MSc Ronald Eduardo Díaz Bolaños*
En esta ocasiòn se ofrece el anàlisis de un "texto visual" realizado en el 2021. Es necesario indicar que este año se ha caracterizado por una intensa agenda cultural y académica al cumplirse el bicentenario del proceso de independencia de Costa Rica y el resto de países que pertenecieron a la antigua República Federal de Centroamérica.
En el marco de estas celebraciones, la Academia Nacional de Ciencias de Costa Rica produjo un documental titulado “El despertar del conocimiento: 200 años de ciencia en Costa Rica” (2021), que en poco más de media hora comprende entrevistas, material audiovisual y fotografías, en los que participan varias personalidades científicas costarricenses, tanto hombres como mujeres, que se han destacado en distintos ámbitos del conocimiento científico narrando sus propias experiencias como también de quienes les precedieron en sus disciplinas..
Al final del período colonial y en el contexto mismo de la independencia, en el marco de una sociedad marcadamente rural cuya economía comenzaría a dinamizarse con la extracción de los yacimientos auríferos en los Montes del Aguacate y los inicios de la producción cafetalera, habían surgido figuras como Fray José Antonio de Liendo y Goicoechea, el Pbro. Florencio del Castillo y el Bachiller Rafael Francisco Osejo (Solano, Amador y Páez, 1990; Enríquez, 2005; Benavides, 2020), que contribuyeron también con el desarrollo de las ideas científicas que circulaban en el istmo centroamericano en esa época y que no fueron consideradas para esta producción.
El documental inicia con la participación del geólogo Guillermo Alvarado, el físico Walter Fernández, el microbiólogo José María Gutiérrez y el biólogo Luko Hilje, quienes intercambian ideas referentes a la labor desarrollada en el país por naturalistas, científicos y estudiosos procedentes del extranjero, principalmente europeos, quienes arribaron entre mediados del siglo XIX e inicios del siglo XX. Los especialistas entrevistados mencionaron a Anders Oersted, Karl Hoffmann, Alexander von Frantzius, Julián Carmiol, Karl von Seebach, Henri Pittier, William Gabb, Juan Rudín, Paul Biolley y Adolphe Tonduz, cuyos trabajos dieron impulso al conocimiento de la biodiversidad y los procesos geofísicos que caracterizan al territorio de Costa Rica (Peraldo, 2003 y Hilje, 2013).
La presencia de esta pléyade de personas con formación científica, tanto formal como informal, sentaría las bases de una comunidad científica en Costa Rica (Solano y Díaz, 2005), en la que también participarían científicos y estudiosos costarricenses como José Cástulo Zeledón, Anastasio Alfaro, José Fidel Tristán, Otón Jiménez, Alberto Manuel Brenes y Clodomiro Picado, en un contexto que ha sido descrito por Ronny Viales y Patricia Clare como un “régimen de cientificidad” en el que dicha comunidad y el Estado nacional, que se encuentra en proceso de consolidación bajo el liberalismo, favorecen el desarrollo de las actividades científicas que propició el surgimiento de instituciones como el Museo Nacional, el Instituto Meteorológico Nacional y el Instituto Físico-Geográfico Nacional (Viales y Clare, 2009), pese a la clausura de la Universidad de Santo Tomás (1888) y la presencia de otras entidades no mencionadas como el Protomedicato de Costa Rica, la Oficina de Estadística, la Facultad de Farmacia y el Colegio de Farmacéuticos que participaron activamente en la institucionalización de la actividad científica en el país, donde también hubo una presencia femenina en la recopilación de datos y otras labores científicas (Fumero, 1998; Viales, 2003; Solano y Díaz, 2005; Díaz, 2010; Solano, Díaz y Amador; 2013).
El documental enfatiza los aportes de Picado en el desarrollo científico costarricense durante la primera mitad del siglo XX, una época que ha sido considerada de “aislacionismo científico” (Coronado, 1997) dadas las dificultades económicas que experimentaron los actores e instituciones científicas de la época para lograr sus objetivos. No obstante, esto no impidió el impulso tomado por las ciencias agrícolas con el Instituto Físico-Geográfico Nacional, la Sociedad Nacional de Agricultura y el Departamento Nacional de Agricultura; la circulación de artículos científicos en publicaciones periódicas como La Gaceta Médica de Costa Rica y hasta en el Repertorio Americano, la celebración de la IV Conferencia Sanitaria Panamericana en San José (1909-1910), el debate entre paradigmas científicos positivistas y tradicionales a raíz del avistamiento del cometa Halley (1910), el Centro de Estudios Sismológicos de Costa Rica (1911), la reapertura del Instituto Físico-Geográfico (1924), el fallido intento por organizar la Congreso Científico Panamericano (1929), las efímeras Sociedad Científica Costarricense (1931) y Escuela de Ciencias de Costa Rica (1932) (Páez, 1994; Arias, 2002; Díaz, 2003; Díaz, Solano y Peraldo, 2007; Villalobos, 2009).
La década de 1940, caracterizada por las reformas sociales y la polarización política que culminó con la Guerra Civil de 1948 vio nacer a la Universidad de Costa Rica que hizo posible el desarrollo de las carreras científicas (Coronado, 1997; Zeledón, 2004). En esta época de cambios para el país, se instala en Turrialba el Instituto Interamericano de Ciencias Agrícolas (IICA) y el último conflicto armado motiva el cambio del personal en el Instituto Geográfico Nacional y el Servicio Meteorológico y Sismológico Nacional, entidades surgidas en ese mismo decenio (Díaz, 2003).
