H I S T O R I A  Y  S O C I E D A D
Boletín electrónico

 


 

Por Mag. Ronald Obaldía González*

     Un buen número de observadores atribuyen al Presidente estadounidense Donald Trump la conexión lógica entre la retórica antidemocrática, autoritaria, divisiva, luego la difusión por las megaplataformas de redes de informaciones masivas, pero falsas y “descabelladas”, contra las elecciones nacionales y sus mecanismos de certificación - todo ello pertinente a él -, y lo concerniente a haber llegado a empoderar las autocracias “enérgicas” de China, Rusia, Corea del Norte, Nicaragua, Venezuela al igual que los regímenes iliberales, entre ellos, los de Filipinas, Turquía, Hungría, Polonia, Brasil, El Salvador, entre otros.

     En el mismo orden de las conexiones lógicas, fundadas en hechos recientes, el connotado politólogo Francis Fukujama plantea la tesis del enlace existente “entre las respuestas deficientes a la pandemia y el populismo”, una reacción patológica, desprendida de los populistas sean de derecha e izquierda, a saber, López Obrador, Daniel Ortega, Jair Bolsonaro y el mandatario saliente Trump, entre otros. Ocurre porque a los (infalibles) líderes populistas, quienes se obsesionan en preservar el poder a como dé lugar (Katharina Pistor), les complace “presentarse como figuras carismáticas quienes representan al pueblo y prefieren no dar malas noticias”, si es el caso reprimen los medios de prensa.

    Renuncian “a decirles a sus seguidores que tienen que vivir y aceptar cosas desagradables, como respetar la cuarentena o la distancia social”. Por eso, dichos personajes fueron tan renuentes a tomar medidas para combatir la pandemia. Ellos bajaron el perfil de la pandemia, afirma Fukujama. A modo de “posverdad”, Donald Trump, a su vez, afirmaba que “la enfermedad era una exageración”. En cambio, el testimonio de la verdad se proyecta en las miles de personas que desafortunadamente perdieron la vida.

    LAS FALLIDAS ACCIONES INSURRECCIONALES Y EL INTENTO DE GOLPE DE ESTADO a cargo de los fanáticos ultraderechistas, hipernacionalistas, supremacistas blancos, neofascistas y de los “teóricos” de la conspiración, seguidores de Trump, puestos en evidencia, a raíz de los violentos e impensables hechos del pasado 6 de enero en el Capitolio en Washington, se adicionan al eslabón de las corrientes mesiánicas populistas.

     Corrientes que, casi al finalizar el Siglo XX, han cobrado un peligroso auge en casi todas las latitudes del planeta, con mayor reiteración en América Latina, cuyo discurso confrontativo, su carga emocional como irracional, afín al autoritaritarismo y “el poder directo” (Francis Fukujama), se dirige a reclutar e incitar las descontentas masas de gente, cuando el sistema social y las instancias del poder llegan a distanciarse de sus expectativas de calidad de vida, en simultaneidad con la casi total desconfianza y rechazo que les ha despertado la clase política y las élites económicas.

     Asimismo y a nuestro entender, es fácil detectar otra variedad de populismo, cercano a la realidad estadounidense (también de Europa), esta vez enarbolada bajo el mandato de Donald Trump. Lo secundan principalmente los millones de ciudadanos blancos anglosajones, sus “fieles” partidarios ("Make America Great Again").

     Esta mayoría ha estructurado una psique social, la que rechaza abiertamente la globalización, así como la reconfiguración del tradicional Estado de la Unión Americana. La cual tiende a introducir de forma gradual cambios en los patrones psicosociales y esquemas culturales, económicos, políticos - electorales, además de las variantes étnicas. Todo lo cual supone “reales” amenazas que enfrentan los grupos hegemónicos (los blancos), decididos a sobreproteger la identidad del colectivo social (los violentos “Proud Boys”), históricamente dirigente dentro de la Unión, cuya fuente de poder descansa en los principios “del Destino Manifiesto”.

     De acuerdo con los reportes del Departamento estadounidense de Seguridad tales extremistas constituyen “el peligro más mortífero” contra la cultura cívica y política, los procesos electorales y el Estado de derecho. Lo demostraron el pasado 3 de noviembre. Asimismo, en la categoría de agresividad y riesgo se ubican los contestatarios grupúsculos anarquistas, radicales de la izquierda, los llamados “Antifa”, enemigos de los racistas blancos; lo mismo que el movimiento afroamericano “Black Lives Matter”, quien ha escalado a nivel nacional por sus manifestaciones violentas después de la fatídicas muertes de dos afroamericanos en el 2014, la de George Floyd (mayo, 2020) a manos de la policía estatal de Minesota.

     EL PARTIDO REPUBLICANO (GOP) EN LA PICOTA. En este escrito nos abstendremos de ahondar en los móviles e innumerables detalles, acerca del estallido de la subversión de los resultados del proceso electoral, llevado a cabo en los Estados Unidos de América, en tanto que de ellos la opinión mundial se ha informado en todos sus extremos. Los medios y las redes sociales nos han atiborrado de noticias y comentarios, relacionados con tal atípico y repudiable episodio, inmerso en la sinuosa y controvertida Administración de un gobernante histriónico, perteneciente al Partido Republicano (GOP), quien tampoco podrá negar su complicidad, se abstuvo de silenciar las diatribas de Trump y sus secuaces.

     Dicha denominación política, la cual, con semejante turbulencia y acontecimientos violentos alrededor del Capitolio, habrá de arrastrar severas y duraderas perturbaciones, hasta avizorarse el riesgo de las divisiones internas, tanto por el accidentado fracaso electoral de Trump, como la frustración del GOP en el Estado de Georgia, en donde salieron derrotados los dos candidatos suyos al Senado de la Unión.

