Emblemas blanco

 H I S T O R I A  Y  S O C I E D A D
Boletín electrónico

 

Por Lic. José Alberto Calderón Navarro*

    Se dice, en ocasiones, que uno es dueño de su destino, que se obtiene lo que se ha buscado o por lo que ha trabajado. Sin embargo, estas palabras pueden carecer de sentido cuando la vida ha ido marcando un derrotero que se debe seguir. No siempre lo que se hace obedece estrictamente a lo planeado o lo real.  Quizás las circunstancias de una vida individual identifican las aptitudes y las actitudes de la persona para ayudarle a forjar su mundo, a entregar parte de su tiempo de vida.

   La docencia es una de esas decisiones que no necesariamente se toman en la vida; al contrario, es la vida o el destino, no importa cómo definamos el cúmulo de experiencias vividas, lo que nos enseña el rumbo hacia la docencia.  Lo cierto también es que hay muchas personas convertidas en educadoras, maestras o profesoras que nunca se propusieron serlo, no fueron a una universidad para prepararse en la manera de ayudar a otras personas a encontrar el conocimiento, nunca fue su sueño a seguir.

   En nuestra universidad eso sucede a menudo, siendo bueno decir que quienes ejercemos esas funciones las asumimos con una condición especial: entregar mucho de la manera más desinteresada. Cualquier persona que ve a la UNED desde fuera, que nunca se ha adentrado en su quehacer, le es difícil percibir lo que significa ayudar a cumplir tantos sueños de superación y que de no ser por esta institución sus forjadores verían la frustración pasearse ante sus ojos por las metas inalcanzadas.

   La experiencia educativa en esta institución me ha llevado a lugares desconocidos, me ha permitido adentrarme un poco en la vida de estudiantes que no siempre se esfuerzan por alcanzar sus sueños en las mejores condiciones de vida.  ¿Quién ha dicho que estudiar una carrera para alguien que tiene sus necesidades primarias ya satisfechas es lo mismo que para un estudiante privado de libertad o que para una madre que debe luchar contra los obstáculos que su propia familia le coloca en el camino de su esperanza? 

   ¿Será lo mismo que para un estudiante de un territorio indígena que debe salir a recorrer un sendero oculto por la oscuridad de la madrugada para llegar a un centro universitario, con enormes carencias de infraestructura y equipamiento, a recibir una tutoría a las nueve de la mañana?  La respuesta seguramente sea negativa y debe combatirse para que en algún momento sea positiva.  La universidad, como la vida, es imperfecta a la hora de brindar oportunidades.

   He logrado conocer estas realidades desde la primera tutoría que di en febrero de 2006.  Ese mes comencé a trabajar en Puriscal los sábados y en Guápiles los domingos.  Estos centros universitarios fueron mis primeros laboratorios como tutor, sin saber realmente en qué consistía mi labor, no hubo una inducción o una orientación, pero sí una experiencia basada en  prueba y error que nunca ha dejado de tener esa característica, pues nunca una tutoría funciona igual en dos grupos diferentes de estudiantes.

  En Guápiles y Puriscal aprendí que iban a ser muchas las mujeres a las que debía ayudar, mujeres ya casadas, con hijos, quienes debían conciliar sus múltiples horarios de esposas, madres y trabajos fuera del hogar para poder estudiar, ir a las tutorías y atender sus obligaciones académicas.  Ver a una madre de familia tener que llegar a una sesión con su bebé en brazos, porque no tenía quien se hiciera cargo de su cuido mientras su esposo se dedicaba a labores agrícolas, es quizás algo que pocas personas en Mercedes de Montes de Oca han vivido.

  De quienes se han visto con su libertad privada por algún error de su pasado, que dedican su tiempo dentro de los muros de una cárcel a cambiar su forma de vida a través del estudio, he escuchado decir que uno no debe preocuparse porque solo lo hacen para que les descuenten tiempo de su condena.  ¿Es cierto esto o es más una apreciación equivocada o prejuiciada?  He tenido estudiantes en tutorías y otros a quienes les he debido calificar su desempeño en los instrumentos de evaluación, quienes me han demostrado que realmente pueden cambiar su visión de mundo de manera positiva.

   Ir a dar una tutoría a barrio Escalante viviendo en San Pedro de Montes de Oca es relativamente sencillo, sobretodo si nadie se presenta a escuchar lo que se les pueda decir, pues ¡Cuántas veces se llega puntualmente a esperar que se cumpla un plazo de espera por aquellos que a veces no llegan! Veinte minutos de viaje para un encuentro que no será es tal vez poco tiempo y solo una pequeña fracción de lo que se demora en llegar a Ciudad Nelly, San Vito o Shiroles.

   ¿Shiroles?  ¿Dónde queda eso?  Esas son preguntas que uno tiene que contestarse para luego explicarle a la familia o a los amigos, incluso a muchas personas que laboran para la UNED, que es una comunidad dentro del territorio indígena Bribri (sin tilde) en el cantón de Talamanca, a la que se llega luego de pasar por la margen izquierda del río Telire.  Suena fácil el viaje, ¿cierto?  Pero si se vive en el área metropolitana de San José no es tan sencillo.  En esta institución no se da una real orientación de lo que se debe hacer para llegar a un centro universitario, algo que debería hacerse.

Estas son parte de las instalaciones donde se alberga la UNED en Shiroles Talamanca

    Si se requiere visitar el centro universitario de Shiroles, por lo general, por no decir que nunca, el transporte institucional no se brinda.  El viaje desde San José demora cerca de ocho horas, haciendo paradas en Limón y en Bribri, la cabecera del cantón de Talamanca, donde comienza un viaje en un bus con asientos de fibra de vidrio por un camino de lastre en regular o mal estado que demora entre una hora y hora y treinta minutos para dejarlo a la entrada de la finca educativa, sede del centro, distante a cerca de700 metrosdesde ese camino de lastre.

   Hasta aquí llegan estudiantes de la misma comunidad, de Chase, Bratsi, Katsi, Amubri, Olivia, Puerto Viejo, Daytonia, Margarita y otros poblados “cercanos” a recibir sus tutorías en unos “salones” que no reúnen las condiciones mínimas de confort: no hay cielo raso y conforme calienta el sol las latas de zinc hacen que el calor se empeñe contra el trabajo de todos, o si llueve que el ruido compita con la voz del tutor; aire acondicionado ni en sueños, los pupitres son unas viejas bancas junto a unas mesas de igual antigüedad, la pizarra hace tiempo que dio su vida útil, una soda cercana donde comer algo o tomar un café, refresco o agua es un lujo impensable. 

   Aún así los estudiantes llegan sin importar las condiciones del viaje o la distancia que deban recorrer a pie, caballo, bus, bicicleta o motocicleta por un camino de lastre o un trillo en la montaña.  Esta es una razón de peso para que la tutoría se dé puntualmente, sin importar que el viaje desde San José inicie el día anterior, para pernoctar en algún sitio de Cahuita, Puerto Viejo o Bribrí y continuarlo el día siguiente, bajo el sol o la lluvia, los mismos para todos, tutor o estudiantes.  Esta experiencia tiene una magia que lo lleva a uno a querer repetirla siempre que se pueda, a sabiendas que la cita estará concurrida y que las dieciséis horas de viaje real se reducen a solo seis en el papel.

 *Lic. José Alberto Calderón Navarro. Profesor de la Cátedra de Formación Cívica y Geografía y de la Cátedra de Historia. Correo electrónico: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.