Argentina en 1994. En el atentado perdieron la vida 84 personas judías. Asimismo, basta con verificar el discurso de Washington en relación con sus controversias frente al régimen de Corea del Norte, en el cual se pone de relieve una vez más la enemistad hacia los ayatolahs, a quienes continua aislando; por el contrario, la Casa Blanca deja abierta la distensión con Corea del Norte, muestra su disposición a intentar una negociación con su archienemigo nuclear “en el tiempo apropiado y bajo las condiciones correctas” (J. M. Ahrens).

Así, entonces, se trató de “la última suspensión” que llegó a firmar en enero del 2018 el magnate Trump, al alegar “fallas desastrosas” en él. La tesis impera en casi todas las monarquías sunitas. En Israel, el mayor protegido de Washington en el Medio Oriente, cuyas relaciones en esa región las induce el judío Jared Kushner - el yerno de Trump - , prevalece la misma percepción, por cuanto “el Irán nuclear”, subimperialista e injerencista, así denominado, le significa “amenaza existencial” al financiar y militarizar sus enemigos, cuyos planes desembocan en el objetivo de la desaparición del Estado hebreo, a saber: las organizaciones terroristas Hezbolá en el Líbano y Hamas (chiíta) de la Franja de Gaza, las palestinas Fatah y la Yihad islámica; así también al tirano régimen de Bachar el Asad en Siria, este asediado por la oposición sunita y las ramas terroristas sunitas, ya sean Al Qaeda y el Estado Islámico (EI).

Por su parte el Capitolio en Washington se rehúsa a las medidas duras contra el régimen teocrático iraní, incluso aquello de permitir el acceso inmediato que requieran inspectores nucleares; el asegurar que Teherán sigue a un año de poder desarrollar una bomba atómica; hacer permanentes las obligaciones iraníes y vincular el programa nuclear con el de misiles (Faus, idem). Los congresistas estadounidenses en su mayoría guardan prudente distancia de las tesis de Trump. En ellos no parece haber consenso para recuperar las usuales sanciones; piensan que podría convertirse en una vía de irritar a la Unión Europea (UE), quien ha invertido esfuerzos en el pacto antinuclear con Irán.

Tras los arreglos de Irán con las Naciones Unidas en materia de desnuclearización, ese país oriental “ha dado un vuelco en las relaciones” con el viejo continente. Los dos bloques han pasado a elevar sus flujos comerciales en un 79%, desde que se suspendieron las sanciones, las que prohibían bastante de los intercambios (entre ellos los energéticos). Europa antes de las sanciones y el bloqueo había sido el primer socio comercial de Irán. Hoy, con el levantamiento o suavización, es el quinto (Ángeles Espinosa).

Al asumir Hasan Rohaní la presidencia de Irán en 2013, tuvo que dirigir todos los esfuerzos de su Gobierno a enfrentar las secuelas económicas de ocho años de las políticas de su predecesor Ahmadineyad. El actual mandatario heredó una tasa de inflación anual de alrededor del 40%; un PIB en recesión y unas sanciones del Consejo de Seguridad de la ONU, merced a los desautorizados proyectos nucleares, los que perjudicaban fuertemente las exportaciones petroleras. Con la firma del acuerdo nuclear, y el consiguiente levantamiento de las sanciones en enero de 2016, Irán accedió a sus fondos congelados en bancos extranjeros. En el lapso de un año logró recuperar su lugar en el mercado de petróleo. Esto ha permitido que el PIB iraní experimentara en el año fiscal, que terminó en marzo pasado, un crecimiento del 12,5%, en su mayoría fruto del aumento de las exportaciones de petróleo (Ángeles Espinosa). En el ámbito del negocio del petróleo sobresalen las rivalidades frente a las restantes naciones árabes petroleras, con ventajas para Irán, quien el año pasado descubrió unas reservas de petróleo de 15.000 millones de barriles.

Desde hace dos años los persas lanzaron una ofensiva diplomática en Europa y en el Vaticano, donde se supone que obtuvieron réditos recientes, tras la visita allí del Presidente Hasán Rouhaní, esto amparado en los credenciales del éxito del acuerdo o programa nuclear con Occidente (el PCAC), el cual auspicia la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Se levantaron las sanciones que a Teherán le permitirá recuperar su economía. Para ello necesitaría que los países corten su producción, para que los precios suban. En esta línea de la distensión y acercamientos, Rusia ha advertido a Trump sobre el peligro del endurecimiento de la política hacia Irán; afirma Moscú que las intromisiones le serán inaceptables (Ayestaran; Abellán).

