
Por Licda. Liliana Fernández Cartín*
La persecución, tortura y desaparición forzada de personas, llevada a cabo por la Junta Militar que gobernó Argentina entre 1976 y 1983, dentro del Proceso de Reorganización Nacional instaurado por dicho gobierno de facto, fue la máxima expresión del terrorismo de Estado.
El Estado argentino en dichos años fue un Estado totalitario y represor. La Junta Militar, en su intento de mantener el control absoluto de la sociedad y el poder, desapareció a miles de ciudadanos argentinos en los 365 centros clandestinos de detención alrededor del país. El accionar violento fue la tónica dentro de la maquinaria del Estado, que de manera sistemática secuestró, torturó y desapareció a tantos de sus ciudadanos.
Los relatos de los familiares de los desaparecidos son claves para reconstruir el contexto de represión y persecución llevada a cabo por el régimen militar. Los testimonios de los familiares articulan y evidencian al uso de la violencia como recurso del Estado argentino. El momento violento y arbitrario del secuestro es develado en los relatos y es relacionado por los testigos presenciales de dicho acto, con las armas y los militares, que invadieron los espacios íntimos familiares.
Pero, qué es un “desaparecido” dentro de la reconstrucción de la memoria histórica?
La categoría de “desaparecido” es compleja. Es una muerte inconclusa, ante la ausencia de un cuerpo y una tumba. Es una categoría sin muerte y tiene una triple condición: sin cuerpo, sin duelo, sin sepultura.
En la “desaparición” no hay fin, no hay existencia, no se sabe nada de la persona que fue secuestrada. Esta condición conlleva una intensidad y una profundidad sin donde sostenerse, como si lo hay en el duelo de una muerte “normal”.
El “desaparecido” es una nueva categoría de persona: ni viva ni muerta. En esta realidad, en la que falta un cuerpo, en la que falta un momento de duelo y falta una tumba, se da la negación de la muerte.
La categoría de “desaparecido”, es una categoría invertida a la muerte. La “muerte” como construcción y acontecimiento social inherente a la condición humana, es una categoría asociada a un punto final de la vida. La muerte violenta causada por la crueldad, se contrapone a la muerte “ideal” que pone fin a la vida, que pone fin al ciclo vital.
Alrededor de esta categoría, gira un sistema de categorías, todas referentes a experiencias extremas, que son las formas en que los familiares de los desaparecidos entienden la muerte, categorías que se enmarcan en preguntas, cuestionamientos y dudas: ¿Cómo puede ser que no sepamos qué hicieron con nuestro hijo?, ¿Cómo puede ser que no sepamos qué día dejaron de respirar nuestros hijos?, ¿No saber qué hicieron?, ¿Cómo fue?, ¿Cómo lo torturaron?, ¿Qué pasó?, ¿Cuánto vivió?
Los familiares no tienen nada concreto, no hay despedida, pero sí el dolor y la incertidumbre de no saber el momento de la muerte, la forma, la tortura. La violencia de la desaparición quiebra para siempre la vida cotidiana y se da inicio al gran vacío, al calvario de la desaparición, donde la nueva realidad y la cotidianidad se mezclan.
Los familiares viven una experiencia traumática recurrente, una larga espera día a día, al no cerrar ni elaborar el círculo de un duelo. El papel de los familiares denunciantes, que a través de sus relatos articulan la categoría de “desaparecido”, intentan transmitir la memoria, evitar que el desaparecido sea olvidado.
Las estrategias para resguardar la memoria y el recuerdo pueden ser colectivas o individuales, privadas o públicas, e intentan el rescate de la memoria del desaparecido y de su identidad. El desaparecido tenía un nombre, una identidad y militancia política, una historia personal, y con su destino se truncó una vida, y se inicia una historia inconclusa.
Los espacios de ritual para honrar y rescatar la memoria, van desde el uso de las fotografías, una de las maneras más usadas para recordar a los desaparecidos, hasta los homenajes colectivos: plazas, monumentos, anfiteatros de la memoria o galerías de recuerdos. Los momentos históricos y políticos de la nación argentina, provocan en los familiares sentimientos de esperanza, ilusión, tristeza, ya que refuerzan ese duelo fragmentado. El conocimiento de centro clandestinos de detención, de las tumbas de N.N (sepulturas individuales o colectivas clandestinas, sin nombre conocido), o el retorno al orden constitucional y la vuelta a la democracia, marcaron rupturas en los familiares, ya que reactivaron la esperanza de encontrar a sus seres queridos.
Los familiares, en su larga espera, en su dolor íntimo y solitario, donde no hay inicio ni hay fin, siempre guardan una esperanza. En su calvario de búsqueda, pidiendo respuestas, pidiendo justicia, a muchos ya los ha alcanzado la muerte. Piden justicia y se resisten al perdón y al olvido, con una actitud incansable contra la impunidad.
La experiencia de tener lazos de pertenencia con el desaparecido y de vivir con esa realidad día a día, así como con la experiencia de haber vivido en la Argentina de la dictadura militar, es una experiencia traumática, que marca el relato de los familiares.
El rescate de la memoria histórica del pasado reciente argentino, está basado en relatos, en fuentes orales que tienen su sesgo personal. Son relatos individuales, historias desesperadas.
La mentira o la exageración de los hechos, como estrategia discursiva, o como forma de negación, podrían tener presencia en estos testimonios, como forma de lidiar ante la negación de la muerte o de la memoria.
Los familiares han pasado por años de sufrimiento, de búsqueda, de espera, de una vivencia cotidiana, de una impotencia, de un desgaste vital. Los testimonios de los familiares han sido el puente entre el pasado y el presente, el hilo conductor para no perder el relato para la reconstrucción de la memoria del desaparecido, para que esta no quede olvidada.
La historia como ciencia intenta conocer la verdad de manera científica y todas las fuentes históricas tienen sus limitaciones. El historiador encuentra grandes problemas en la recolección del testimonio oral. En el caso del desaparecido, eso es lo que queda: sus familiares. El desaparecido no volvió para narrar su historia, ni siquiera su cuerpo, para saber qué pasó.
Los relatos, aun individuales, personales, y lo que esto conlleva, dentro del rescate de la memoria histórica son testimonios valiosos para reconstruir el contexto de la violencia, de la táctica militar en el uso de armas, allanamientos, secuestros y torturas.
Esos testimonios, esos relatos, son una fuente oral cargada de recuerdos y sentimientos, una fuente histórica de gran riqueza; estos testimonios juntos ayudan a construir el pasado, a través de la figura del desaparecido. En el rescate de los testimonios de familiares de los desaparecidos, está la base para la reconstrucción de la historia reciente de la sociedad argentina.
*Licda. Ileana Fernandez Cartín. Profesora de la Cátedra de Historia de la UNED. Correo electrónico:
Referencias Bibliográficas
Da Silva Catela, Ludmila. “Sin cuerpo, sin tumba. Memorias sobre una muerte inconclusa”, Historia, Antropología y Fuentes Orales, N. 20, Traumas del Siglo XX (1998), pp. 87-104.
