H I S T O R I A  Y  S O C I E D A D
Boletín electrónico

 


 

Mag. Ronald Obaldía González* 

Hay que contrarrestar los factores determinantes de una Centroamérica en camino a sucumbir. Con excepción de Costa Rica y Panamá, esta Centroamérica arrastra un cúmulo de retrasos sociales, a pesar de la superación de las guerras civiles en el período final del pasado siglo.

La región continúa plagada de pobreza, de creciente desigualdad de ingresos, desintegración, y desastres relacionados con el clima o el cambio climático. La inseguridad y la violencia constata la ausencia "del sentido de solidaridad intergeneracional" (Jeffrey Sachs), por cuanto se reproducen (en el istmo) los males históricos, estructurales. Sobre sus espaldas reposan las causas y las consecuencias del legado de los conflictos armados, los cuales la castigaron por casi 20 años. Sin embargo, las raíces de la guerra estaban sumergidas desde el periodo colonial, o quizás más atrás.

Las desigualdades sociales, económicas y culturales, asociadas a la represión desmedida, sobrevivieron tras la independencia de las emergentes naciones, en ocasión del poder de las clases dirigentes y las élites militares, socias del capital transnacional: todas ellas ávidas de riqueza por encima del bienestar de las mayorías. A estas últimas les correspondía el rol de los excluidos, o bien los "que en psicología se llama los de la desesperanza aprendida" (Andrea Rodríguez, AP). Ahora sean los relatos de las familias centroamericanas, empobrecidas y angustiadas, quienes intentan ingresar a cómo dé lugar al territorio estadounidense; crudamente las exhiben las pantallas de la televisión como emigrantes o refugiados, objeto de detenciones, incluso si hay niños.

El genocida Maximiliano Hernández Martínez, mediante la masacre de casi 35.000 campesinos salvadoreños se había adelantado en 1932 a los posteriores abusos contra los derechos humanos, protagonizados por los militares, bajo las órdenes de los terratenientes semifeudales, con tal de imponerse por las vías de hecho a los sectores contestatarios de carácter rural, quienes reclamaron en aquel entonces mayor justicia social, y una mejor distribución de la tierra.

Las luchas nacionalistas y sociales de Augusto César Sandino - las distorsionaron la dictadura dinástica de los Ortega-Murillo -, encaminadas en la misma dirección que las salvadoreñas, presagiaron también con su asesinato en 1934, el futuro escabroso que ha debido soportar el pequeño y agresivo istmo.

La dilatación de las desigualdades, la raquítica cohesión social, el racismo - casi a la manera del apartheid - , así como la vigencia de las dictaduras militares cohabitó con un sistema productivo de sustitución de importaciones, que vino a agotarse en las postrimerías de la década de 1970; al tiempo de sostener una estructura económica funcional, la cual recobró dinamismo con la creación del Mercado Común Centroamericano. Dicho esquema de integración captó inversión foránea, dando lugar al desarrollo (dependiente) del parque industrial, así como de la tecnología agrícola.

A causa del agotamiento del sistema autoritario y políticamente discriminatorio, las insurrecciones en el triángulo norte de Centroamérica comenzaron a estallar . Por su parte, los sandinistas, que generaron expectativas democráticas, tuvieron éxito en Nicaragua al caer la dinastía somocista (1979), aunque luego en ese país sobrevivieron los factores determinantes de la guerra civil: los rasgos autoritarios, la extrema pobreza, acompañada de una pavorosa corrupción oficial, más la novedad de los éxodos humanos intraregionales, o los flujos hacia fuera (extrarregionales).

La antigua guerrilla centroamericana accedió, pacíficamente, al poder (Nicaragua y El Salvador), en razón de los instituidos procesos electorales, acordados a través del Plan de Paz de Esquipulas, ideado por Oscar Arias Sánchez. Sino fue que copió los mismos vicios y actos de corrupción de las élites dominantes tradicionales, a las cuales enfrentaron en la guerra, lo cierto es que los líderes de las rebeliones, ya en el poder, escasamente redirigieron las decisiones políticas y económicas hacia el bienestar de las capas sociales en largos años rezagadas.

Guatemala y El Salvador - con superior institucionalidad política y jurídica - tuvieron la virtud de resolver el conflicto militar entre sus ejércitos y las guerrillas, pero siguen flagelados por el creciente déficit social, el cual golpea a Honduras también (a la sombra del Estado fallido), cuyos efectos se traducen en los altos niveles de violencia e inseguridad, deficiente gobernabilidad, la carencia de oportunidades y fuentes de empleo, aceleradores de las emigraciones hacia los Estados Unidos de América. De la falta de cohesión e integración social doméstica, se aprovecha el crimen organizado, creando estructuras políticas paralelas y economías subterráneas, tentáculos transfronterizos, a la hechura de los capos del narcotráfico, capaces de atraer a los jóvenes, y las mayorías sociales abandonadas.

Es desalentador que Centroamérica perdiera su propia capacidad de arreglar sus vicisitudes internas, todo lo cual ha dado pie a la desintegración mayor de las sociedades nacionales. Basta con haber hecho una mínima lectura de las propuestas de los candidatos, con posibilidades de conquistar la presidencia en estos países, para percatarse de la resurrección “cívico – militar”, propias de versiones maquilladas de los otrora gobernantes autoritarios del pasado reciente. O en su lugar, el peligroso resurgimiento de las corrientes populistas del chavismo venezolano; las "dictaduras esotéricas y teatrales"; así como el paso a la política del neopentecostalismo religioso, de factura "iliberal".

Todo ello pone en evidencia la debilidad y la impotencia de la sociedad política y civil de haber instaurado democracias liberales inclusivas, al menos, que fueran capaces, bien entrado este Siglo, de resolver las necesidades básicas, vitales, de las clases postergadas. Para peores, resulta notoria la inclinación hacia las políticas de “mano dura” con tal de reprimir las pandillas juveniles. Y en medio de "esa desesperanza aprendida", la real depresión social de constatar la huida riesgosa y humillante de familias centroamericanas a ciertos destinos migratorios, habida cuenta de que los Estados y los gobernantes de sus países de origen ponen al descubierto su propia incapacidad, o falta de voluntad, de abrigarlos y protegerlos. Serán las naciones receptoras de migrantes quienes deban resolver las penurias de la emigración económica o los refugiados, como quiera denominárseles.

Contra cualquier lógica, la historia se detuvo en nuestra Nicaragua, dirigida por mentes angurrientas y de fusil. Somos testigos de la llegada en ese país de un temible perfil delincuencial. Se trata de la banda político-delincuencial de enajenados, adeptos a Ortega y Murillo, quienes continúan disparando en contra de los manifestantes, que reclaman la caída del régimen. El saldo ha sido cientos de muertos y heridos. Lo recalca el sociólogo costarricense Abelardo Morales Gamboa: "si ya eso es grave, más grave es el que esos grupos con apoyo policial y político, si ya no lo son, están a punto de convertirse en las próximas bandas del crimen organizado en Nicaragua. Como en Colombia , si ya no están en eso, pronto saltarán a la ejecución de secuestros y al negocio del narcotráfico". Esas bandas como tales tendrían desastrosas repercusiones en Nicaragua, pero sobre todo para el resto de Centroamérica. La gran tierra de Rubén Darío pareciera estar condenada a las supercherías y abusos del somocismo, y del pseudo sandinismo: la prolongación del absurdo y el castigo.

*Mag. Ronald Obaldía González (opinión personal).  Correo electrónico: obaldia.gonzalez1@gmail.