La apertura de la Vicerrectoría de Investigación en la década de 1970, hizo posible el estímulo de la investigación científica a lo interno del alma máter. La trayectoria de este centro de estudios superiores en el desarrollo de la ciencia en Costa Rica fue enfatizada por Gabriel Macaya, Rodrigo Gámez, Guy de Téramond, Eugenia Flores, Pedro León y María Laura Arias, quienes reconocen el papel del personal científico y docente que realizó estudios de posgrado en el extranjero y aportaron su conocimiento a la producción científica en la segunda mitad del siglo XX, cuando aparecen varios centros e institutos de investigación que lograron conseguir fondos para poner en marcha sus programas y fomentar la formación de jóvenes con vocación científica, mientras la sociedad costarricense se transformaba al calor de las políticas intervencionistas del Estado benefactor.
La ampliación de los estudios superiores en el decenio de 1970 trajo consigo la fundación del Instituto Tecnológico de Costa Rica (1971), la Universidad Nacional (1973) y la Universidad Estatal a Distancia (1977), por lo que surgen nuevos centros de investigación como el Observatorio Vulcanológico y Sismológico de Costa Rica (OVSICORI), adscrito a la UNA, aspecto que fue destacado por Marino Protti. En esos años surge el Consejo Nacional para Investigaciones Científicas y Tecnológicas (CONICIT), cuyo primer presidente de su junta directiva fue Rodrigo Zeledón, uno de sus artífices. A esta institución autónoma le seguirán el Ministerio de Ciencia y Tecnología, hoy día al Ministerio de Ciencia, Innovación, Tecnología y Telecomunicaciones (MICITT) y la Academia Nacional de Ciencias de Costa Rica, entidades que desde el Estado y la comunidad científica impulsarán las políticas públicas relacionadas con la investigación en el plano científico y tecnológico en el país, lo que permitió la conformación de un Sistema Nacional de Ciencia y Tecnología (Zeledón, 2004; Herrera, 2009).
El crecimiento demográfico y los cambios económicos experimentados por el Costa Rica que tenían repercusiones medioambientales promovieron el establecimiento del Sistema de Parques Nacionales, en el que participaron Álvaro Ugalde y Mario Boza y en la fundación de varias instituciones relacionadas con la investigación en el plano de las ciencias biológicas, entre ellas el Instituto Nacional de Biodiversidad (INBio) y la apertura del Ministerio de Recursos Naturales. Energía y Minas (MIRENEM), actual Ministerio del Ambiente y Energía (MINAE).
Al finalizar el siglo XX, pese a la aplicación de las políticas neoliberales que afectan el financiamiento de las instituciones universitarias públicas, la investigación científica prosigue, como lo atestigua Henriette Raventós al referirse a los avances de los estudios genéticos en el país. En este mismo decenio, la Universidad de Costa Rica, que había incursionado en el campo de la computación desde finales de la década de 1960, participa en la introducción del internet en territorio costarricense y propició una red que vinculó al resto de universidades públicas (Viales, Calderón & Chavarría, 2015).
También se destaca la participación de costarricenses en la investigación espacial como el astronauta Franklin Chang y la ingeniera Sandra Cauffman, quienes se vincularon a la Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio (NASA) de los Estados Unidos, así como el lanzamiento de un satélite fabricado en Costa Rica, proyecto en el que participaron Marco Gómez y un equipo de jóvenes investigadores adscritos al Instituto Tecnológico de Costa Rica, quienes pudieron contactarlo con éxito desde la ciudad de Cartago en 2018. Además, en años recientes, se resalta el papel de la Universidad de Costa Rica en el monitoreo y control de la pandemia de COVID-19 en el país.
Gracias al desarrollo institucional que ha hecho posible el impulso de la actividad científica y tecnológica en Costa Rica, el documental finaliza con los desafíos que enfrenta este sector en los próximos años, según el personal científico entrevistado: 1) El decreciente aporte estatal al financiamiento de la ciencia y la tecnología, 2) La incorporación de una mayor presencia femenina en el campo investigativo 3) La atracción de personal científico extranjero propiciada por la estabilidad política y la biodiversidad características del país, 4) La orientación de la actividad tecnocientífica para la supervivencia de la humanidad y demás organismos, 5) La transformación de la sociedad costarricense hacia una basada en el conocimiento y 6) La inversión en la salud mental de la población motivada por el impacto de la pandemia de COVID-19.
En términos generales, desde el inicio de su vida como país independiente, Costa Rica ha experimentado un continuo desarrollo de las ideas científicas concorde con los paradigmas científicos dominantes y contó desde el siglo XIX con una comunidad científica integrada por costarricenses y extranjeros, quienes participaron en el establecimiento de una institucionalidad científica, que muchas veces fue condicionada por las condiciones económicas imperantes en la primera mitad del siglo XX. No obstante, la labor científica se reforzó a mediados del siglo XX con la apertura de instituciones universitarias y entidades estatales que orientaron las políticas públicas en el sector tecnocientífico. El final del siglo XX y los comienzos del siglo XXI introdujeron varios avances a nivel científico y tecnológico que han permitido afrontar los desafíos del presente y vincular a este sector con las necesidades y los cambios que enfrenta la sociedad costarricense.
*MSc Ronald Eduardo Díaz Bolaño* Cátedra de Historia, Escuela de Ciencias Sociales y Humanidades, UNED. Programa de Estudios Sociales de la Ciencia, la Técnica y el Medio Ambiente (PESCTMA) Centro de Investigaciones Geofísicas (CIGEFI), UCR.
Referencias
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