El Banco Europeo de Inversiones prepara garantías para proyectos que no encuentren financiación (Lucía Abellán). De retirarse Washington del acuerdo antinuclear, en el caso de Europa, se trabajaría en las previsiones, en el sentido que Washington adoptaría posibles represalias contra sus empresas. El riesgo contra las empresas europeas se asemejaría a la llamada ley Helms Burton, por la que Washington había castigado a las compañías que invirtieran en Cuba (Lucía Abellán).

Todo hace constatar la existencia de crónicas grietas, ensanchadas, entre el Irán (chiita) y las monarquías sunitas del Golfo Pérsico, ya sean Arabia Saudita, Kuwait, Qatar, los Emiratos Árabes Unidos – con precaria vocación democrática, aliadas de Trump - , en cuenta Egipto (Obaldía, Ronald, 2015). Así como tal, Yemen, quien alberga una minoría chiita, se convirtió en otro objetivo de la ofensiva iraní, con tal de orillar en esa nación en guerra el predominio saudita, dicho sea de paso un predominio que abarca las instancias de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP).

Paradójicamente, los estadounidenses y el Irán poseen los mismos enemigos, los talibanes de Afganistán son parte de ellos. Lo hubo de ser Saddam Hussein en Irak, esta vez contra los yihadistas, quienes todavía operan en esa golpeada nación árabe. En la conflagración de Siria, eso sí, en donde Irán intenta sostener al régimen de Bachar el Asad, las fuerzas militares y los Guardianes de la Revolución (los Pasdarán) de Teherán han decididamente colaborado, al lado de los aliados occidentales, con tal de derrotar a los terroristas del ISIS, en paralelo a la coalición internacional que dirige Washington. Motivo por el cual los iraníes califiquen como una afrenta, el que por más de una década hayan sido sancionados política y económicamente, pues indirectamente han estado aliados a Washington, en la batalla contra el terrorismo de ISIS en el Medio Oriente.

Una guerra en la cual Rusia - al lado de Irán - defienden con puño fuerte al gobierno de Bachar, a sabiendas del riesgo que pueden correr las bases militares suyas, instaladas en las aguas marítimas de Damasco. En cambio en el Líbano y Yemen se han involucrado en operaciones encubiertas. Lo mismo que la participación iraní en la lucha en defender al régimen de Bachar el Asad en Siria, así como en operaciones encubiertas en la Franja de Gaza, Irak, Afganistán o Yemen, la ha hecho verse (todavía) enfrentada a menudo frente a los intereses de Washington y de los propios europeos.

Un sector de la inteligencia estadounidense, “con realismo real” se acomoda al hecho de que el gobierno iraní es un “aliado fáctico”, porque enfrenta a los yihadistas islámicos, sea que en este juego de ajedrez haya que tolerar - desafortunadamente - la permanencia de Bashar al-Asad en Damasco, acérrimo enemigo militar de los terroristas del Estado islámico (EI, Daesh o ISIS). En términos generales, el propio multilateral arreglo nuclear del 2015 sale beneficiado; en parte se convierte en una medida de confianza a favor de los iraníes. Lo otro consiste en el surgimiento de Irán como potencia en Oriente Próximo, parcialmente una “buena noticia para la lucha contra el terrorismo, el integrismo mahometano y la yihad mundial”, de inspiración sunita (Daesh y al Qaeda), al cabo que causa insomnio a las mismas monarquías sunitas, quienes, en un principio, fueron cómplices, sus embriones.

Principalmente, la fortalecida Daesh (o ISIS) figura entre el máximo operador de la violencia y el terrorismo, este que ha causado estragos y atrocidades en Irak y Siria, actúa en casi todo el Medio Oriente. Empero, el poder iraní resulta un negativo hecho en el resto de las monarquías sunitas e Israel, opuestas al expansionismo de un Teherán, rico en materias primas, y poseedor de mayor capacidad militar; en un futuro, según Trump e Israel contará con la bomba atómica. 


El objetivo militar – nuclear iraní continúa enrumbándose a paso veloz, de acuerdo con la visión de los Estados Unidos de América de Donald Trump y de Israel. Entretanto, la Organización Internacional de Energía Atómica (OIEA) asegura lo contrario: que Teherán ha sido respetuosa del acuerdo nuclear. Los inspectores de la ONU han subrayado que Irán está respetando el acuerdo (Faus). Lo cual contrasta con las reacciones del pasado del régimen teocrático, en cuanto a negarse a detener los planes de enriquecimiento de uranio, pese a que la Unión Europea (UE) le ofrecía facilidades comerciales, las que Teherán siempre rechazó.

