Por Bach. Katherine Ortiz Calvo*
Infierno Verde, una novela publicada por entregas en el periódico La Hora en el año 1935, es la crónica de una guerra entre Bolivia y Paraguay en la región del Chaco.
El manuscrito enviado por Wilfred Wandrey a su amigo Herbert Erkens estaba escrito en español y este fue el motivo por el cual llegó a manos de Jose Marín Cañas, ya que el viajero si acaso conocía de cincuenta a cien palabras del castellano, por el contrario de Marín, que no sólo lo comprendía a la perfección sino que además mostró mucha fascinación; así está escrito en la carta del 27 de abril de 1935 donde explica el propio José Marín Cañas como es que ese mismo día publicó esta interesante crónica hecha novela titulada Infierno Verde.
Esta extraña forma de adquirirlo facilita a Adriano Corrales Arias en su artículo “La nueva novela costarricense” a decir que:
"La temática social es el tema predominante al sentirse el mundo como ajeno, hostil, cruzado y determinado por el enfrentamiento entre las clases sociales. La obra se concibe como instrumento de cambio y la elaboración literaria, la complejidad formal o la expresión subjetiva, se pliegan a la sencillez, narrativa y a la documentación de la vida cotidiana". (p.2) al hablar sobre el Repertorio americano y la generación de los 40.
El motivo de este ensayo consiste en demostrar cómo se degradan los personajes según los espacios físicos, ya que se muestra constantes contraposiciones que presentan simbologías positivas y negativas a lo largo del texto, estos espacios que son en su mayoría el campo y la ciudad.
Desde el título la novela contextualiza al lector en un lugar lleno de sufrimiento, en el cual se viven toda clase de penalidades, un lugar con castigos eternos, sin luz, sin la piedad divina, un infierno. También dirige al lector a visualizar la vegetación, la naturaleza; el color verde remite a la fertilidad y la esperanza, pero también lo contrario como lo venenoso.
De esta forma antes de profundizar una lectura del texto, se puede dar una idea sobre la influencia que tiene el lugar en el que se efectuó la novela.
La selva del Chaco es un lugar de contrariedades, día a día presenta frente a los ojos de los personajes esperanzas e ilusiones, les da agua a su sed y fresca brisa a sus mejillas, pero a sus espaldas el vapor que emana sus tierras los mata como un vaho venenoso que hostiga y enloquece, su majestuosidad no es libertad es un enclaustramiento.
A un lado, el río. Debajo, la ciénega. Al frente, hasta la muerte, el Chaco.
Es como un gran pedazo de dolor.
El cansancio me ha debilitado los tendones, y la cabeza se me alza, insomne, doblándose sobre el cuerpo tumbado. (Marín, 1935, p.17-18)
En el ejemplo anterior, se puede evidenciar que aún sin llegar a su destino el Chaco es un símbolo de muerte, desvanecimiento, dolor y aturdimiento. La selva puede ser símbolo de fertilidad e imponencia, pero el Chaco es un lugar que con sólo ver su proximidad produce debilidad y desvanecimiento.
Por otra parte, el Chaco es un lugar que no sólo debilita el cuerpo sino que afecta la mente, hace olvidar cualquier recuerdo y desequilibra cualquier razonamiento. Así lo ejemplifica Marín (1935) “¿De dónde vengo? ¿Hacia dónde voy? “El Chaco no tiene caminos.” No puedo dormir. Visiones rápidas del puerto, del río-coloreado intensamente fúnebre-, de los ribazos, pasan por mi desvelo. (p.20) El personaje pierde por lapsos su razonamiento completamente hasta olvidar quién es, sin poder recordar su rumbo, su destino o sus raíces.
¡A Boquerón! ¡A Boquerón!
Las hembras acompañaban a los regimientos en la marcha al puerto.
¡A Boquerón! ¡A Boquerón! ¡A Boquerón!
En Boquerón está la vida y está la muerte.
La risa de Mencha se cortó de repente. En
la sombra del cuarto me miraba con ojos espan-
tados.
- ¡No! ¡No!
Fueron dos negativas breves. Dos alaridos.
Después se quedó callada. Iba derrotada, con
un hipo humilde mordido entre los dientes.
Y callada recogió la ropa.
Aquel día embarqué.
(Marín, 1935, p.17-18)
En dicho ejemplo se evidencia la contraposición que se le otorga al Chaco como un medio de vida y muerte, vida porque alarga unos meses o años la estancia en este mundo, pero a la vez es muerte porque ese período de más es una muerte lenta y exasperante, un final que atrapa y ahoga.
Por otra parte, el ejemplo anterior, muestra la desesperación a flor de piel de Mencha, una mujer angustiada que sólo reacciona con miedo y tristeza al enterarse que su amado se irá a ese infierno sin retorno, un lugar que sin conocerlo, puede hablar por sí mismo y revelar secretos e injusticias.
“Queremos enloquecer. Avanzar sin avanzar es vivir dentro de una pesadilla. A veces todos pensamos que no hemos adelantado un paso. El matorral y las espinas. El claro. El desierto rojo.” (p.61) A lo largo del texto el espacio físico es un ente, un personaje más. Ya sea la ciudad, la naturaleza, un fortín o una trinchera, cualquiera utiliza su fuerza para manipular y aplicar cualquier mansedumbre a los personajes, volviéndose parte del lugar y sólo viviendo por vivir, respirando por inercia, como si fueran árboles que echan raíces y tienen frente a sus ojos una realidad que no pueden cambiar, sus manos están atadas y su vida está a la merced de la selva.
Una semana. Tal vez dos semanas. [...]
