H I S T O R I A  Y  S O C I E D A D
Boletín electrónico

 


 

       En este mes en que se conmemora otro aniversario de la celebre Batalla de Rivas y de la lucha de los paìses centroamericanos contra la amenaza filibustera generada entre 1856 y 1857, vale la pena releer un artìculo de Ronald Obaldìa titulado: Adheridos al panamericanismo.  Este texto permite  comprender el proceso històrico por el cual ha transitado una parte de los paìses que forman parte de la regiòn la cual posee grandes retos pero tambièn extraordinarias oportunidades para el desarrrollo de su poblaciòn. 

      Poco antes de la independencia de la mayoría de las naciones latinoamericanas del reino español, se sembraron las simientes del panamericanismo. A inicios del Siglo XlX, como corriente política, estuvo al lado del interés de los Estados Unidos de América, quien favoreció los procesos independendistas. Significó un movimiento político ideológico, cultural, tendiente a la unión de todas las repúblicas americanas en estrecha colaboración (Juan Ontza, 1980). Un ideal tomado inicialmente con dudas y posteriormente con entusiasmo. Con menos capacidad política, económica y militar, aun así, los estadounidenses se empeñaron en contener la injerencia europea en el Nuevo Mundo.

       En cuanto a los hispanoamericanos yacía la sospecha de cambiar un imperio por otro; una sospecha hecha realidad con el tiempo, que configuraba, con otro lenguaje, la política exterior de los Estados Unidos. A nuestro juicio, con variantes y enormes similitudes, el precursor del panamericanismo, había de serlo la Doctrina Monroe, la que preconizaba el eslogan aquel: "América para los americanos". La doctrina como tal se sustentaba en aquel principio de la política extranjera de Estados Unidos de América de no permitir la intervención de las potencias europeas (o extracontinentales) en los asuntos internos de los países del hemisferio americano, incluida la agresión externa.

       Derivada de un mensaje al Congreso por el presidente James Monroe el 2 de diciembre de 1823, la doctrina fue concebida por sus autores, especialmente John Quincy Adams, como una proclamación estadounidense en lo tocante a su oposición frente al colonialismo europeo, especialmente en respuesta a la amenaza que suponía allí la restauración monárquica (Ontza, ídem), además de la Santa Alianza del viejo continente, tras las turbulencias de las guerras napoleónicas.

       La Doctrina Monroe había estructurado también el comportamiento de juez, sancionador y guardián de la política exterior estadounidense; el ejercicio de su hegemonía en América. Con la experiencia acumulada, parte de sus ingredientes hubieron luego de expandirse por todo el planeta, sintiendo eso sí, la resistencia de potencias rivales en la era contemporánea, ya fueran la desaparecida Unión Soviética y la propia China Comunista de Mao Tse-tung.

       Al carecer la nueva potencia americana de suficientes recursos militares en aras de sostenerla, reflejo de sus ambiciones panamericanistas, tal circunstancia determinó que por largo tiempo no fuera invocada, ni calificada como doctrina. Hasta mediados del Siglo XlX fue empleada por los estadounidenses, a fin de posesionarse de Texas y Oregón (Ontza, ídem), o enfrentar los anhelos frustrados de los británicos sobre varios territorios norteamericanos, incluida la anhelada California, que cayó al final en manos estadounidenses. Trascendía, así, la proclama real de evitar que ninguna nación de Europa o cualquiera de América poseyera más dominio que el que ejerciera en aquel entonces, aunque fuera México la perjudicada, la víctima de usurpaciones.

       Propulsora en su conjunto del panamericanismo, la doctrina contó con contestatarios y acérrimos enemigos. En el fondo, la venía rechazando el legendario libertador Simón Bolívar y varios de sus aliados. El criollo hispanoamericano – de ideas y aspiraciones autoritarias - se entregó a la misión de consolidar las perspectivas de la unión de la América hispana; sobre lo cual había luchado hasta su muerte. Según el libertador, esta porción de América habría que unificarla bajo un mandato único, centralizado. Y como garantía de una independencia permanente, él advertía que se debía crear una república grande y fuerte, toda vez de poner a prueba su clarividencia al relacionar el riesgo representado por la inminente potencia en el norte del continente. Por lo tanto, había que desafiar las pretensiones en la América hispana "de cualquier potencia imperial" (Ontza, ídem).

       A efecto de poner en marcha sus ideas, en 1826 Bolívar convocó también al Congreso de Panamá - comúnmente llamado el Congreso Anfictiónico de Panamá -. Parte de su ideario acogía los acercamientos de la América hispana con las potencias tradicionales europeas, principalmente a la medida de Gran Bretaña y los Países Bajos, a causa de su proverbial e inmortal enemistad frente a la España colonial, monárquica, más los recelos hacia la emergente y agresiva potencia estadounidense, en donde en el sur de su territorio se ponía de relieve la defensa de la esclavitud.

