H I S T O R I A  Y  S O C I E D A D
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Ficha técnica

Dirección: Stefan Ruzowitzky.

Producción: Josef Aichholzer, Nina Bohlmann,

Babette Schröder.

Guion: Stefan Ruzowitzky.

Fotografía: Benedict Neuenfels.

Edición: Britta Nahler.

Duración: 95 min.

Año: 2007

¿Qué hubiese ocurrido si los esbirros de Hitler hubiesen logrado falsificar de forma convincente el billete de dólar? Esta es la pregunta lógica que surge después de ver esta película y su respuesta puede ser aterradora desde todo punto de vista. El desenlace de la guerra se hubiese atrasado o Alemania hubiese resultado victoriosa. En todo caso hubiesen muerto miles de personas más. Este dilema moral es abordado como tema argumental en el filme “Los Falsificadores”.

La trama se ubica espacial y temporalmente en el Campo de Concentración de Sachsenhausen en Alemania, durante la II Guerra Mundial. El régimen nazi, logró aplicar toda la maquinaria capitalista del Estado Moderno para impulsar la industria de falsificación de billetes como arma de guerra. Pero, para ser efectiva, esta arma tan poderosa se debía mantener en secreto. Por este motivo se decidió producir con mano de obra recluida y fácil de eliminar a posteriori para borrar toda huella. Funcionarios bancarios y hábiles artesanos fueron obligados a diseñar y producir en masa cientos de millones de libras esterlinas.

El argumento es lineal y se basa en el dilema moral que enfrentan los falsificadores. El protagonista es un artista empedernido llamado Salomon Sorowitsch, quien debido a las vicisitudes de su vida termina recluido y reclutado como una pieza clase en el engrane de la falsificación. Su talento artístico fue la llave de su sobrevivencia, sus captores le encomendaron la tarea de falsificar billetes enemigos a cambio de un trato “preferencial”, lo cual acepta sin pensarlo mucho. El director logra capturar de forma magistral el remordimiento del protagonista con recursos cinematográficos clásicos. Es evidente que el personaje no se sentía a gusto con su ascenso social y su único consuelo era la esperanza de vivir al menos un día más, aunque con las libertadas empeñadas.

Se muestra a los nazis como seres inhumanos y robóticos, como es usual en el cine occidental, pero con algunas variantes interesantes: La capacidad de infringir dolor o placer según su conveniencia. Los nazis alientan a los falsificadores para apresurar la producción, son motivados con tentadores privilegios que el resto de la población recluida no goza: cama, comida suficiente, servicio sanitario e incluso una mesa de ping-pong. Pero mientras más productivos eran los falsificadores, más exitosa eran los nazis en la guerra. Los falsificadores se volvieron cómplices de miles de muertes.

Ante el riesgo de “satanizar” demasiado a las víctimas y salirse del cine políticamente correcto, el director decide darles el honor de reivindicarse. Cuando se les solicita la casi imposible misión de falsificar el dólar, los falsificadores entienden que este acto sería determinante para la victoria de la Alemania nazi. Aquí inicia el estrés argumental, por más que lo intentan el billete no alcanza la similitud necesaria para engañar a los banqueros enemigos. El conflicto moral llega y los falsificadores deciden poner en riesgo sus propias vidas para auto boicotear su tarea. En un ejemplo cumbre de la solidaridad humana, están dispuestos a morir para salvar a sus congéneres de un futuro tan asolador.

La trama de la película es intensa y atrapa al espectador, los personajes su lineales pero evolucionan, al menos moralmente. A pesar de caer en clichés cinematográficos con respecto a los estereotipos de hombres buenos y malos, el protagonista no cae en abrumadoras sobreactuaciones para llamar la atención. Karl Markovics interpreta al protagonista con poca gestualidad, pero logra mostrar el conflicto interno que vive de forma convincente, aunque mucho mérito se lo lleva el prolijo trabajo de cámara.

Aunque cuesta entender la causa, la manifestación emotiva del personaje principal se guarda para el final de la película, a pesar de su heroísmo, cierra el filme cargado de melancolía. Sentado en la playa, el simbolismo de su última acción es simple: el dinero es la más simple representación de la maldad humana. Luego no se dice más, es evidente que el director fue ligeramente mezquino con los amantes de los finales felices.

A pesar de su calidad cinematográfica, el filme no se escapa de una utilidad propagandística. Con este tipo de producciones la sociedad moderna occidental busca arrancarse el estigma del holocausto judío, es una forma de catarsis de librarse del peso de la culpabilidad. En el cine los nazis son seres inhumanos sin sentimientos ni remordimientos, una aberración que nació por accidente y se espera que esta anomalía del sistema no se repita más. Los productores de cine no se atreven de denunciar a las sociedades modernas como patrocinadoras y tolerantes del genocidio ¿Cómo quedaron ubicadas las familias poderosas que financiaron el Partido Nazi una vez que terminó el conflicto? Es más fácil culpar a los que ya no están.

En términos técnicos es una película amena, incluso didáctica, pero con respeto a la desmitificación histórica esta película se queda corta.

Sobre el autor

Wagner Ramírez Arroyo, docente universitario de la Cátedra de Historia de la UNED, Bachiller en la Enseñanza de los Estudios Sociales y la Educación Cívica por la Universidad de Costa Rica y Licenciado en Ciencias de la Educación por la Universidad Americana.