H I S T O R I A  Y  S O C I E D A D
Boletín electrónico

 


 

Escrito por Mag. Ronald Obaldía González*

      Confesamos que resultan modestos nuestros conocimientos estrictamente especializados acerca de las artes y las ciencias cinematográficas, cuyos más de 100 años de existencia, han tenido el poder de acaparar la atención de casi toda la humanidad.  

      A causa de dichas limitaciones, por nuestra parte tendemos a concederle un elevado valor a las obras que incorporan la  historia y la cultura, en especial lo relacionado con los movimientos y las corrientes sociales,  políticas, filosóficas y humanistas. Rara vez, este género de arte e industria (Alonso Aguilar) se ha apartado de relatar y documentar, aunque sea con alguna frecuencia, aquellos hechos significativos de la historia universal. 

      Siendo arte, orientado mayoritariamente al entretenimiento comercial,   (el cine) suele en ocasiones dedicar tiempo a las vicisitudes o tempestades de la sociedad; "la imagen en movimiento" se realimenta - con frecuencia - del género literario narrativo, lo íntimo de la novela. Por esto mismo, desarrolla su acción en épocas pasadas, sean con la representación de personajes reales o ficticios.  Lo cierto que algunas de tales producciones de alta calidad hubieron de proclamar "el arte de compromiso, el de denuncia frente a la injusticia, la persecución, la violencia y la degradación humana", así también lejos estuvieron de ocultar  la atracción por los postulados e ideas "con tal de revolucionar el bienestar humano". 

      Aquí reivindicamos la riqueza de la escuela de las décadas incendiarias de 1970 y 1980, a pesar del peso de diversos signos ideológicos.  Esas creaciones  han poseído la capacidad de convertirse, casi siempre, en documentos académicos, relevantes en la investigación social, los cuales han de servir de complemento, incluso, de  colocar en constante contradicción, lo sostenido como "verdad parcial y transitoria" por el conjunto de las ciencias sociales. 

      El  cine político, comprometido, basado en hechos históricos, se resiste a desaparecer. Por el contrario, somos testigos de su resurgimiento. Quizás lo que ha variado son los temas centrales. En días recientes la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas  difundió el Oscar 2019 a la mejor película; la designación recayó, con justos merecimientos, en la película "Green Book". Ella versa acerca de la relación de profunda amistad entre dos personajes: el extraordinario pianista afroamericano Maheshala Alí y   Anthony Vallelonga , éste último, un hombre ordinario de ancestros italianos, quien habrá de servirle de chofer al exitoso y elegante músico. La escena del filme se ocupa de inculcar en la sociedad estadounidense la irrefrenable necesidad de superar la discriminación racial, particularmente la practicada por los nacionalistas blancos contra los afroamericanos.  

    Todo indica que los odios, las discordias y las divisiones raciales habrán de predominar en esta industria cultural.  Los alardes y los descontentos irracionales de los supremacistas blancos frente a la comunidad hispana se ocultan en la galardonada obra, o pasan desapercibidos. Solamente, la película "La mula" le otorga a la comunidad latina la poquísima honrosa posición de criminales. En ella, el Hollywood del Siglo XXl se une a las justificaciones de la construcción del muro fronterizo, propias del discurso del Presidente Donald Trump, al ligar a un retirado, pero desteñido  veterano (blanco) de guerra con las redes del narcotráfico, guiadas por mafiosos latinos.   

   Ni siquiera en el otro filme "El infiltrado del KKKlan" sale a relucir algún fragmento político y culturalmente significativo, vinculado al ascenso de los latinos o hispanos, llámese como sea, quienes al lado de la negritud, habrían de constituir los autores del temido "Gran Reemplazo" en contra de la hegemonía de los blancos (The Great Replacement). Supuesto que extrapolamos, empleando la tesis del abogado costarricense Eric Scharf, al condenar el último ataque terrorista en Nueva Zelanda contra la mezquita musulmana, esta vez ejecutado por "un lobo solitario" de la extrema derecha blanca, obsesionado por la influencia de los seguidores del Corán en la nación Oceánica.  

   En nuestro preferido gusto por el modo en que la industria cinematográfica hace referencia de los hechos históricos políticos y humanistas, habida también del mensaje y el discurso de compromiso  inherente en él, habrá que estar pendiente de lo que nos pueda ofrecer dicho arte  del sangriento Medio Oriente, precedido del doloroso y aborrecible evento de las Torres Gemelas del 11 de setiembre del 2001.

   La pieza intitulada, "El Vicepresidente", cuyo centro de atención viene a ser el poderoso e inmutable  Vicepresidente republicano Dick Cheney, en el contexto de la presidencia de George W. Bush, más bien nos varió las expectativas, en cuanto auscultar lo acontecido en el Irak, entre otros suplicios. A nuestro juicio, lo más llamativo del filme, superior a la poesía, consistió en la amorosa respuesta y la aceptación del "Halcón", en medio de una tensión familiar, habida cuenta de la inesperada confesión de su hija, al dar a conocer su orientación sexual lésbica. La escena valió el boleto. A partir de entonces, los diversos argumentos, medulares,  de la película nos resultaron superfluos.  

      A pesar de lo anterior, apostamos que el odio irracional y paranoico, explícito en  "en el Gran Reemplazo", atraerá la atención del cine comprometido. Él tiene ya  fuentes de consulta:   las peligrosas y reiteradas manifestaciones y reacciones de los supremacistas blancos  en los Estados Unidos de América, las cuales se articulan a las de Europa. Allí "los chalecos amarillos" en Francia rechazan veladamente a los musulmanes refugiados e inmigrantes.  Ni qué decir que estamos hablando de  los partidos y organizaciones ultranacionalistas, antieuropeístas, quienes  producen suficiente material cuasifascista  para colmo de males y angustias. Todos ellos sobreactúan frente al ascenso de los grupos étnicos minoritarios. Lo más extraño es el caso de Italia, en donde un partido comunista se pliega a las tendencias xenófobas de los neofascistas, un fenómeno que interpretan como real y creciente amenaza.

      Décadas atrás hubo una entrega filmica alrededor del ascenso del fundamentalismo islámico.  En ese entonces, estaban frescas las consecuencias de la integrista revolución teocrática en el Irán (1979). Más bien, en la cinta se puso de relieve la subordinación de la mujer al hombre, mejor dicho, su descalificación social casi total.  La producción cinematográfica eludió el esfuerzo de pronosticar las subsiguientes rivalidades entre las potencias y subimperialismos del Medio Oriente, a raíz de las ambiciones e  incertidumbres arrastradas por el poder de los Ayatollas, a pesar  de haber "demostración de exactitud".    

      Menos aún, la comunista revolución rusa - bolchevique (octubre de 1917) pudo quedar fuera de la pantalla grande. Tenemos todavía en la retina la famosa cinta "El violinista en el tejado", producida a inicios de la década de 1970.  Llegó a ser un singular documento histórico; por ello, presentada en cartelera en múltiples ocasiones, porque además de poner en escena el inicio del desplome del régimen zarista, sobresale la organización de los movimientos marxistas comunistas. Luego habrán de conquistar el poder. Al mismo tiempo, fue notoria en la película la tragedia de la diáspora judía, quien se vio obligada a abandonar las riquezas, y establecerse en New York, a causa de la grave discriminación de la Rusia zarista frente a dicha minoría.

      La industria cinematográfica nos remontó al aciago periodo de las entreguerras mundiales. Se narraron los movimientos de resistencia política antifascistas contra el ascenso del nazifascismo alemán de Adolfo Hitler, al igual que sus raíces en la Italia de Benito Mussolini, quien, por la fuerza militar, la concentración de masas, los simbolismos social nacionalistas propagandísticos,  impulsó las ideas del panitalianismo, el expansionismo y el anticomunismo.  

      Ambos líderes fascistas consolidaron el bloque de los países del eje, el cual incluyó a Japón, enfrentado a las potencias occidentales, guiadas por Gran Bretaña y los Estados Unidos de América. Y dicho sea de paso, hubo de convertirse en el detonante de la Segunda Guerra Mundial.  Los filmes tales como "Casablanca", " Los girasoles de Rusia", "el Tambor de Hojalata", "Julia",  hizo posible la proliferación de excelentes documentos, protagonizados magistralmente, entre otros, por los artistas Marcelo Mastroianni, Sophia Loren ("Un día especial") y  Liza Minnelli (Cabaret).  

      Traemos a nuestra mente a Katharina Thalbach,  Michael York, Joel Grey, Jane Fonda, Vanessa Redgrave, Jason Robards, ellos como otros actores y actrices,   que recrearon los movimientos antinazis, los contestatarios del Tercer Reich - posteriormente la persecución a los fugitivos nazis - ; ya fueran las circunstancias de los conflictos bélicos, el culmen de la destrucción, por cuanto acarreó el uso de la bomba nuclear, un legítimo símil de hasta adonde pueden llegar los efectos de una  "guerra total".   

      Tampoco las fuerzas políticas anticolonialistas de Asia y África, las cuales reventaron durante las décadas de 1950 y 1960, se escaparon del poder discursivo y exhortativo de la pantalla grande.  El Mahatma Gandhi  (la India)  y Nelson Mandela (Sudáfrica), de los más reconocidos, desataron una corriente de simpatía, casi generalizada. En esto, el cine hizo lo propio en resaltar las luchas pacifistas de ellos, también de los valores éticos - políticos que las rodearon. Al cabo que  en el otro extremo, el terror y el genocidio de Camboya, lo imponían los Jemeres Rojos, o sea, el Partido Comunista prochino, (1975 - 1979), al mando de Pol Pot, el líder principal de la nación, derrocado después por su exaliado el Gobierno de Vietnam;  los hechos fueron  puestos crudamente en escena,  en uno de los filmes políticos por ahí de la década de 1990.  

      Las naciones latinoamericanas, regidas por dictaduras militares, patrocinadas por las élites del poder tradicional, quienes violaron los derechos humanos y menospreciaron el sistema democrático, continuaron siendo objeto de exposición por parte de la industria cinematográfica. En tanto, que en Costa Rica se rodó y presentó la cinta, relacionada con el proceso insurgente de los sandinistas, el cual facilitó el derrocamiento de la dictadura de la familia Somoza de Nicaragua.   

      En dicha linea persuasiva, salieron a relucir una variedad de películas, documentando la guerra de Vietnam (tuvo lugar en las décadas de 1960 y 1970); se centraron en la particularidad del uso letal del napalm, así como en los intereses estratégicos en juego. Actores como Robert de Niro, Jon Voight, y la bella actriz Meryl Streep protagonizaron papeles notables en las producciones rodadas. Nos salta a la memoria el filme intitulado "El regreso sin gloria", el cual representó, un análisis autocrítico o reeducativo, acerca de la conveniencia o no de las intervenciones militares; retrató  la frustración, las heridas abiertas, los traumas y el repudio de una buena parte del público estadounidense frente a una guerra extracontinental, incomprensible, inverosímil, en cuyo caso estuvo lejos de poner en amenaza  la seguridad nacional, al igual que los objetivos económicos del gran coloso.      

     Bastante cerca de la entrada del nuevo milenio, el bloque comunista del este de Europa nos había enviado señales interesantes del comienzo del final de los regímenes comunistas totalitarios, amparados en el Pacto de Varsovia (1955), impuesto por la desaparecida Unión Soviética (URSS). 

      Sobre la base de una de las obras literarias de Václav Havel - estoy inseguro si la obra fue "el Memorando" -, él, un dramaturgo e intelectual disidente que luego presidió Checoslovaquia ( EL PAÍS Miguel Ángel Villena), se proyectó un filme político, el cual ponía al descubierto el inminente colapso del bloque comunista del Este, el que se concretó en la perestroika y la glásnost,  impulsadas en la URSS por el presidente Mijaíl Gorbachov. Lo cual culminó con la caída del muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989. Ese resonante acontecimiento global aupó a los dirigentes de la sociedad que, como Havel, habían encabezado la lucha anticomunista.  Asimismo, la pegajosa pieza cinematográfica "Moscú no cree en lágrimas", se cernía en gestos de "buenas intenciones"  para con el mundo occidental, dándose a entender asomos de una sociedad civil rusa más abierta, coherente con la influencia de la perestroika.  

    En cuanto a las disciplinas humanistas, la película "La sociedad de los poetas muertos" (1989), cuyo protagonista estelar fue Robin Williams, aporta conocimientos sólidos alrededor de la filosofía de la educación. Será la que nos habrá de convencer de la primordial necesidad de mantener vigentes las artes y las ciencias humanistas en los diferentes niveles de los sistemas educativos, aún cuando sobresalga o impere la fetichización de la era de lV Revolución Científica, o "la economía digital", mercantilista, socialmente desestabilizadora. Esto último,  un modelo de economía, favorecedor de una minoría de multimillonarios, el cual se sustenta en la automatización y la robotización del trabajo, por lo que se fomenta la soledad en la persona. Y la que tiende apartarnos de la creación y la belleza originarias, auténticas, lo mismo que desvaloriza la dignidad y las necesidades intrínsecas de los seres humanos y, simultáneamente,  las  gratificantes interacciones sociales (Nicholas Agar, filósofo), despreciando, peligrosamente, la verdad que la historia humana da cuenta que son seres obligatoriamente gregarios, conscientes de lo que libremente anhelan.  

*Mag. Ronald Obaldía González