       Inmediatamente después del Congreso surgieron las rivalidades personales entre los generales de “la revolución e independencia hispanoamericana”; explotaron reyertas e intrigas políticas, que terminaron por “destruir las perspectivas de una unión sudamericana, por la cual Bolívar había luchado”.

       A partir del pensamiento y la acción revolucionaria de Bolívar, así también de las implicaciones de la doctrina Monroe, en el continente habrá de sobresalir dos tendencias, que inauguran novedosas formas de multilateralismo, relativamente contradictorias entre sí: el hispanoamericanismo “bolivariano”, y, al otro lado, la visión americanista - la cual tuvo mayor éxito - , integradora de la culturas latina, anglosajona, a la cual posteriormente se adhiere la cultura afrocaribeña, una vez que inicia en las comunidades isleñas la consolidación de la independencia nacional.

       No son obra de la casualidad los fallidos intentos de integración latinoamericana, por no decir infértiles, evidentes en nuestros tiempos. Al retrotraernos a los siglos anteriores, nos damos cuenta que el hispanoamericanismo arrancó con bases débiles. Una de las causas ya la apuntamos: las rivalidades caudillescas, generadoras, entre otras cuestiones, de divisiones y disputas territoriales, centradas “en las preferencias, intereses y cálculos nacionales”. A la vez los forcejeos y pugnas políticas y económicas por la supremacía en América del Sur, protagonizada por los gigantes Brasil y Argentina, en cierta forma hubo de determinar la geopolítica subregional, con el agravante de colocar en desventaja a los Estados nacionales pequeños, menos poderosos en términos económicos y militares, aún cuando estos gradualmente se alinearon a una de esas dos naciones líderes, con el afán de seguridad y beneficios marginales.

       En lo relacionado con la doctrina Monroe, ésta tampoco se mantuvo rígida, ni degradó al extremo la influencia de las potencias tradicionales. Entre otras intervenciones foráneas, llegó a ser desafiada e irrespetada por la Gran Bretaña al invadir las islas Malvinas (1833), ubicadas en América del Sur, las cuales Argentina continúa reclamando hasta hoy. Sobrevino la intervención francesa en México (1862 y 1865), así como la ocupación británica de la costa nicaragüense de los Mosquitos (Ontza).

       En cambio, Centroamérica y el Caribe sí estuvieron constantemente bajo la lupa de Washington. Debió prevenir que la pequeña región se saliera de su control. Los intentos de la construcción de un canal interoceánico habrían de entrar dentro de los planes hegemónicos de algunas potencias coloniales. Así por ejemplo, una empresa francesa había fracasado (1888) en la construcción de esa obra en el territorio panameño. En Washington aquello no dejaba de representar factor de riesgo. Era injustificable el ceder en la vital cuenca caribeña el control de las rutas marítimas comerciales, la propiedad de las materias primas, el dominio de los mercados, en cuenta la seguridad regional. En este caso, se aprovechó el abandono francés, por lo que el canal lo hicieron suyo los estadounidenses.

       En otra ocasión haremos referencia de la revolución de Cuba (1959), república que pasó al dominio de la extinta Unión Soviética; sí es un hecho que no solo los postulados de Monroe fueron degradados, asimismo, la crisis de los misiles puso en elevada tensión la hegemonía de Washington, precisamente, en la cuenca del Caribe, el área continental de mayor protección. Lo mismo, nos ocuparemos de la guerra centroamericana durante las décadas de 1970 y 1980, esa vez auspiciada por el eje cubano - soviético, en el medio del ciclo de contradicciones ideológicas entre capitalismo y comunismo.

       En casi todo el Siglo XlX y el Siglo XX el recelo estadounidense frente a las ofensivas colonialistas europeas en el hemisferio, fue parte del orden del día. Y en este caso la reactualización de la Doctrina Monroe resultó una "opción práctica". La agresividad del coloso del norte en términos económicos, comerciales y seguridad, lo obligaba a proteger "su traspatio geográfico”, por lo que había que poner a salvo, en alta prioridad, los derechos patrimoniales e intereses de sus ciudadanos o empresas, sea interviniendo en los asuntos de algún país (díscolo o quebrantado, de acuerdo con su enfoque) para "reordenarlo", restableciendo los derechos y el patrimonio de su ciudadanía y sus compañías. Entre los posibles ofensores de ellos tampoco se descartaban las potencias europeas, las cuales intentaran fraguar contra sus connacionales.

       De los serios yerros y desaciertos de la diplomacia estadounidense. Nació entonces el Corolario Roosevelt (1904), más conocido en el argot latinoamericano como "la política del gran garrote", lo cual hubo de configurar la política dura, la que dio lugar a las intervenciones de los Estados Unidos en Latinoamérica y el Caribe. En esa línea, los Estados nacionales, "discapacitados o desquiciados", serían objeto de las implicaciones del Corolario, en caso de perjudicar subrayados intereses económicos y financieros de ciudadanos y empresas norteamericanas, afincadas en América Latina. A la sazón, los golpes militares, la instauración de dictaduras, las auspiciaron las élites económicas locales, interconectadas a intereses extranjeros; en la región fueron los operadores del Corolario; a su vez, incapaz de frenar la inestabilidad política, hasta hace poco el denominador común de nuestros pueblos.

