H I S T O R I A  Y  S O C I E D A D
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Mag. Javier Olivares Ocampo*

Ante la guerra contra la pandemia por el covid-19, los actores sociales determinantes son los galenos y todo el conjunto de personas que apoyan sus labores para atender tal desafío. Dos momentos históricos precisos han puesto a prueba su participación ante una crisis de esa naturaleza; el primero en el contexto de la Campaña Nacional de 1856-1857, el segundo en el momento actual, 2020.

La Campaña Nacional contra la invasión filibustera, presentó un escenario desconocido pues el país no había tenido un prolegómeno bélico contra fuerzas extranjeras. El estado mayor, dirigido por el presidente Juan Rafael Mora Porras, contó con las previsiones de un cuerpo médico facultado para la atención de los heridos en la guerra.

La cruzada médica fue dirigida por el doctor Karl Hoffman, un joven médico de origen alemán, nombrado por Mora como cirujano mayor del ejército; un naturalista quien dos años antes había llegado a Costa Rica, con los deseos de explorar la naturaleza del trópico. Junto a él, varios médicos nacionales y foráneos atendieron los sucesos de la campaña. En las Batallas de Sardinal, de Santa Rosa y de Rivas, especialmente; se puso a prueba la tenacidad del cuerpo clínico.

Destaca en la Batalla de Sardinal del 10 de abril de 1856, una situación en la que el Comandante a cargo de la división, Florentino Alfaro Zamora, fue gravemente herido y requirió de apoyo médico; el coronel Rafael Orozco tomó el mando de la tropa; cuando Orozco presentó el parte del enfrentamiento, entre otras cosas, expresó que: “el señor General, gravemente dañado se ha dirigido hoy mismo para el interior, acompañado por el señor cirujano…” (Coto, p 34). Inmenso esfuerzo debió hacer el médico de división en medio del tosco trópico del Río Sarapiquí, así sus atenciones le salvaron la vida a don Florentino Alfaro, quien siguió siendo militar y político sobresaliente.

La Batalla del 11 de abril de 1856, colocó a los médicos establecidos en Rivas de Nicaragua, ante una encrucijada. “El ejército estaba fatigado por la lucha y no había tenido provisiones aquel día ni el día anterior; pero la primera atención fue cuidar a los heridos con el mayor esmero, y enterrar a los muertos”. (Coto, p.34). La escena era dantesca, los cuerpos se confundían entre un bando y otro, entre muertos y heridos, distribuidos entre las calles de la ciudad, ante la inseguridad que significaba el estado beligerante. Sólo del bando nacional resultaron 136 muertos y 320 heridos.

Las acciones al amanecer de la reyerta, requerían la limpieza de la ciudad, los actos mortuorios, la curación de los heridos, así como un resguardo seguro ante posibles ataques de las fuerzas filibusteras. De los médicos dan cuenta muchos reportes, que describen cualidades de heroísmo, en condiciones desventajosas, habiendo convertido un viejo edificio en el Hospital de Sangre, en la lejana ciudad de Rivas, tan avasallada por la guerra, donde el dolor se sentía en cada gemido moribundo.

Refiriéndose a las bajas de Costa Rica; el historiador Raúl Arias expresa:

La batalla fue tan intensa y sangrienta que produjo 136 muertos y 320 heridos, siendo atendidos en el Hospital de Sangre por el doctor Karl Hoffman, cirujano mayor del Ejército Expedicionario y algunos otros médicos costarricenses y extranjeros.

Díez días después de ocurrida la batalla, apareció entre los soldados costarricenses la enfermedad conocida como “cólera morbo asiático”, causando en pocos días 491 casos mortales. Ante la emergencia el doctor Hoffman recomendó al presidente Mora regresar a Costa Rica. (pp. 61, 62)

La situación se complicó aún más con la enfermedad, “los heridos estaban atendidos por el cuerpo médico del ejército, bajo la dirección de doctor Hoffman” (Coto, p.35). Cuando la ciudad se había puesto en estado de sanidad, así como de defensa, se desató el cólera como enemigo mortal más que los filibusteros; peste que desde un año atrás había aparecido en Nicaragua; ante semejante amenaza el regreso a Costa Rica se hizo promisorio. Lamentablemente en el trayecto de retorno muchos miembros de la tropa murieron.