El sostenido apoyo iraní a los terroristas de Hezbollah (chiita), enemigos mortales de Israel, le permitió a la nación hebrea arremeter, a través de la fuerza, contra los militantes extremistas, afincados en el Líbano. Hubo de enviarse, de este modo, un "nítido mensaje al propio Irán y su aliado Siria", en que tampoco se quedaría de brazos cruzados frente a cualquier amenaza contra su seguridad y estabilidad. Cabe explicar que Irán ha mirado a la nación judía, su enemigo en religión y capacidad militar, como el gendarme estadounidense en la región del Medio Oriente. Por su parte, en ciertos lapsos Israel no hubo de ocultar el interés de atacar las instalaciones militares iraníes, de donde se supone se enriquece uranio.

La alta complejidad de esta enemistad, en los últimos días llegó a extremos peligrosos cuando Israel acaba de ejecutar el ataque contra instalaciones militares iraníes instaladas en Siria, por cuanto le es inaceptable la presencia de fuerzas militares persas cerca de su frontera. Dentro de esta lógica de conflicto, seguro que Israel impedirá que en el suroeste de Siria (cerca del territorio hebreo) se consolide un despliegue permanente de fuerzas iraníes, o combatientes de Hezbollah, entre otros enemigos suyos. El primer ministro Benjamín Netanyahu acaba de aseverar que su país “nunca permitirá a Irán arraigarse en la ensangrentada nación árabe.

Ciertamente, un hecho corroborado lo constituyen las pruebas de Irán, relacionadas con el lanzamiento de un misil de largo alcance, capaz de alcanzar objetivos israelíes; así también los persas anunciaron el lanzamiento de un cohete de prueba que más adelante pondría un satélite en órbita, reales amenazas que ponen de relieve la desconfianza de árabes y hebreos, envueltos en una alianza “de perfil poco visible”.

La probabilidad, cada vez mayúscula, es que los actuales gobiernos chiíes ganen las guerras de Irak y Siria, incluso favoreciendo los hutíes de Yemen. Lo cual ha disparado la señal de alarma en Israel, quien “teme la aparición de lo que denomina «la Media Luna iraní» en la región del Medio Oriente, mucho más hostil hacia el Estado sionista que el mundo árabe-sunita, con quienes se había enfrentado en varias guerras. Por eso, el gobierno hebreo respalda al presidente Trump en su iniciativa de revocar el acuerdo nuclear de Estados Unidos con Irán, y se vuelva a instalar el anterior régimen de sanciones económicas.

El Primer Ministro hebreo Netanyahu lo tilda de “mal acuerdo”, el cual deja en manos del Irán el enriquecimiento de uranio, proceso clave en la fabricación de la bomba atómica. Considera que una buena parte de países musulmanes ya ha dado pasos, para reanudar el compromiso sancionatorio, lo acogen, y cada vez más se dan cuenta de que tienen una causa común, e intereses colectivos junto con Israel, frente a la amenaza, planteada por Irán, “la gran potencia” chiíta, cuyos Ayatolás siguen manteniendo entre sus objetivos la destrucción del Estado sionista (Francisco de Andrés), una meta que hace pocos meses recordó públicamente el Líder Supremo y sucesor el ayatolá Jamenei (Chagai Tzuriel), salvo que entre ambos ha habido ausencia de confrontaciones militares. Podría sobrevenir la creación de lo que algunos analistas califican ya como «eje del bien», formado por Israel y los países musulmanes sunitas, tales como Egipto, Jordania, Arabia Saudí (Mikel Ayestaran). Al mismo tiempo, el mandatario judío ha pedido a Vladimir Putin que deje de propiciar el fortalecimiento de Irán, su aliado en la guerra de Siria (Chagai Tzuriel).

El Medio Oriente refleja una gama de desentendimientos y desacuerdos frecuentes, lo mismo que de frágiles alianzas. El denominador común lo representan el odio, la desconfianza, otros “los estorbos”, todo lo cual comporta la fabricación constante de enemigos amenazantes (reales o imaginarios), erosionándose así cualesquiera tentativas de equilibrios de poder, o de arreglos políticos. Alrededor de las turbulencias, el prestigioso diplomático judío Shlomo Ben - Ami advierte que esa línea de conducta no hace otra cosa que tornar más factible un conflicto dramático, sangriento, destructivo, y desestabilizador, que todas las Partes deberían obligarse a evitar.

*Ronald Obaldía González (Opinión personal).  Correo electrónico: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.