Por Lic. José Alberto Calderón Navarro*
¿Se ha puesto usted a considerar sus aptitudes geográficas, aquellas que ha aplicado a lo largo de su vida? Podrá pensar en este momento que no tiene formación como geógrafo, que la Geografía es una actividad que no sirve para nada, que es tan atractiva como un aguacero de octubre o el amanecer del barrio donde vive. Quizás la recuerde como aquella lista de capitales de los países de América que debía aprenderse en la escuela o los principales “accidentes físicos” de Asia, nombres que le decían ¡nada! y le daban demasiado trabajo a su cerebro joven y ávido de conocimientos “importantes”.
Si usted, que me lee, ha ido de viaje a la playa en marzo, cuando el sol está calentando como nunca la superficie de la Tierra, lo ha hecho porque ha pensado como geógrafo, empírico, pero geógrafo al fin, pues ha pensado cuándo debe hacer el viaje, cuánto demorará el tiempo, cuáles son los atractivos que se encontrará o los que lo han motivado a ir a esa playa y no a otra. Un geógrafo piensa en lo que sucede sobre la superficie del espacio, de la misma manera en que usted pensó en la playa para realizar ese viaje. Veámoslo así: hacer un viaje implica conocimiento, análisis espacial, preferencia de un sitio por otro y observación del paisaje.
Hacemos geografía cada día. Hemos ido a la escuela o al colegio a recibir clases de Estudios Sociales y ahí no aprendimos a ser geógrafos. El oficio empírico lo fuimos obteniendo con el paso de nuestra vida, sin darnos cuenta, sin que lo percibiéramos. Todos los días de camino a la escuela, al colegio, al trabajo, vamos observando lo que está a nuestro alrededor para así poder identificar y reconocer esos elementos que diferencian los sitios que recorremos cada día o una sola vez en nuestras vidas. Y si observamos el paisaje que recorremos estamos recurriendo a una de las técnicas más importantes de la Geografía: la observación.
Observar es analizar, es identificar, es reconocer. Al poner atención podemos intentar entender lo que sucede a nuestro alrededor, a cuestionarnos porqué ocurre lo que sentimos, vemos y percibimos. Pero ese cuestionamiento nos obliga a encontrar respuestas en el cúmulo de experiencias que hemos ido conformando y si no las encontramos ahí, despiertan nuestra curiosidad de geógrafo empírico; la misma que nos lleva a insistir en entender nuestro medio. ¿Se ha dado cuenta que he descrito dos condiciones de geógrafo que todos tenemos: la observación y la curiosidad?
Estas cualidades son hermanas gemelas y las tenemos todos. Debemos observar para aprehender el medio que nos acoge, donde desarrollamos nuestras actividades diarias y todo lo que conlleva a desarrollar nuestro sentido de pertenencia. La curiosidad hace que empecemos a cuestionar por qué los elementos están dispuestos de una u otra forma, por qué llueve o hace sol, la razón de los cambios grandes o pequeños que van dándose como parte de toda evolución que los espacios sufren. Eso es hacer Geografía y le aseguro que usted no se percató nunca de sus habilidades de geógrafo, ¿o me equivoco?
*Por Lic. José Alberto Calderón Navarro. Profesor de la Cátedra de Historia y de la Cátedra de Ambiente, Política y Sociedad. Correo electrónico:
