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 H I S T O R I A  Y  S O C I E D A D
Boletín electrónico

 

Activo autodidacta

Nacido el 15 de mayo de 1865, en la cuidad de San José. Hijo de la distinguida pareja conformada por doña Emerenciana Chavarría, costarricense y del ingeniero don Pedro Gagini Traversa, quien era de origen suizo.

   Desde muy pequeño, el padre se convirtió en su verdadero icono y un ejemplo digno a seguir, este marcó sin duda su vida, cuando estimula constantemente el afán por el saber y aprender, quizás esas sean una de las razones peculiares del actuar y de la personalidad de Gagini, caracterizada por la gran fogosidad en la casa y con sus compañeros de la escuela, siempre hubo en él picardía en sus bromas.

  Desde muy temprana edad por esfuerzo propio se dedicó a una búsqueda incesante de lecturas y libros que le pudieran deparar nuevos conocimientos, fue un discípulo lector que adquirió una cultura sólida, de tipo materialista y positivista como era frecuente en su tiempo, lo que le convirtió básicamente en un activo autodidacta.

   Realizó sus estudios primarios y parte de la segunda enseñanza en varios centros de educación de la ciudad de San José, sin embargo, la dramática pobreza que tuvo que afrontar su familia a causa de la muerte de su señor padre, ocurrida en diciembre del año 1883, le obligó a suspender los estudios que realizaba para aquel entonces, cuando apenas cursaba el segundo año de Humanidades en el Instituto Nacional.

   Ante esta difícil situación familiar, no le quedó más que dedicarse así, al arduo trabajo, para dar el sustento económico a los miembros de su familia. Pese a las vicisitudes de la vida y luego de esquivar otras dificultades, gracias a su perseverancia y empeño, a los dieciséis años, logró finalmente terminar el ansiado bachillerato.

   A sus escasos 17 años, una vez graduado como bachiller fue nombrado profesor de las asignaturas de  Castellano y Latín en el Instituto Nacional, centro de enseñanza donde había sido estudiante años atrás.

   Una vez llegada su etapa como adulto, inició estudios de derecho en la Universidad de Santo Tomás, pero desde las primeras lecciones comprendió que aquello no era su desvelo y prefirió dedicarse de lleno a impartir clases particulares, con el fin de continuar ayudando a su familia, que todavía se encontraba socavada por la difícil situación  económica.

   Como maestro se puede considerar el inició de sus servicios docentes, en escuelas particulares, en las que dejó huella y éxitos sobresalientes, desde entonces, su vida va a estar marcada hasta su muerte, alrededor del trajín de la docencia. 

   En razón, la vocación más fuerte y acentuada lo hizo incorporarse al ejercicio del magisterio y a la entrega de su labor insigne como educador, habrá de ser un caso en la historia de la educación, no solo porque en él resplandecían los atributos más puros del maestro ideal, sino por la magnitud, casi nueve lustros dedicado en las aulas y un lapso mayor con sus libros eminentes que traspasaron las fronteras y se conocieron en muchos países del mundo en los que tuvo la oportunidad de visitar, entre ellos,  España y Francia, residió luego, en El Salvador donde organizó y regentó el Colegio de Santa Ana, de 1904 a 1907.

   En su carrera docente fue director de escuelas y colegios públicos, maestro e inspector provincial de escuelas y profesor en varios colegios en lo que constantemente era llamado para dar clases. En entre estos destaca como Director de Escuelas en Alajuela en 1885, Profesor en el Liceo de Costa Rica e Inspector de Escuelas en Alajuela en 1887, Director del Instituto de Alajuela de 1894 a 1896, Director del Liceo de Costa Rica de 1896 a 1899 y profesor en el Colegio Superior de Señoritas de 1900 a 1903.

   En su trayectoria en el campo de la educación, también sobresale como reconocido profesor de Castellano, Psicología y Lógica en la Escuela Normal de Costa Rica y Director de esa Institución de mayo de 1918 a marzo de 1919, Inspector de Segunda Enseñanza en 1919 y profesor nuevamente, en el Liceo de Costa Rica y el Colegio Superior de Señoritas, de los años 1920 a 1924.

  En verdad, Carlos Gagini disfrutaba de todas las cualidades que hacen al educador genuino, el sentimiento de la comunidad y el don lingüístico en armonía con su vasto saber. Era tan dadivoso y tan querido por sus alumnos que a menudo llegaba a la penuria, al sacrificio, sin que hubiera pregón, lamento, ni espera de recompensa alguna. Esto ocurría también con la riqueza inagotable de su erudición, que bien dejó plasmada por completo en el noble ejercicio de la enseñanza.

