H I S T O R I A  Y  S O C I E D A D
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El pueblo germano ha estado acostumbrado a las invasiones y guerras desde sus orígenes remotos, igual ha sucedido con sus vecinos, los galos. Juntos habían ocupado, respectivamente, el este y oeste del río Rhin, conocida antes como la región de Galia en el viejo continente europeo. Sucesivamente, los griegos y los romanos la atacaron en la Era Antigua. En los inicios del apogeo de la cristiandad (Siglo lll), pueblos como “los alemanni y los francos” la escogieron como campo de batalla.

La existencia de numerosas tribus en las tierras del Rhin, entre ellas, los merovingios, los carolinos y los otomanos, hubieron de complicar, sobremanera, los consensos y los entendimientos en la causa de consolidar un solo imperio. Hecho que Carlomagno apenas pudo concretar: primero siendo rey de los Lombardos, luego rey de los Francos, todo ello en la primera mitad del Siglo Vlll e inicios del Siglo lX, hasta haber logrado ocupar los territorios de las actuales Alemania y Francia, y enseguida fundar sus respectivas monarquías, quienes le nombraron como Carlos I.

Llegaron bastante lejos las hazañas, y de paso las ambiciones de Carlomagno a quien se le reconoce "como el padre de Europa", particularmente de la civilización occidental. Reposando en las corrientes religiosas, políticas, culturales, propias del resurgimiento de la clásica cultura y las artes latinas, en la supremacía del cristianismo, dirigido por la Iglesia Católica, se estableció una identidad europea común, las bases axiomáticas e ideológicas de Europa Occidental en la Edad Media. Lo cual arrastró las guerras contra los musulmanes, como un hecho ineludible.

Parte de la hegemonía de Carlomagno, en Europa llegó a consumarse a través del afianzamiento del Imperio Carolingio, de tal suerte que obtuvo la coronación como emperador en Roma, "signo de restauración de facto del antiguo Imperio romano de Occidente”. En el poder Carolingio, controlado por la dinastía de Francia, él pudo adherir e integrar la dinastía sajona, además de haberla convertido al cristianismo, tras largas e intensas confrontaciones. Lo mismo ocurrió con los pueblos eslavos e Italia, también, a quienes combatió por el predominio europeo.

Con todo, la partición y el desvanecimiento en el 843 d.C del Imperio permitió un siglo después (Siglo X) ser renacido y rescatado por el Sacro Imperio Romano Germánico en el este, y por el Reino de Francia, igualmente con la idea de preservar el prestigio del antiguo Imperio romano. Consolidado el renacido imperio, plagado simultáneamente de tensiones internas, este llegó a poseer una población de diez a veinte millones de personas y una extensión de 1.112.000 km².​

Bastante similar a esta época del Siglo XXl de la comunidad económica y la integración europea; desde el Medioevo, franceses, alemanes y los mismos sajones - ingleses fueron construyendo o dando forma a la sociedad europea, controlando el poder de los imperios. Eso sí, siempre en medio de rivalidades, disputas políticas entre sí, centradas en el poderío territorial, económico, militar, y el dominio de las áreas de influencia. De este modo, durante los Siglos Xll y Xlll Alemania dio un gran salto al experimentar una continua expansión y colonización territorial, impulsada por el crecimiento de la población.

El empuje como tal, estuvo lejos de exonerarla de las inestabilidades internas, provocadas por sus principados tanto religiosos como seculares, que en su conjunto completaron alrededor de 360. Y que en adelante, en la era moderna, se verá reflejado en las enormes vicisitudes y frustraciones alemanas, en cuanto a alcanzar la verdadera unificación e integración nacionales. Pues esos mismos principados tuvieron libertad y autonomía para construir fortalezas, explotar recursos naturales, ejercer la justicia en sus dominios.

