Emblemas blanco

 H I S T O R I A  Y  S O C I E D A D
Boletín electrónico

 

En homenaje a lo que alguna vez fueron, todas las playas en Costa Rica… y al viejo Belisario Agüero.

Por profesor Julio Vindas Rodríguez*

   Hace ya varios años se murió el ”Beli”, aquel viejo colmilludo que fue el alma de Playa Órganos de Paquera, cantando “ la puerta negra”, “el pata rajada” y todas las canciones de Julio Jaramillo, siempre con un “gallo” atravesado en el pescuezo, y un aliento a guaro y a cigarro que atarantaba a las mismísimas sirenas, y en las noches más negras, entreteniéndonos con historias de espantos y aparecidos bajo la pálida luz de una canfinera.

   Belisario llegó con su mujer, Rosa, a Playa Órganos de Paquera, cuando aquello eran unos andurriales de charrales y cascabeles, y a punta de machete le abrieron un espacio al sol para que se tendiera a “pata cruzada” sobre la arena; levantaron un rancho con horcones de mangle, apelmazaron el piso de tierra, armaron una “tijereta” y la aderezaron con las delicias del amor, y en un rincón oscuro, levantaron un fogón pispireto y bullanguero, donde aquella india de la costa me enseñó a palmear las primeras tortillas en el aire. Los conocí hace casi cuarenta años, cuando ya habían crecido los almendros que ellos mismos plantaron, y una sombra de esbeltos cocoteros abrazaba con su frescura la calidez del rancho; verano tras verano inauguramos navidades, fines y principios de año, en algarabía de guitarras y de guaros, - cualquier fecha era un pretexto para el jolgorio -; encendimos mil veces aquel fogón de leña, por el que desfilaron cajetas, chicharrones, frituras de pescado, almejas, langostas y las ostras, en bacanal salobre … poco a poco se han ido deshojando los años llevados en alas de norteras y lunas, y con ellos, también partieron para siempre Belisario Agüero y la inolvidable india Rosa.

   Podría continuar con esta descripción de lo que hasta hace pocos años fue la Costa Rica costera, de sencilla amistad y transcurrir tranquilo, cuando cualquiera llegaba con su tienda de campaña a casi cualquier playa, y disfrutaba sin sobresaltos ni permiso de nadie de sus cortas o largas vacaciones, cuando los accesos no tenían los amenazantes rótulos de " propiedad privada” o “se prohíbe el paso”; era el tiempo cuando los ticos – sin necesidad de ser propietarios -, éramos dueños de nuestro paradisíaco país, aunque fuese por ratitos, cuando existía la posibilidad de recorrer a nuestras anchas, la maravillosa geografía de nuestra tierra.

   Hoy por hoy, nuestro país ya no es nuestro; basta darse una vuelta por Guanacaste, la otrora provincia folklórica lastimosa y aceleradamente, está quedando reducida a una burda tarjetita de “souvenir”, promocionada y subastada en los “glamourosos brochures” de la bisutería extranjera.   La voracidad del capital extranjero y transnacional, (casi siempre de dudosa procedencia), se ha apoderado de la mayoría de los sitios paradisíacos, donde se levantan fastuosos hoteles y condominios 5 estrellas, a los que solo puede acceder el turismo extranjero que paga en dólares, dólares que, igual que entran salen de país, sin beneficiar en lo más mínimo al pueblo, mientras el costarricense promedio se ve cada vez más relegado a chapotear en sus limitaciones económicas, pues para la mayoría se volvió prohibitivo gozar de estos enclaves del placer y la diversión, y lo peor, lo deprimente y vergonzoso, es que esto sucede en contubernio con testaferros vende-patrias disfrazados de políticos, quienes sin ningún escrúpulo no dudan en traicionar su juramento a la Patria, arreglando oscuras componendas “amarrando” solapados chorizos en su propio beneficio, sin importarles regalar al mejor postor, no solo nuestro futuro, sino el de los que aún ni siquiera han nacido…    

   Hace muchos años se nos fue Belisario, con los brazos abiertos para abrazar a su Rosa, aquella india inmensa de tierno desparpajo que había muerto años atrás, y estoy seguro que se murió “requete muerto”, ¡pero de risa!, porque de fijo lo estará esperando en el cielo con una bacenilla de meados – como a menudo lo hacía – y reclámándole:

--- ¡ Borracho!; ¿Por qué tardaste tanto en llegar?, y él, feliz de sentirse resucitado de nuevo con el olor de su sexo.

   Hace eternos años se marchó Belisario, - Belizoncho – le decíamos, como si al morir se llevara el susurro del mar en los almendros; ¿quién encenderá los besos de una fogata en la noche?, ¿quién le dará la bienvenida a todos los urgidos de paz que llegábamos a buscarlo, en esta única playa Paquereña que por ahora nos queda pura y primigenia, en medio de la sedienta voracidad de los dólares, con la que se compran playas y conciencias … encender el fogón de leña con el primer rayo de sol, en aquel rancho con piso de arena, sin puertas y con el techo destartalado; ¡eso fue para mí, durante muchos años, el verdadero sentido de vacacionar!, empaparse con los aguaceros, bucear “ a pulmón “ los acantilados, enfrentar tormentas en la madrugada, cruzar a nado el estero, tumbarse en la arena a extasiarse con las estrellas en ausencia total de luz eléctrica. ¿Cómo les contaré a mis nietos, ese insustituible contacto con “Natura”, cuando en Costa Rica solo existan hoteles “5 estrellas”, colmados de diversión artificial?.

¡Te extrañaré, mi viejo!, porque fuiste el último vestigio de lo que alguna vez fuimos, en esta pueblerina aldea de almas sencillas, antes de que – sin darnos cuenta -, nos ahogue la fulminante codicia del dinero…

   ¡Descansa en paz , mi viejo!; lleváte mi abrazo, ¡para siempre!.

*Profesor Julio Vindas Rodríguez. San Pablo de Heredia