   Pero su labor no se limita a impartir lecciones y a criticar el sistema, por el contrario se convierte en una agente activo para brindar soluciones a los problemas educativos, razón por la cual lo lleva a investigar y ensayar nuevos métodos pedagógicos, así como a escribir obras de consulta de gran valor.

   La labor docente de Gagini, sin duda, fue amplia y variada; además de sus servicios como maestro, profesor, director de escuelas y colegios, trabajó con grandes éxitos, en la redacción de programas de enseñanza primaria, en una serie de libros de texto, en planes de estudio de colegios de segunda enseñanza, así como en importantes proyectos de reformas de la Ley General de Educación Común, todos con el único fin de mejorar cada día, e impactar positivamente en la educación costarricense.

   Todo esto lleva a ser respetado y a distinguirse como miembro correspondiente de la Academia Española de la Lengua, de las Academias de Venezuela, El Salvador, Brasil y de la Asociación de Escritores y Artistas de Madrid, España, al punto de llegar a figurar como ilustre y experimentado lingüista de reconocidos méritos internacionales.

  Don Carlos como se le solía llamar, se convierte en un verdadero filólogo y literario de intención didáctica, el cual escribe sobre diversos temas. Desde muy joven empezó a colaborar en las revistas y periódicos de su época, por lo que otro campo importante en que incursionó y desarrolló fue la filología, actividad en la que se perfiló como una verdadera autoridad.

   Como filólogo no sería posible estudiarlo en pocas líneas; basta decir que ha sido uno de los más notables que ha tenido el país y que ese era su mejor campo. Gagini fue un poliglota esclarecido: lenguas muertas y vivas que le otorgaron una gran autoridad sobre la española. Ante la sorpresa de algunos íntimos, su humildad lo empujó a decir "¡No hay tal prodigio¡ es neolatina y las otras romances ayudan a cualquier estudiante".

   Trovador y prosista de gran notoriedad; esteta muy delicado, pintor muy hábil, músico de oído. Su inquietud en asuntos de cultura lo llevó a incursionar en otros terrenos que muy pocos conocen, como el arte. Lo atraen la música, la pintura y alguna vez se premió una acuarela suya, pero sin duda, en lo que más sobresale y se recuerda con gran respeto y admiración es en el campo literario.

  Como fiel representante materialista y positivista, no admitía otros conocimientos que los de la razón y la experiencia, era incansable y laborioso escritor, dejó buen número de obras realistas; en las que como poeta se manifestó como sincero y reflexivo, nos se preocupa sino de que se diga en sus versos lo que él piensa. Su obra de ficción queda al margen de su notable obra de filólogo, en un lenguaje claro y equilibrado. Conoció a distinguidos intelectuales de la talla de Lamarke, Darwin, Spencer, entre otros; pero a quién consideró con admiración y como verdadero maestro fue Augusto Comte, además de los clásicos castellanos.  

  A él se deben importantes investigaciones sobre las lenguas indígenas de Costa Rica, por lo que como típico estudioso y apasionado de esas lenguas publicó un interesante ensayo titulado Ensayo lexicográfico sobre la lengua de Térraba en el año 1892, en colaboración con el reconocido Henri Pittier; la Lengua Bribri y otros estudios de carácter filológico histórico y científico; Vocabulario de las escuelas (1897), Ejercicios de lengua castellana (1897), los cuatro libros de lectura para escuelas primarias.

  El lector costarricense, dos distintas ediciones de El vocabulario de los niños (1904) y las cuatro ediciones de Elementos de Gramática Castellana (1907-1919). Esta obra es una continuación ampliada a la teoría, de los dos tomos de Vocabulario de los niños y en ella se concibe y se trata el idioma como un organismo vivo y sujeto a la constante evolución, en la que priva, no la autoridad de la academia, sino el uso general.

  Hombre de mentalidad y vida disciplinada, se aplica a la investigación y logra publicar su Diccionario de Barbarismos y Provincialismos de Costa Rica, que luego, en 1919, se convierte en el Diccionario de Costarriqueñismos, siendo el primero en su clase producido en Costa Rica y prologado y vanagloriado por el eminente filólogo Rufino J. Cuervo, la cual fue considerada a la postre, una de las obras más completas de su género en América y una de las obras de Gagini más consultadas y recordadas.

  Le llamaban también el gran filósofo, campo en que incursionó con algunas obras, y dentro de sus ideas positivistas, publicó Nociones de Psicología para los colegios de Segunda Enseñanza (1911) y la Ciencia y la Metafísica (1918). Sobre todo, esta obra destaca por rechazar el conocimiento metafísico y adoptar el experimental, conviene anotar que hubo una evidente rivalidad entre Gagini y Roberto Brenes Mesén; maestro este último, de la revolución lírica que se produjo en 1907 y de la tendencia espiritualista en el campo filosófico, rivalidad que se manifestó en una violenta polémica poética, en la aparición de la Gramática de Gagini dos años después de la de Brenes Mesén y en la publicación de la ciencia y la metafísica, un año después de salir a la luz. Polemizó mucho y a veces con cierta violencia que derivaba de sus convicciones.

    Entre sus obras de teatro merecen citarse: Las cuatro y tres cuartos, Toño, El candidato, Don concepción (1902), que trata de un juguete cómico de un acto, la cual fue representada por la Compañía Serrador en el Teatro Nacional en ese mismo año; Los pretendientes, también obra en un acto y del tipo de zarzuela, se estrenó con música del maestro Cuevas en 1908; y El Marqués de Talamanca (1900), zarzuela de tres actos y en verso.

   Como novelista y cuentista es considerado como uno de los creadores del regionalismo literario sólo que en forma puramente externa, característica la cual se aprecia en sus cuentos y novelas. Publicó varias obras dramáticas, tiene dos libros de cuentos: Chamarasca (1898) y Cuentos Grises (1918) y las siguientes novelas o esbozos de novela: A París (1910), El árbol enfermo (1918), La Sirena (1920) y La caída del águila (1920), en las que se observa un acentuado  nacionalismo y antiimperialismo. Dejó también una especie de autobiografía, titulada A través de mi vida.

   En El árbol enfermo y La caída del águila, vale reconocer que Gagini es al menos en la novela el primer representante del nacionalismo y del antiimperialismo identificado en las letras nacionales y tiene cierto interés al observar que, a pesar de su mentalidad fría y académica, sintió la influencia de Ariel de José Enrique Rodó, que por aquellos años coincidiendo con el crecimiento del poder de los Estados Unidos, entusiasmaba e influenciaba en muchos escritores idealistas de la América española.

   En el campo de la psicología, Gagini fue un clarividente, en lingüística, una eminencia de fama universal. Había magia en sus lecciones imperecederas, expuestas diáfanamente, interesantísimas, bien ilustradas y entretenidas. Pero en ocasiones no lograba la atención de los frívolos, entonces el maestro enrojecía y fijaba la mirada en los turbadores hasta dominarlos. Nunca pasaba del gesto de iracundo, ni siquiera a un ademán violento y mucho menos a una voz de locución desagradable.

   Su prestancia de recia contextura física y moral, sanguíneo, sabio en materias filológicas y literarias, aunque dominaba otras ramas de las ciencias imponía silenciosamente el más sano respeto de sus alumnos. Carlos Gagini se erigió un monumento con sus lucidas y perdurables enseñanzas en el aula, en la conversación amigable; con el libro y sobre todo, con el ejemplo cimero de su vida tan fecunda al servicio de la humanidad.

   Como maestro se le recuerda con respeto y admiración, sobre todo por pertenecer a generaciones de educadores que se beneficiaron de su talento pedagógico. Se preocupó porque la literatura tuviera carácter nacional, su obra filológica es quizá su más importante legado a la educación del país.

   Su vida fue un ejemplo de disciplina, honorabilidad y trabajo. Ya en sus últimos días, aceptó la pensión que le ofrecía el Estado, que reiteradas ocasiones había rechazado, pues siempre alegó y consideró que no la retiraría ni la ocuparía mientras tanto le quedaran fuerzas para trabajar.

    El insigne y querido Gagini, murió el 31 de marzo de 1925, en la ciudad de San José, rodeado de la admiración y respeto de sus discípulos y todas las personas que en vida le admiraron. Como balance de su fructosa vida, de los 60 años que vivió, 44 fueron dedicados al servicio docente.

    Como tributo póstumo, un distrito escolar del cantón de Goicoechea, de San José, lleva el inmortal nombre de Carlos Gagini. En homenaje a su memoria, un colegio de Segunda Enseñanza Particular Nocturno, en esta misma localidad, tiene el honor de llevar a la perpetuidad su nombre, así como una escuela de Enseñanza Primaria ubicada en la ciudad de Alajuela, también en homenaje a la memoria del benemérito educador costarricense.