Emblemas blanco

 H I S T O R I A  Y  S O C I E D A D
Boletín electrónico

 

MSc. David González Sánchez*

     En 1949 el proyecto reformista se sostuvo gracias a la necesidad del capital para mantener el orden de las cosas y procurar la estabilidad del mercado y la persecución a los perdedores. Desde 1953 en adelante las perspectivas desarrollistas intentaron humanizar los estilos productivos capitalistas, hermanando productividad con ampliación del bienestar, respaldado por un Estado mas o menos fuerte. Al final, la quimera reventó y el capital reclamó lo que era suyo, abriendo la década de 1980 con los primeros intentos de liberalización económica. La herencia reformista de los 40 del siglo XX ha sobrevivido, pero en terreno socavado minuciosamente para decirnos: esto no se sostiene más, debemos privatizar. Lo que ha sucedido es que el neoliberalismo se ha cocinado lentamente los últimos 40 años para desmenuzar hasta el hueso cualquier atisbo de Estado de bienestar.

     La estrategia de las élites económicas y políticas-no se distingue con facilidad una de otra- no fue la confrontación sino la sistemática inoculación de la idea de que un Estado grande es un lastre para todos y la causa de todos los males de la sociedad. Además, se debía controlar la movilización social que tomaba las calles con fuerza, ejemplos fueron la huelga del magisterio (1995), lucha combo-ICE (2000), movimientos contra el tratado de libre comercio (2007) y la gran huelga del magisterio- otra vez- del 2018. Las élites entendieron perfectamente que la mejor forma era operar bajo la democracia formal, y en un juego perverso y sorprendente, movieron peones en la asamblea legislativa para crear leyes tan antidemocráticas como la Ley para brindar seguridad jurídica sobre la huelga y sus procedimientos N° 9808. Con una población desmovilizada, vapuleada con tasas de desempleo de dos dígitos y la inflación rampante, el gobierno de Carlos Alvarado preparó el terreno para la estocada final que vine a dar el régimen de Rodrigo Chávez.

     Cuesta creer que estamos ante el fin de época, no por la nostalgia que pueda suponer la vana idea de que todo pasado fue mejor, sino por la brutal precarización a que las familias del país se enfrentan con un horizonte donde los salarios serán miserables y los precios continuarán por las nubes. El fin de una época que se fundó sobre el mito de la igualdad del ser costarricense, y hoy es devorada por una indiferencia orgullosa.

     Lamento estas líneas tan sombrías, pero el tono obscuro es de quien mira un presente que no parece ofrecer futuro. Debemos repensar las formas de acercarnos, de construir estrategias de lucha desde la casa, la escuela, y fundamentalmente desde la Universidad Pública que se debe a la población más vulnerable. No basta con defender solo aquello que afecta los límites del escritorio académico, sino hacer de la palabra acción para refundar el país desde los principios de la solidaridad, el bien común y la dignidad humana. Porque el futuro que nos espera aun no está escrito, sino esperando ser construido.

*MSc. David González Sánchez. Profesor e investigador Cátedra Hitoria de la UNED. 

Red Centroamericana en Investigación y Docencia de Estudios Sociales y Ciudadanía Crítica (RECIDEC)

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