Alemania, sino fue una fuente llegó a ser una receptora de tendencias provocadoras de contradicciones por todo el viejo continente. En los Siglos XV y XVl fue objeto de un nuevo y grave remezón doméstico, causado por el movimiento de la Reforma, iniciado en 1517 con el debate de las tesis de Martín Lutero y después Juan Calvino. Las cuales tuvieron además repercusión política; una sucesión de guerras que enfrentaron a católicos y protestantes (luteranos y calvinistas). Estos últimos - como los calvinistas - disentían de los dogmas y la autoridad de la Iglesia de Roma, criticaron “la secularización y la corrupción de la Iglesia católica alemana, cuestionaron la autoridad de Roma su enriquecimiento económico y financiero, y la acumulación abundante de tierras en perjuicio de enormes masas de campesinos. En doctrina, los luteranos condenaron el escándalo por la venta de indulgencias, practicadas por la Iglesia.

No entraremos a fondo en la división política religiosa entre católicos y luteranos protestantes, lo cual dio origen a la Guerra de los Treinta Años (1618 - 1648), incendiaron todo el continente, redujo la población especialmente de Europa Central en alrededor del 30%. Lo cierto es que a través de la Paz de Westfalia se pudo poner fin a una guerra que mezcló motivaciones políticas, religiosas y hasta económicas, de lo cual el pueblo alemán llevó la peor parte - así como la decaída España - , aunque ciertamente sobrevino mayor libertad de conciencia, de lo cual salieron favorecidos los protestantes en su confrontación con los católicos (Instituto del Tercer Mundo, 2009).

Intentamos simplemente dar a conocer una sociedad alemana, compuesta por centenas de países soberanos, dirigida y normada por imperios, tal como el Sacro Imperio Romano, cuyo poder mayúsculo después de los edictos de Westfalia, descansó en los francos, un tanto menos en Inglaterra y Holanda – las potencias marítimas -, además de Suiza y Suecia.

En cambio, Alemania quedó castigada por las consecuencias de las guerras religiosas y políticas, de las fragmentaciones territoriales, las severas pérdidas materiales que, en parte, mancillaron la concepción de la dignidad nacional, tan venida a menos. Esos eventos marcaron la pauta de sus inclinaciones militares; se avizoraba desde ese momento el escabroso y el sombrío futuro, retomado por el nazi - fascismo entrado el Siglo XX, afortunadamente, superado por la energía inteligencia y la nueva ética contemporánea de su pueblo. Trátese de la renovada y democrática sociedad germana, sobre lo cual en días recientes escribió el embajador José Joaquín Chaverri Sievert en el periódico costarricense La Nación, en referencia al gobierno de la brillante canciller Ángela Merkel.

Cabe reconocer que los edictos acordados a través del Tratado de Westfalia sentaron los primeros fundamentos e ideas centrales de la construcción posterior de la noción de nación-estado soberanos. Se abrió el campo a la figura de que los ciudadanos de las respectivas naciones se atendrían “a las leyes y designios de sus respectivos gobiernos, en lugar de las leyes y designios de los poderes vecinos, ya fuesen religiosos o seculares”.

Como sea, en las condiciones materiales, dominadas por las contradicciones entre imperialismos expansionistas, en la historia europea se presagiaron y configuraron tres poderosos liderazgos, progresivamente colonialistas, al cabo que, mediante la implantación del capitalismo como sistema de producción, se reservaron todo su poder en la època moderna del Siglo XlX y XX: Francia, Inglaterra - su primogénito estadounidense en América - y la insubordinada Alemania (Prusia), cuyos comportamientos y quehaceres fueron más allá: al modelar el esquema de división del trabajo, los desequilibrios políticos a escala internacional.

Acépteseme esta digresión. Sin embargo, como prometemos analizarlo en la segunda entrega de nuestro estudio de Alemania, en el pleno Siglo XX salen a flote otros poderes contestatarios y antagónicos frente al imperialismo europeo. El cual, de acuerdo con la teoría marxista, significaba el estado maduro del sistema capitalista, por el cual las naciones desarrolladas, “se repartieron el mundo” (Karl Marx; Vladimir Lenin) mediante prácticas de explotación económica (y dominio político) contra los países menos desarrollados de otras regiones distintas a sus territorios; colocaban sus productos e inversiones; captaron materias primas, mano de obra y otras riquezas.

En el contexto del imperialismo se sentaron las condiciones a favor de revoluciones políticas contestatarias, más adelante transformadas en nuevos y agresivos imperialismos ideológicos, signados en la Unión Soviética, gestora del comunismo global, quien enfrentó y amortiguó la expansión de los imperialismos tradicionales, con la particularidad de Estados Unidos de América que los superará (los poderes europeos) tras la conclusión de la Segunda Guerra Mundial en 1945.

Más acá sobresalen las potencias emergentes, tales como China, India, Brasil, Rusia - la heredera del extinto imperio Soviético, los cuales han intentado neutralizar los poderes globales tradicionales, a diferencia del Japón, que se reconoce en las políticas occidentales, incluida las de seguridad y defensa internacional.

Volvemos al asunto original que nos ocupa la atención. La autocracia y el oscurantismo de los príncipes se impusieron en el Sacro Imperio Romano Germánico. En el Siglo XVlll, al interior de él, el reino de Prusia (en Alemania) sobresalió, en medio de los recelos y desconfianzas de sus vecinos, como la unidad económica y política de enorme dinamismo, hasta que se vio reducido su emergente poderío frente las invasiones de Napoleón Bonaparte (1806), mediante la fundación de la Confederación del Rhin.

Las invasiones arrastraron a Prusia, por cuanto de seguido colapsó el sistema multipolar, modelador del Sacro Imperio. Pero, otra vez la Alemania se convirtió en objetivo militar. Se le frenó su potencial, fuera en aquel entonces Prusia, su principal entidad política territorial. Así, incluso, al pueblo le sobrarían arrestos con tal de levantarse de los embates, ese ha sido su innata resiliencia psicológica y perseverancia social.

A pesar de las amenazas y guerras, en la fragmentada nación alemana, a manera de escape social, desde el Siglo XVlll tuvo lugar el desarrollo vertiginoso de la cultura y las ciencias humanistas, producto de las corrientes del “idealismo y el espiritualismo”, todo lo cual influyó en el arte, la literatura, la filosofía alemanas. Entre sus exponentes destacaron Kant, Hegel, Herder, Goethe, Schiller, etcétera. Justamente, del sistema filosófico de Hegel, más tarde nacen las teorías históricas, sociales, económicas del prusiano - judío Karl Marx (el socialismo científico), las cuales alcanzaron repercusión universal.

La caída de Napoleón Bonaparte (1815) habría de facilitar años después la reorganización de la sociedad alemana, en la cual sirvieron como autores 39 de sus Estados independientes, siempre con Prusia a la vanguardia – gestora de la unidad nacional alemana - , desde la cual se impulsó la unión aduanera alemana (1834); el comercio se duplicó entre los socios. Comenzó la proliferación de industrias de manufacturas; creció la población urbana; de paso la clase obrera, gran parte de ella quedó excluida de la nueva economía industrializada, la cual fue incapaz de emplearla en su totalidad. Salieron a relucir los movimientos de agitación social, accionados por los obreros (1848 – 1849). Asimismo, los campesinos habían llevado tales prácticas frente al régimen feudal y la propia Iglesia, quienes habían acaparado las grandes proporciones de tierras.

En la segunda mitad del Siglo XlX resonaba con fuerza el pensamiento democrático liberal, así también el viejo régimen dinástico feudal, sus vestigios, hacían hasta la imposible por recomponer sus fuerzas para evitar su generalizado desplome. El cual tampoco acabaría con los antagonismos militares, en este caso, en la nación alemana, figurada por los expedientes de su tradición y vocación militar, producto de las guerras europeas.

El empuje y el repunte político y económico de Prusia ofreció señales a favor de la liberalización, una concepción política que ganaba terreno por Europa. Primero, la nación prusiana, para afirmar su hegemonía debió disputar contra Austria “la guerra de las siete semanas” (1866). Su victoria, paulatinamente contribuyó a la unidad nacional y la confirmación del liberalismo. Ideología que el régimen de Otto von Bismarck (El Segundo Reich) se dio a la tarea de contener, y separarla de la aspiración de la unidad alemana, la cual concretó de manera exitosa a raíz de la instauración de “la Confederación alemana del norte”, más cuando venció aplastantemente a la poderosa Francia en la guerra de 1871, un episodio que hizo reafirmar la supremacía de Prusia.

Las guerras europeas, transcurridas en Francia - en el 18 Brumario, una obra por la cual Carlos Marx expuso el golpe de estado de diciembre de 1851 en París, fraguado por Luis Bonaparte - actuaron en aquel entonces como el evento desmovilizador de los movimientos socialistas de la clase obrera y trabajadora, del que después el propio Bismarck tampoco se quedó atrás al neutralizarlos en su nación al considerarlos como una severa amenaza. “Ya el fantasma del comunismo recorría Europa”, según Marx, quienes dieron un paso hacia adelante al obtener la mayoría en el parlamento alemán en 1910.

Tanto en Francia como en la Alemania los movimientos socialistas obreros significaron el enemigo común. Cabe resaltar que luego el socialismo alemán se bifurcó entre la social democracia (la fuerza moderada) y los socialistas estrictamente marxistas simpatizantes y precursores, junto con los bolcheviques de la Revolución Rusa de 1917, varios de ellos ejecutados. El fenómeno lo recrearemos en la segunda parte de este comentario.

La supremacía alemana significó el peso de los controles aduaneros a favor de sus intereses económicos y comerciales; la expansión territorial prusiana por Europa, incluidas, entre otras, las regiones de la Sajonia – intolerable al poder francés - , así como el frustrado interés de los franceses por anexar Luxemburgo, bajo la oposición de Bismarck. Ese gobernante prusiano hizo superar cualquier duda acerca de los propósitos hegemonistas, expansionistas de su nación, aunque fuera a costa de alterar, apenas en el papel, “el equilibrio de poderes” (Henry Kissinger, 2010) con el imperio francés, en cuenta Inglaterra, y cualquiera otras potencias menores.

El régimen (personalista) de Bismarck, el de la transición de la monarquía feudal a la sociedad liberal, con un marcado carácter racista (pangermanismo de estirpe alemana, incluyó Austria) obtuvo escasa suerte en entorpecer por completo la llegada en Alemania de las ideas democráticas liberales, menos en la Prusia agresivamente industrializada y tecnológica, empresarial, pujante a favor del comercio, quien daba clara forma a la moderna sociedad capitalista, y abocada en 1867 a inaugurar el Parlamento (Reichstag). Los logros del régimen prusiano de Bismarck residieron en haber unificado la nación alemana, fomentar alianzas con Austria e Italia (la Triple Alianza en 1882), en cuanto a reducir el poder francés - este aliado con los ingleses y rusos en la “Triple Entente”, entre otros - , el que luego hará todo lo posible en desmilitarizar los alemanes, y a la vez obstaculizar su poderío económico.

Estos últimos, precisamente, disfrutaron del auge económico a escala de imperialismo, al extremo de crear el perfil de “economía mundial” (Weltwirtschaft), lo cual se tradujo en dominios y avasallamiento de los pueblos serbios eslavos en Europa; así también, posesiones coloniales en varios territorios asiáticos y africanos, como Nueva Guinea, fueran las pretensiones en Marruecos. Arriba señalamos que, en particular, París había “probado” el puño de Bismarck y los efectos de la fuerza del ejército suyo, a causa de la guerra franco prusiana. Una demostración adicional del repunte alemán, peligroso frente a los rivales.

