¿Por qué la desprofesionalización erosiona la calidad educativa en Humanidades y Ciencias Sociales?
Por M.Sc. Adriana Barrantes Granados*
Cuando se habla de calidad educativa, se suele mirar primero los currículos, los programas, la infraestructura o, más recientemente, la incorporación de tecnologías como la inteligencia artificial. En mi opinión, sin embargo, hay un factor que antecede a todos los demás y que rara vez ocupa el centro del debate: las condiciones en las que trabaja el docente universitario. No es posible exigir excelencia académica a quien enseña en condiciones de precariedad, sobrecarga o falta de reconocimiento social.
Dignificar la labor docente no es, entonces, una demanda gremial secundaria, sino una condición estructural de la calidad educativa misma. El concepto que mejor describe el fenómeno opuesto a esa dignificación es el de desprofesionalización docente. Este término hace referencia a la pérdida de reconocimiento, autonomía y valoración social de la figura del profesor, así como al deterioro de las condiciones salariales, contractuales y formativas bajo las cuales ejerce su labor académica. No se trata de un fenómeno abstracto: la desprofesionalización tiene consecuencias directas y medibles sobre lo que ocurre en el aula.
Para que exista una verdadera profesionalización docente, se requiere un estatus social y económico adecuado, una formación inicial de calidad y el acceso sostenido a la formación continua. Cuando cualquiera de estas tres condiciones falla, la profesión se degrada, y con ella la calidad del servicio educativo que se ofrece. En países donde se ha reducido drásticamente la inversión en la formación inicial del profesorado, o donde la formación continua se financia con presupuestos mínimos, el resultado es previsible: profesores que llegan al aula con menos herramientas de las que la propia complejidad del conocimiento exige.
Dicho deterioro no es exclusivo de la educación básica. En la universidad, la desprofesionalización adopta formas particularmente severas. El trabajo docente deja de ser "decente" en el sentido que le da la Organización Internacional del Trabajo (OIT), es decir, ejercido en condiciones de libertad, seguridad, equidad y estabilidad. Cuando este trabajo se precariza, se erosiona también la capacidad del profesor para cumplir su función formativa con la profundidad que esta requiere.
Esta erosión es especialmente grave en las Humanidades y las Ciencias Sociales, campos cuya enseñanza exige tiempo: tiempo para leer, para actualizarse, para preparar clases que estimulen el pensamiento crítico y no solo la transmisión de contenidos. Enseñar ciencias sociales y humanidades es un ejercicio que requiere una actitud acuciosa, capaz de valorar en profundidad lo implícito y de construir posiciones interpretativas propias frente a la realidad. Esa disposición no surge de la improvisación ni puede sostenerse en condiciones de agotamiento; requiere de un docente con tiempo protegido para pensar, investigar y dialogar con sus estudiantes, algo cada vez más difícil cuando la carga horaria se multiplica para compensar salarios insuficientes o cuando la inestabilidad contractual impide proyectar una carrera académica a mediano plazo.
Un aporte especialmente útil para entender este fenómeno es el concepto de la "dinámica de desprofesionalización", entendida como la acumulación diaria de tareas administrativas, burocráticas y ajenas a la enseñanza que van vaciando de sentido pedagógico la labor docente. Esta dinámica no siempre se manifiesta como una crisis visible; a menudo opera de forma silenciosa, en la forma de informes, comisiones, formularios y procesos de evaluación que restan horas a la preparación de clases y a la investigación.
En la universidad, este fenómeno se traduce en profesores que dedican una porción creciente de su tiempo a la gestión administrativa y una porción decreciente al ejercicio intelectual que, se supone, es el núcleo de su profesión. Frente a este panorama, dignificar la labor docente implica actuar sobre al menos tres dimensiones.
La primera es salarial y contractual; no puede hablarse de calidad en la educación superior sin condiciones dignas, justas y estables para quienes la hacen posible. La estabilidad laboral no es un privilegio corporativo; es la base material que permite a un docente comprometerse con proyectos de investigación y de enseñanza de largo aliento, en lugar de sobrevivir de un contrato temporal a otro.
La segunda dimensión es formativa. La enseñanza universitaria en Humanidades y Ciencias Sociales exige un ejercicio permanente de resignificación del conocimiento: la capacidad de repensar los marcos teóricos existentes frente a una realidad que cambia constantemente. Esa resignificación es imposible sin acceso sostenido a formación continua, investigación y actualización disciplinar, especialmente cuando los presupuestos destinados a la formación docente se reducen a cifras simbólicas.
Finalmente, la dimensión es simbólica: el reconocimiento social de la profesión. La UNESCO y la Fundación SM (2025) advierten en su informe sobre la escasez creciente de profesores —se estiman decenas de millones de educadores faltantes a nivel global para cubrir las necesidades de la educación básica— y vinculan esta escasez directamente con la necesidad urgente de transformar la profesión docente, otorgándole mayor valoración social y mejores condiciones de ejercicio. Aunque ese informe se centra en la educación básica, la lógica es extensible a la universidad: una sociedad que no valora a quienes forman a sus futuros ciudadanos difícilmente puede sorprenderse cuando la calidad de esa formación se deteriora.
Es importante subrayar que dignificar la labor docente no equivale a proteger privilegios ni a blindar a los profesores de toda evaluación. La formación universitaria debe orientarse a que el sujeto consolide criterios propios de valoración, y ese ideal aplica también al ejercicio docente: la exigencia académica y la rendición de cuentas son parte legítima de cualquier profesión seria. Lo que la desprofesionalización erosiona no es la exigencia, sino las condiciones mínimas salariales, formativas y de reconocimiento que hacen posible responder a esa exigencia con calidad.
En definitiva, dignificar la labor docente universitaria es una condición previa, no un añadido, para cualquier proyecto serio de mejora educativa. Mientras la desprofesionalización avance mediante salarios que no alcanzan para vivir, contratos que no ofrecen estabilidad y una carga burocrática que desplaza el tiempo de pensar y enseñar, la calidad educativa seguirá siendo una aspiración discursiva más que una realidad.
Recuperar el sentido profundo de la docencia universitaria en Humanidades y Ciencias Sociales —esa capacidad de interpretar, cuestionar y formar ciudadanos críticos— exige, antes que cualquier otra reforma, garantizar que quienes enseñan puedan hacerlo en condiciones dignas.
*M.Sc. Adriana Barrantes Granados. Profesora e investigadora de la Cátedra de Historia de la UNED. Correo electrónico: s
Referencias
UNESCO y Fundación SM. (2025). Informe mundial sobre el personal docente. Magisnet. https://www.magisnet.com/2025/04/desprofesionalizacion-y-abandono-docente/
