H I S T O R I A  Y  S O C I E D A D
Boletín electrónico

 


 

Por Lic. Elio Francisco Omodeo Chaves*

    Ante la condición de pandemia que experimentamos en este 2020, mucho se ha reflexionado con respecto a nuestra vida, y es que si vemos en retrospectiva, como era nuestra vida de niños, quizás evidenciamos diferencias bastante significativas con respecto a lo que hoy tenemos y conocemos.

    La vida era distinta, las calles estaban llenas de niños que corrían y jugaban durante todo el día. Los juegos de escondido, rayuela, ladrones y policías, eran habituales, así como también, los juegos que de pronto se ponían de moda, como bailar trompos, lanzar yoyos, jugar chócolas con bolinchas de vidrio multicolores. Con un par de ligas un zapato viejo al que se le pudiera arrancar un pedazo de cuero y una horqueta de café, construíamos una flecha y un tubo de cortina se convertía en una cerbatana, y con ellos demostrábamos nuestra puntería quebrando un bombillo viejo, una botella o una lata. Una caja de cartón se transformaba en un trineo, para lanzarnos en las laderas de nuestros barrios. Un aro viejo de bicicleta y un pedazo de madera era la combinación perfecta para ponernos a correr guiando esa llanta y compitiendo contra nuestros “amiguillos” del barrio.

    Con dos pares de piedras grandecitas, lográbamos construir nuestra plaza de fútbol y luego de la rifa entre los dos mejores jugadores y la respectiva conformación de cada equipo, se iniciaba una mejenga que podía durar varias horas hasta que se pusiera el sol, nos llamaran nuestras madres o que alguno de los jugadores quebrara una ventana de la casa de algún vecino o bien lanzaran la bola a un techo o un río cercano.

    También teníamos la costumbre de sentarnos en las noches a tertuliar, los temas eran muy variados, desde la mejor jugada de la mejenga, el cantante de moda, la llegada de algún vecino nuevo al barrio, las actividades de la semana y los cuentos de miedo que los mayores inventaban para asustarnos en nuestro regreso a la casa con el temor de que nos apareciera la llorona, el cadejos o cualquier otro espanto. Pero una vez dentro de nuestras casas, la paz volvía y nuevamente nos sentíamos protegidos y seguros.

    La vida era diferente, el tiempo pasaba más lento, las travesuras eran constantes, por ejemplo ir a tocar las puertas y alguno que otro timbre y salir corriendo para evitar el regaño de los vecinos molestos. Los increíbles viajes a otro barrio era toda una experiencia, sobre todo cuando lo hacíamos con la intención de enfrentarnos en un encuentro futbolístico, en donde nos sentíamos héroes de historietas, dispuestos a defender el honor de nuestro barrio.

    Los que tenemos 50 o más años y vivimos en zonas rurales recordamos con nostalgia estos tiempos y somos una fuente primaria para hablar de estas experiencias que llenaron nuestra etapa infantil y juvenil. Los  temores no eran tan grandes y el andar en la calle del barrio no representaba ningún peligro. Pero la vida cambia y probablemente, las nuevas generaciones dentro de algunos años estarán hablando con nostalgia a sus hijos y nietos sobre su vida infantil y las cosas maravillosas que hicieron, les contarán que durante un año el mundo se paralizó y los niños tuvieron que inventar formas de entretenimiento virtual o dentro de sus casas, que las escuelas y colegios cerraron sus puertas a los estudiantes, que muchas personas se enfermaron y algunos murieron, pero que al final la mayoría logramos sobrevivir.

*Lic. Elio Francisco Omodeo Chaves. Profesor de la Cátedra de Historia de la UNED. Correo electrónico: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.