Así que París, por temor fundado, habría de materializar el objetivo, una vez que se conquistó, con la intervención de la “Entente” y los Estados Unidos de América, la derrota militar en la Primera Guerra Mundial del Imperio Austro Húngaro, este guiado por Alemania. A quien al quedar vencido en dicha conflagración, por medio del Tratado de Versalles (1919) se le impusieron pesadas y humillantes condiciones de paz de diverso género, compensaciones, en cuenta la pérdida de dominios territoriales, tal como Austria, las regiones eslavas, todo lo cual llegó a generar el posterior clima de la Segunda Guerra Mundial.

Tal como veremos en una segunda entrega, con la caída del Tercer Reich alemán en la Segunda Gran Guerra, se llega a la “convicción fáctica” en Occidente, que la continua militarización alemana, ciertamente, comportaría una severa amenaza, específicamente al equilibrio de poderes europeo, y a la paz mundial.

Desmoralizada tras la derrota en la Primera Guerra Mundial, arrastrando casi dos millones de alemanes muertos en combate, de los trece movilizados, se funda en la Alemania devastada la República o Constitución de Weimar (1919) la más democrática y liberal de aquella tortuosa época. La denominada República de Weimar hubo de poseer una vida breve, también complicada, a causa de la economía nacional completamente deteriorada.

Asimismo, la debilitaron las duras y exigentes condiciones del Tratado de Versalles, que los vencedores le fijaron (Francia, Inglaterra y los estadounidenses, principalmente), además bastante negativas fueron las presiones en contra de Alemania de aceptación de culpabilidad y responsabilidad, en provocar la guerra, lo cual implicó juzgar como criminal de guerra a cualquier alemán, comenzando por el kaiser.

De poco valieron las leves recuperaciones económicas (el plan Dawes de 1924) con tal de sostener Weimar. El gobierno republicano de Weimar debió enfrentar toda clase de colapsos económicos, incluidos las tormentas financieras de 1920 - 1923, el severo desempleo y empobrecimiento de la población; luego la caída de la bolsa de Wall Street en 1929. Ante ese panorama desolador, salieron a relucir en la sociedad deprimida las ideas del nacionalismo - socialista, racista, antisemita - el odio contra los judíos - , o sea la ultraderecha.

Esas tendencias exacerbadas, provocadoras de incertidumbre, desestabilización y desorden en Alemania, al igual que los movimientos comunistas, quienes fueron sus cómplices, a pesar de la enemistad mutua. Ambas fuerzas antidemocráticas y de naturaleza totalitaria (el nazifascismo y el comunismo) chocaron entre sí, Al final, el nazifascismo, la fuerza de masas portentosamente espeluznante, resultó gananciosa.

Los movimientos ultraderechistas - anticomunistas, que condenaron las imposiciones del Tratado de Versalles, cobraron extremada fuerza, hasta que llegaron a organizar el Partido Nacional Socialista (Nazi), liderado por Adolfo Hitler, esto para restauran “la Gran Alemania” ; ganaron las elecciones en 1932. De este modo, se habría de precipitar el derrumbe total del gobierno democrático liberal.

Apoyado por las clases adineradas, industriales, comerciantes, el demolido ejército, Hitler culminó su carrera hacia el poder con su ascensión a canciller del Tercer Reich en enero de 1933. Al nuevo canciller nazifascista se le concedieron todos los poderes. Rearmó otra vez la nación, contradiciendo los términos del Tratado de Versalles, este vergonzoso a la vez. A partir de aquí el Partido Nazi fue el único permitido en la nación alemana. Haremos el esfuerzo por analizar los acontecimientos sucesivos en un segundo aporte.

Ronald Obaldìa González (Opinión personal)

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