     Permítanos plantear que el asalto al Capitolio por parte de extremistas blancos de ultraderecha, descontentos con los resultados del proceso electoral del 3 de noviembre del 2020, lleva penosamente a aproximar los Estados Unidos de América – tampoco se escapa de la diferenciaciones sociales – a las vergonzosas tragedias de rupturas constitucionales y abusos de poder, padecidos con frecuencia por las naciones meridionales: las rezagadas del planeta, tómese en cuenta nuestro subcontinente latinoamericano y caribeño, en donde los demagogos y populistas en varios países continúan pervirtiendo los postulados y los procesos de la democracia liberal y sus instituciones vitales.

     Al inicio manifestamos que los delirios de Trump y el aferramiento al poder dotado en la Casa Blanca – esta vez disuadido por el Estado de derecho - , llegaron a empoderar los dictadores y los operadores políticos “iliberales”. Esta vez, él les ha hecho un obsequio a los tiranos de Venezuela y Nicaragua, entre otros, al restar valor y credibilidad a los procesos electorales de la Unión Americana.

     De ahí, la continuación de los Estados policiales y los fraudes electorales que habrán de fraguar los desgobiernos de Nicolás Maduro, y al que Daniel Ortega se apresta en noviembre de este año, en la textura del cierre definitivo de los reducidos espacios de independencia, democracia y libertad que aún quedan. Ambas dictaduras de la región, falazmente de izquierda, cuyas atrocidades las encubre dicha tendencia política (Francis Fukujama), llegaron a ser tan corruptas, represivas y sanguinarias, así también “patrimonialistas”, como las dictaduras militares de las décadas pasadas.

     Hay que prevenir y contener la escalada de las autocracias en América, de lo cual Trump hizo gala. Pero, le habrá de costar bastante caro, tanto dentro del Partido Republicano (ya lo arrinconó); más todavía, tras el desenlace de las investigaciones y el juicio político (impeachment), llevados a cabo en su contra por el Senado en Washington, a causa de haber incitado a los grupos antisistema, ultraderechistas, a una insurrección contra el Capitolio.

     ACUMULACIÓN DE FENÓMENOS INTERNACIONALES Citamos en comentarios pasados la irrupción del hipernacionalismo racista cuya expansión se avizora, marcha en varios países de Europa. También hicimos referencia al aislacionismo de Donald Trump, quien contrarió el orden internacional de carácter liberal, al tiempo que debilitó la política diplomática de Washington de erigirse en el guardián de la democracia (Jesús del Toro). Los recientes atropellos sediciosos frente al Capitolio hablan por sí solos. Hay que hacer hincapié en que hemos venido arrastrando los efectos de las crisis ambientales y los desastres, producto del calentamiento global, así como las turbulencias financieras.

     En el 2020 hubo de insertarse la pandemia del coronavirus (“el virus chino”, según Trump), al cabo que se transformó en uno de los factores de la creciente rivalidad entre la dupla de China y Rusia frente a los Estados Unidos de América, en particular en los meses previos a la elección presidencial de noviembre en los Estados Unidos. Todos ellos, constituyen efectos desestabilizadores – las negociaciones diplomáticas pierden fuerza -, como si las triples conmociones: las sanitarias, las socioeconómicas - la pobreza y la deudas externas de los países - y la geopolítica estratégica fueran menos amenazantes (Joschka Fischer), en lo tocante a hacer disfuncional la seguridad y los equilibrios del sistema internacional.

     En medio de la aguda recesión económica y la contracción del comercio global, en especial, la devastación de la actividad del turismo, la pérdida de millones de empleos, esto provocado por la emergencia sanitaria, suponemos que la Administración de Joe Biden, un hombre decente, honorable y racional (Jeffrey D. Sachs), perteneciente al Partido Demócrata, habrá de adoptar “una mentalidad internacionalista” (Kaushik Basu), mediante la cual encuentre centrar su atención en las organizaciones globales, entre ellas, las del Sistema de las Naciones Unidas (ONU), al impulsarlas a cumplir su rol de gestoras de la paz, del desarrollo humano sostenible y en lo correspondiente a poner fin a la pandemia del Covid – 19.

     El Presidente electo Biden acaba de prometer el retorno de Estados Unidos de América al Acuerdo de París (diciembre, 2015), cuyo objetivo medular es el reforzamiento de la respuesta mundial a la amenaza del cambio climático, para combatirlo, “y acelerar e intensificar las acciones e inversiones necesarias para un futuro sostenible con bajas emisiones de carbono”. Lo cual podrá correr paralelo a la restauración de la política doméstica estadounidense, la reconciliación bipartidista y entre los sectores políticamente opuestos, reconstruyendo y adecentando otra vez el estatus de ese poderoso país, al involucrarlo, a pesar de sus imperfecciones, en la solución multilateral y pluralista de los males globales (Kaushik Basu) – de manera prioritaria - , mediante la acción cooperativa, solidaria y compasiva, lo cual representa lo ético y políticamente correcto.

     A la vista se cuenta con una estrategia disponible en los Objetivos de Desarrollo sostenible (ODS), establecidos por las Naciones Unidas (ONU) en el 2015, que expresan las metas económicas, sociales y ambientales con las que se han comprometido todos los países para el 2030 (Zia Khan y John W. McArthur). Los Estados Unidos de América, la Unión Europea, las naciones desarrolladas del Asia están llamadas a ser un firme bastión, al alentar “la creación de alianzas públicas y privadas para reestablecer el equilibrio entre la humanidad y los recursos de la naturaleza”.  

Continuará…

*Mag. Ronald Obaldía González. Correo electrónico Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.