       El Corolario provocó una gran indignación - apenas diplomática y formal - en los dirigencia europea. Eso sí, en términos políticos y militares, los británicos, franceses, etcétera, estuvieron inhabilitados para enfrentar una potencia que gradualmente los iba desplazando. De esto último dio testimonio España que perdió abruptamente territorios coloniales en la América, lo que impulsó a las otras potencias tradicionales, entre ellas Gran Bretaña, Francia y Países Bajos a entablar pactos con los estadounidenses, con tal de mantener sus posesiones, tal que les permitiría tener acceso a las rutas comerciales, conservar y explotar materias primas.

       En América Latina, particularmente México, bajo la tutela del dictador Porfirio Díaz, tampoco se mantuvo pasiva frente a la línea dura del "gran garrote" (Big Stick, en inglés). Se produjeron piezas doctrinarias del derecho internacional, de amplio reconocimiento, tales como la oposición a las violaciones a la soberanía de cada Estado; los principios de libertad y autodeterminación de los pueblos, tanto en autogobernarse y decidir su futuro; lo mismo que el rechazo a las intervenciones foráneas, en cuenta la argumentación arbitraria, empleada en lo que respecta a desconocer o reconocer un gobierno (Ontza).

       Antes subrayamos que la Doctrina Monroe (1823) bien puede considerarse un intento panamericano. El cual, propiamente dicho tuvo su primera manifestación en la Conferencia de Nueva York (1889 - 90), en la que aparece, ya de manera explícita, la postura del control y la protección asumida por los EEUU en sus comunicaciones e intercambios con los demás Estados americanos. Principalmente, en 1890, con la creación de la oficina de la Unión Panamericana, cuya estructura de organización fue evolucionando, según los acuerdos y resoluciones de cada Conferencia Panamericana. En el curso del incipiente organismo interamericano se firmaron acuerdos en materias comerciales, aduaneras, de transporte, intercambio cultural, etcétera. Al cabo que iba tomando forma el derecho interamericano, a raíz de la firma del tratado Gondra (1923), para evitar o prevenir conflictos entre los Estados americanos. Después quedó derogado por el Tratado Americano de Soluciones Pacíficas (Pacto de Bogotá, 1948).

       En las conferencias de Montevideo (1933) y Lima (1938), Washington aceptó el principio de no intervención y la constitución de un organismo colectivo de carácter consultivo para casos de injerencias exteriores. Esa época se distingue por la política de buena vecindad (1936), sostenida por el presidente Franklin D. Roosevelt. Él fue consciente de los sentimientos anti - estadounidenses, desatados por la política dura de su país, practicada tanto en Nicaragua como Haití, y en otros rincones.

       La participación de todos los Estados del hemisferio en la ll Guerra Mundial contra el nazifascismo aumentó los principios de solidaridad y colaboraciòn panamericanos, estructurados más tarde en la conferencia de Bogotá (1948), particularmente con la creación de la Organización de los Estados Americanos (OEA); quien al formar parte del sistema de las Naciones Unidas, es un organismo “por el cual se equilibró la posición del predominio estadounidense”,

       Paulatinamente, la influencia política estadounidense en América Latina se fue reduciendo; a pesar de ser aún significativa, “dejó de tener la intensidad de épocas anteriores”. Lo cual preocupó a la administración de John F. Kennedy que trató de asegurarla con la Alianza para el Progreso (1961 - 1970), un programa de ayuda económica, política y social de Estados Unidos de América a favor del desarrollo de América Latina. Proyecto que fracasó ante las tendencias conservadoras de las clases dirigentes nacionales, ocupadas más del financiamiento por intermedio de la cooperación, que de alentar las reformas sociales y políticas en sus respectivos países, dictadas por la propia Alianza.

       La OEA, como mecanismo de diplomacia parlamentaria, además de producir un acucioso volumen de doctrina jurídica, política, económica y social de carácter interamericano, igualmente le ha permitido a los Estados pequeños defenderse mediante el voto, en especial, de ciertas imposiciones de Washington y de otras potencias americanas. Pues el voto del pequeño tiene el mismo valor que el del Estado grande, en este caso, México, Brasil, Argentina, Canadá, los Estados Unidos de América, etcétera. Los cuales carecen, ciertamente, de poder veto alrededor de las resoluciones adoptadas por sus diferentes instancias de deliberación.

       Por eso señalamos que en el funcionamiento de la OEA y su red de organismos especializados estriba la superioridad y éxito del panamericanismo (o el interamericanismo), a pesar de algunas fallas y debilidades - la Guerra de la Malvina en 1982 fue una de ellas -. Con todo, fuera de dicho sistema cooperativo y multilateral, lo demás llegará a ser ficción y populismo transitorio.

Ronald Obaldía González (Opinión personal). Correo electrònico: