H I S T O R I A  Y  S O C I E D A D
Boletín electrónico

 


 

     Planeó con señalado entusiasmo las vacaciones suyas, deseándolas disfrutar en otra nación algo cercana, cuyo nombre nos reservamos. Y como tal se había hecho de la idea que mingún contrapié alterararía su recreativa decisión. Los arreglos indispensables se realizaron a tiempo. El hombre aquel, de buen vivir, en su conciencia ha sobrellevado, serenamente, algunos "desaciertos", aceptables, quizás. Eso sí, distantes de los giros inesperados y de las abruptas distorsiones, que lo hubieran sacado del cauce de la vida normal. O al menos exponerlo a severos riesgos personales, en los cuales el exceso obligado del uso de la razón llegara a ser el recurso inmediato frente a las contingencias. 

     Esto, que si hubiera carecido de madurez y de recta razón, hubiera sido alta la probabilidad de ser testigos de una individualidad desestructurada y tensada frente a las sanciones sociales. Ese buen ciudadano nos obsequió un relato, nacido de sus vacaciones, lo que hizo que decidiéramos reflexionar alrededor de él. Fue un evento suyo en uno de esos atiborrados aeropuertos: lo suficiente para reencontrarse con él mismo. Para poner a prueba su identidad y personalidad humana. 

     En el odioso, pero inevitable proceso del registro de las personas, practicados en las secciones de seguridad y migración de los aeropuertos, nuestro amigo del relato comprobó que su computadora personal de mano se había extraviado, su objeto más preciado. Se sobresaltó, de tal modo que se lanzó a rebuscarla en medio del tumulto de los agentes policiales y los ansiosos viajeros. Con inusitada atribución, se dio a la tarea de merodear y escudriñar las bandejas, donde la gente debe colocar algunas de sus pertenencias, como parte de los estrictos protocolos de seguridad. Lo que él menos se imaginó, en su desesperada embestida: descubrir, de repente, en una de las bandejas un sinnúmero de fajos de billetes de dólares, sospechosamente ocultos. 

     El hallazgo era extremadamente tentador, para que las flaquezas y las debilidades salieran a relucir, y, de este modo, arrastrarlo al incidente peligroso, tanto como vergonzoso. A pesar que el ambiente tumultuoso del chequeo migratoria le era favorable. Al concentrarme en el relato de nuestro amigo, hicimos memoria de las lecciones de estadística y matemática de nuestro profesor Mario Bermúdez, específicamente de las fórmulas relacionadas "con el problema de decisión", y los sucesivos cursos de acción, condicionados por diferentes riesgos, o su impar las ventajas; obligados a medirse, con tal de identificar la solución viable, frente al encuentro con una peripecia particular de la vida real. 

     De buenas a primeras, puede resultar que la aplicación de los postulados de la estadística y las matemáticas contribuyan a prevenir esa fascinación o el hechizo de incursionar en lo fácil y lo demeritorio, lo inherente a la confortable y placentera sociedad de consumo (Víctor M. Mora Mesén, presbítero), y del hedonismo. A veces unidos a la adicción por el poder, para satisfacer, no más, "el propio orgullo" y la soberbia personales.

     Ese antivalor, un producto aceptado en nuestra Era, cuando tiende a legitimarse lo irregular, indeseado y transitorio, hecho realidad en actos atrevidos, susceptibles de hacernos perder la ruta de la formación del juicio justo, y el alto valor del sentido de diferenciar entre el bien y el mal.  Ignoramos si el amigo nuestro poseía conocimientos en dicha disciplina académica, lo cierto es que pareciera que se divorció de la pasión, la ambición y del egoísmo. Sin percatarlo, actuó como un estadístico responsable, al medir las consecuencias de lo que pudo haber sido un funesto acto personal.

     El hombre previó las consecuencias trágicas de un incorrecto paso: la cárcel, puesto que al apoderarse de un fajo de los apetecidos billetes, con seguridad lo detectarían las cámaras, excepto algunos de los impredecibles agentes migratorios del aeropuerto, a quienes les concederemos el beneficio de la duda acerca de la omisión de ellos respecto a dejar a la libre aquella engañosa bandeja. El descubrimiento de la verdad se la dejamos a la (morbosa) imaginación. 

     En cambio, la peripecia se transformó en privilegiada lección, al comentarnos nuestro angustiado amigo el relato de haber superado el peligroso trance, dándole la espalda a la tentación provocadora - de la cual no somos inmunes - mas su compañía en aquel instante. Él prefirió exigir las explicaciones del caso a la policía migratoria acerca del paradero de su computadora de mano, la que, pudo recobrar, luego de la desafiante experiencia de "los billetes verdes". Ante el hallazgo, somos afortunados con la narración de aquel hecho, es una experiencia de vida, que nos impulsa a reflexionar aún más. 

   Comprobamos el creciente deterioro moral, el desprecio hacia la virtud, y en términos simples; el desdén hacia el bien común y la sana "convivialidad" cívica", cuando el individuo en sociedad hace de lo transitorio, lo superfluo un fetiche, al cabo de distanciarse del "conocimiento racional y conocimiento revelado", "las substancias" naturales de nuestra conciencia, así lo había intentado exponer el pensador liberal John Locke en el Siglo XVll. Lo que todo junto, ha de significar la fe en el Ser Superior. De este modo, al navegar por la esencia espiritual, en serenidad, nos adentramos en sí mismos, hallamos (en la conciencia) la trascendencia, porque allí mora, podremos comenzar el diálogo con ella, en la deriva de guiar las velas de ese barco, el cual equivale a nuestra vida. “Señor, mi buen amigo, ayúdame a serenarme para entrar en mí mismo, y poder hallarte a Ti, morado en mí” (Padre Pío). 

     Más que la racionalidad que supone la utilidad del conocimiento de las matemáticas y las estadísticas, la lógica y demás ciencias, como hemos visto en la ilustración de nuestro amigo, en su tenso encuentro con lo demeritorio, habrá que enfatizarse, primordialmente, en la ética, la moral y la educación del ser humano (John Locke), es decir, en la reconstrucción “en libertad” de la personalidad humana.

     De ello se desprende la virtud, la sabiduría, los buenos modales, el aprendizaje, el sentido del bien, así como “el sentimiento del honor” (idem). Este tan venido a menos en estos tiempos de la codicia, que concede mayor valor “al tener”, que en “de ser” . Con todo, hay lugar para el optimismo, tal que podremos establecer una estrecha y constructiva conexión entre la felicidad del individuo y la utilidad e identidad general, o sea   el bien común. El liberal inglés John Locke postuló que “el hombre era bueno por naturaleza, quien lo corrompía era la sociedad”. O sea, sólo por la experiencia (las palabras y los hechos) aprende el hombre (o se niega) a prever las consecuencias de sus actos   y a actuar según la razón. Al ser imagen y semejanza del Ser Superior, ciertamente nacemos buenos. Por lo tanto podemos continuar siéndolo. 

     Observemos no más la inocencia y bondad de los niños. De ahí lo fundamental que ellos crezcan en hogares donde se cultive el espíritu pacífico, el amor por la verdad, la belleza   y la fraternidad entre los seres humanos; que al mismo tiempo tengan la oportunidad de ser acompañados y familiarse con maestros sabios (Idem), de suerte tal, como lo expuso el filósofo Locke sean reconocidos plenamente los  tres tipos fundamentales de leyes por las cuales se puede construir verdad y juzgar la moralidad, es decir, la utilidad real de una acción cívica, a saber: “las leyes divinas, las leyes civiles y las leyes de la opinión pública”. Y “resignificando” el uso del   poder para servir al prójimo, sin distinción alguna. 

Ronald Obaldía González (Opinión personal)