Solamente nosotros permaneceremos amarra-
dos a esta posición, estrujados entre sus cuatro
puntos cardinales.
Otro día. Lo mismo.
[...] Vamos a entrar en la tercera semana y los
soldados parecen sonámbulos.
[...] En su cara de palo no hay expresión alguna.
(Marín, 1935, p.46-49)
Sin embargo la ciudad tampoco es libre de juicios, el contexto histórico da poder de mansedumbre a cualquier espacio que pueda albergar en sus paredes la infelicidad en la que se encuentre. “Un soldado le dice a Delmonte, y el sargento nos lo cuenta, que en Boquerón hay agua; pero Boquerón tiene una dentadura de alambradas y ametralladoras bolivianas”. (p.73)
La depresión entre tantas batallas perdidas, la desolación de seguir luchando por una causa incierta, así como el excesivo cansancio de la rutina hacen que la naturaleza también decaiga, se desanime y muera como lo hacen los demás personajes.
Tiene razón Delmonte. Solamente los indios
tobas y algunos pilagaes que vienen con noso-
tros soportan el trote inmisericorde. Las am-
berés que antes adornaban los matorrales han
desaparecido, y ni siquiera queda la esperanza
de meter las manos en el vientre de algún teyú,
que tanto abundaban en las ciénagas del Pil-
comayo.
(Marín, 1935, p.63)
Los personajes llegan a un punto de desesperación en la que la única salida para acabar con este Infierno Verde es ver a la muerte como una amiga, a la cual le extienden sus brazos y fuera de ser significado de martirio o dolor, por el contrario la desean y la esperan como un fin a este suplicio. La muerte es ahora para los personajes algo muy familiar que los ronda muy de cerca y a la que respetan, su único temor a ella es parecido al temor divino, el cual se produce por no saber cuándo o cómo llegará.
Sí. ¡Ya! La muerte ha sido hasta ahora un
espectáculo ajeno, lleno de hedor y de figuras
grotescas. Ahora la muerte es algo mío, algo de
mis huesos, de mis tendones, de mi carne, de
mi sed, de mis ojos. Un horror, un horrible ho-
rror me sacude. “¡Dios mío!”.
(Marín, 1935, p.80)
La guerra lleva a los personajes a los momentos más difíciles y saca lo peor de cada uno de ellos, pero la desesperación y la falta de esperanza es aún peor, ya que hace al ser humano un ser existencial que sólo se deja llevar por su entorno. Espacio que no sólo lo desespera sino hace ver aquellos motivos de peso como algo insignificante, la guerra inició por problemas entre países, ahora la guerra es solamente sobrevivir, es una guerra con el destino, con aquel más fuerte, una guerra que se vive en cada despertar y acaba en el caos, para volver a iniciar al abrir los ojos.
Estoy solo. Contra la muerte, contra la Sed,
contra la Selva; de nada nos vale la compañía.
[...] Sólo hay un objeto que nos ayuda:
la cantimplora, de cuya panza ha de salir el
líquido necesario para seguir en esta absurda
idea de morir sin saber por qué peleamos.
[...] ¿Por qué peleamos? ¿Por qué peleo yo?
Ellos peleaban por la gloria.
(Marín, 1935, p.127)
Irene González Muñoz en su artículo La representación del cuerpo dócil en el Infierno Verde de Jose Marín Cañas, nos presenta cuatro momentos básicos que representan y respaldan su artículo, los cuales son:
El llamado que se hace al pueblo para que empuñe las armas y se defienda la soberanía del país. La pauta de este es el entusiasmo exacerbado, tanto por parte del protagonista como de parte de todos aquellos que responden a la convocatoria. (p.110)
[...] El segundo momento lo determinan dos aspectos; el primero de ellos, la
disciplina militar a la que son sometidos los soldados, [...] el segundo, el choque del soldado con la adversidad de la naturaleza, las exigencias de la marcha, el cansancio extremo y la espera. (p.112)
[...] Empieza, por otra parte, aceptar que el discurso glorioso de la guerra, que tanto escuchó en Asunción, no tiene ninguna relación con la realidad que vive en el Chaco; sin embargo, no se rebela, continúa en su puesto en actitud de espera. Esta espera finaliza cuando el soldado anónimo participa en la primera batalla. Este hecho inicia el tercer momento clave de la historia. (p.113)
[...] El cuarto y último momento clave de la historia se inicia cuando después ser herido en una de sus piernas, el protagonista es enviado a un hospital que ha sido acondicionado para los heridos de guerra. (p.114)
El autor Corrales Arias, elabora una lectura diferente a la novela como un ente de cambio y un punto de partida para una nueva generación de literatura costarricense, así como González Muñoz la cual muestra otra lectura sobre el cuerpo dócil y su representación en la novela, así bien tomando en cuenta los articulistas anteriores, se les presentó una nueva propuesta basada en la degradación de los personajes en la crónica. Propuesta que logró ser evidenciada con ejemplos textuales de la misma y respaldada por los articulistas quienes desde sus perspectivas facilitaron el cuerpo del artículo en cuestión.
*Bach. Katherine Ortiz Calvo. Profesora de la Enseñanza del Español graduada de la Universidad Nacional de Costa Rica. Correo electrónico:
Bibliografía
Arias, A. C. (2016, Abril 22). Obtenido de La nueva novela costarricense: http://biblio3.url.edu.gt/Publi/Libros/ACCriticos/05.pdf
Cañas, J. M. (1935). El Infierno Verde. Costa Rica: La Hora.
Muñoz, I. G. (s.f.). La Representación del cuerpo dócil en El Infierno Verde de José Marín Cañas. Filología y Lingüística, UCR, 105-115.
