Emblemas blanco

 H I S T O R I A  Y  S O C I E D A D
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Ficha técnica

Dirección: Alexander Mackendrick.

Producción: Michael Balcon.

Guion: John Dighton, Roger MacDougall, Alexander Mackendrick.

Edición: Bernard Gribble.

Duración: 85 minutos.

País: Reino Unido.

Año: 1951.

      Interesante película de 1951. Estamos ante una comedia que nos recuerda con tono satírico algunas verdades incómodas de la cultura occidental. Fue protagonizada por Alec Guinness, quién aún no era el consagrado actor de la década de los 60, ni el afamado Obi Wan Quenobi de los 80, pero ya en esta temprana participación dejaba claro sus dotes actorales. El guion puede parecer simple y plano, pero es punzante y ácido. Se aborda la tragedia de Sidney Stratton, un científico que trabaja para una fábrica textil, quien descubre una tela que no se desgasta ni se ensucia, pero su invención causa temor entre los dueños y trabajadores de la fábrica. Sidney es un científico idealista, enfadado con la corrupción que lo rodea, egoísta y lleno de un resentimiento que pone de manifiesto su perversión interna. El protagonista no tiene motivaciones heroicas en busca de un bien mayor, simplemente está obsesionado con su invento, lo cual le impide tener empatía con los intereses y preocupaciones de los demás seres humanos.

     ¿Qué motivó la creación de esta película? En parte, un fenómeno con pocos estudios serios llamado “obsolescencia programada”. Los defensores de esta teoría conspirativa argumentan que las empresas capitalistas, de forma premeditada, fabrican artículos de mala calidad, que se estropeen rápidamente, para obligar a los consumidores a comprar más y aumentar las rentabilidad de sus empresas ¿Es esto posible? Vamos a analizar un hecho histórico real: En la estación de bomberos de Livermore en California, existe una bombilla que ha funcionado sin interrupción desde 1901, dando luz por más de cien años. El secreto de esta bombilla fue haber sido fabricada antes de 1924. Ese año, las compañías que controlaban el mercado de las bombillas a nivel mundial firmaron un acuerdo llamado Cartel Phoebus. Las empresas se comprometieron a que la duración de las bombillas no sobrepasara las mil horas. El resultado fue el drástico aumento de las ventas de las bombillas. Parece que el mito de la obsolescencia programada, al menos, ha nacido basado en hechos reales ¿Será posible que la obsolescencia programada sea una realidad? Es difícil dar una respuesta académica a esta interrogante, pero ¿Cuántos años tiene el dispositivo electrónico en el cual usted está leyendo este artículo?

     La intencionalidad de la película va más allá que poner en evidencia la “obsolescencia programada” ante la audiencia occidental. El director buscaba inquietar al público. Estamos ante una crítica contra los científicos y políticos que hicieron posible el desarrollo de la fisión nuclear, sin considerar las consecuencias de poner en manos de la humanidad semejante poder. Es evidente que la cinta entra sin dudarlo en la categoría de la comedia, pero el mensaje no es risible del todo. El director denuncia el peligro que representa la investigación científica para la humanidad, cuando sus procedimientos no son sometidos a controles éticos externos. Tal cual sucedió con las bombas atómicas en 1948. Pero la ironía de todo esto es que la audiencia se identifica con el protagonista durante el relato, al menos que ponga buena atención a sus motivaciones.

     Otra de las facetas donde se desborda la crítica social es la obediencia. En primera instancia podríamos pensar que obedecer es bueno, o al menos adecuado. Sólo tratemos de imaginar si las atrocidades cometidas por los nazis hubiesen sido posibles en un entorno donde los individuos cuestionaran las órdenes de sus superiores. En los juicios de Nuremberg el alegato de la obediencia a los superiores fue un factor común en la defensa de muchos acusados, para quitarse su responsabilidad de los hombros. Al inicio de la película vemos a un empresario intentando convencer a otro de realizar una inversión en su fábrica. Hacen un recorrido por las instalaciones para descubrir una organización jerárquica organizada donde las órdenes son ejecutadas de forma implacable. El mismo ambiente que se vivía en los campos de concentración nazis y en el proyecto Manhattan, ambos atroces con la misma intensidad, dirigidos tanto por políticos como por científicos. Esta película de 1951 realmente pone el dedo en una llaga que estaba aún muy fresca.

     La fábrica, además, simboliza la sociedad y su responsabilidad. No se puede achacar toda la culpa a los políticos, militares o científicos. La población civil tiene una gran saldo, no solo cuando tolera los crímenes de sus líderes, también cuando los aplaude. Al menos la sociedad alemana recibió en su momento el repudio por albergar el holocausto judío y han dado muestras de arrepentimiento: La prohibición de cuestionar la atrocidad de los hechos o la develación de monumentos en honor a las víctimas. Pareciera que la sociedad alemana agacha la cabeza cuando se tocan estos temas. Pero la sociedad estadounidense aún tiene el reto de hacer catarsis sobre las bombas atómicas lanzadas contra civiles japoneses. Es evidente que un sector importante de la sociedad entiende esta atrocidad como un hecho heroico.

     La película es ligeramente entretenida y sus efectos visuales dejan de ser convincentes a cada instante. Al guion le falta emotividad y sorpresa. No podría decir que estamos ante una obra de arte en cuanto a la fotografía, la música, la escenografía o el vestuario. Podríamos llegar a pensar que estamos ante un panfleto político liberal que busca satirizar los sectores conservadores de la sociedad occidental. Las actuaciones cumplen, no llegan al punto de encantar. El humor tampoco es intenso y puede que el espectador se distraiga en ciertos momentos poco dinámicos. El fuerte de esta producción es el mensaje que puede llegar a trasmitir. A mí particularmente siempre me sorprende lo poco que evoluciona la humanidad en sus más profundas contradicciones y que una película tan añeja aún funcione como retrato de la sociedad actual. Hoy más que nunca la ciencia debe estar al servicio del bien común y no como escudo de las grandes corporaciones que lucran con productos de primera necesidad.