La enfermedad produjo un considerable descenso demográfico, una afectación a nivel económico y psicológico de la población sin precedentes. De ahí en adelante el país viviría una gran derivación por la guerra, por la peste, por la crisis económica. La mayoría de los fallecidos eran adultos que constituían la fuerza laboral; las actividades comerciales tanto como las agrícolas sufrirían detrimentos. “Por otro lado, el trauma de perder a tantas personas en una epidemia de tal magnitud marcó la memoria de los costarricenses e hizo que tuvieran malos recuerdos de la época del cólera y de la guerra contra los filibusteros en general.” (Molina, p.95)

La desmoralización reemplazó la gloria alcanzada al derrotar a los invasores, las discusiones, la catástrofe demográfica, la crisis económica de la postguerra, trasladó a una crisis política militar, que culminó con el fusilamiento de Juan Rafael Mora Porras y de José María Cañas Escamilla, en 1960; muestra del deterioro de la dominante oligarquía cafetalera. Posteriormente en el país fue habitual una década de desencanto e inestabilidad económica y política.

Cabe hacer una reflexión de las incidencias del cuerpo médico, especialmente en los momentos más álgidos, en Rivas de Nicaragua, entre el 11 de abril que inicia la batalla y el 26 de abril, momento de la retirada. En ese lapso Hoffman dirige intensos esfuerzos y acciones por mantener activo el Hospital de Sangre, dar tratamiento a los heridos, además de recuperar a la mayor cantidad posible de la tropa. Es ese contexto de precipitación, de miedo, de desesperanza, con pocos recursos; se desempeña con hidalguía por amor a la patria que lo adoptó, por lealtad al presidente y a su pueblo. No se mengua ante una eventualidad clínica que lo coloca frente a un escenario aterrador, quizás el más terrible de todos: la mueca de la guerra y de la muerte tan repetidamente.

Hoffman se convierte en otro héroe de la Campaña Nacional, salvando vidas, o al menos haciendo más digna la muerte de los soldados. Cuando parece sobrellevar las circunstancias, la peste del cólera arremete aterradoramente. Su regreso a San José no pudo ser triunfal llevando en sus reveses la sombra de la muerte.

Al Galeno de la Campaña Nacional, las labores desempeñadas en la guerra le habrían fatigado tanto que resultaron disparadores de una enfermedad que padecía desde joven. Tenía 35 años cuando la muerte le sorprendió, en Puntarenas, el 11 de mayo de 1859; como otros héroes silenciosos, fue sepultado en el Cementerio General.

A pesar de su faena en la guerra, se le conoció más por su labor como naturalista descubriendo especies; en campos como la botánica, biogeografía, climatología y vulcanología; estudios que lo trajeron al país, no obstante, lo apresó el contexto bélico, al que respondió con su compromiso ético ofreciendo sus servicios al Estado Mayor para ser enlistado sin contratiempos, a sabiendas de la posibilidad de los infortunios.

Karl Hoffman junto a su equipo médico, representa en la historia nacional esa compañía indispensable en las estaciones difíciles por las que el país ha atravesado. Debe ser de grata memoria, por su laborioso empeño de cumplir una misión humanitaria a lo largo de la temeridad que implicaba la conflagración. Fue un ejemplo, como lo son los galenos que hoy están enfrentando la pandemia por el covid-19.

Esos médicos, desde el Ministro de Salud Daniel Salas Peraza, el Presidente Ejecutivo de la Caja Costarricense de Seguro Social, Román Macaya Hayes, y en su conjunto el equipo de mujeres y hombres que cuidan nuestra salud, hoy son héroes que lo dan todo por controlar una la pandemia. Con sus batas blancas, nos regocijan al saber que estarán ahí para defendernos, porque sabemos del compromiso ético que los hace librar batallas para salvar vidas.

Hace 164 años, en marzo y abril, aquellos galenos lo dieron todo; hoy sucede lo mismo con esta generación de trabajadores de la salud, que se consagran, sacrifican a sus familias y se exponen. Con se ahínco defienden la vida de mucha gente, la paz social, la esperanza, la fe en la institucionalidad del país. Nos afirman cuánto importante es la educación, la ciencia, la tecnología; al final dan un mensaje claro que nos reta a no perder el Estado solidario, a robustecer las instituciones sociales, a defender la CCSS, a que seamos mejores personas.

Cuando todo pase, ya no será una lucha contra los filibusteros ni contra la pandemia, sino una lucha por recuperarnos de este duro trance, del cual solo unidos podremos salir adelante; entonces, también aplaudiremos superlativamente a esos de las “batas blancas”.

 

*Mag. Javier Olivares Ocampo. Profesor e investigador de la Cátedra de Historia de la UNED. Correo electrónico: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Fuentes:

Arias, Raúl. La Campaña Nacional: 1856- 1857. Ministerio de Educación Pública. San José. 2013.

Coto, Juan Luis. Documentos Históricos del 56. San José. Imprenta Nacional.1985.

Molina Silvia Elena y Eduardo González. Historia de Costa Rica. EUNED.2016.

MSc. Javier Olivares Ocampo.

Profesor e investigador de la Cátedra de Historia de la UNED,