H I S T O R I A  Y  S O C I E D A D
Boletín electrónico

 


 

     La construcción del ferrocarril al Caribe constituyó una desventurada situación para la clase trabajadora, en la cual fueron imbuidos diferentes grupos, entre ellos afrodescendientes, chinos e italianos; los que vinieron a ocuparse de disímiles labores a falta de suficiente mano de obra costarricense, en tan ambiciosa empresa de Minor C. Keith; al amparo del contrato con el gobierno y con la intención de amasar dinero para enhorabuena regresar a su país.

     De esa manera arribaron entre 1887 y 1888 una suma importante de trabajadores provenientes de la provincia italiana de Mantua. Según un informe de Joaquín Bernardo Calvo, de agosto de 1888, reporta una cantidad de obreros de 1.310 distribuidos a partir de Cartago  hasta 30 millas inglesas, rumbo al Caribe;  en diferentes grupos (Aguilar,1989: 379).

     El primer arribo se dio el 12 de diciembre de 1887, a Limón; “posiblemente, ese día se escuchó por primera vez el grito de: ¡tuttili! (todos allí), por medio del cual se establecía el orden entre aquella legión de obreros” (Aguilar: 1989: 31), posteriormente, los costarricense empezaron a usar “tútiles” para identificarlos. Así inició la adversidad para esos italianos, originalmente campesinos; transformados abruptamente en mano de obra explotada.

     Las complejidades laborales suscitadas fueron desde las duras condiciones climáticas y topográficas, la falta de servicios médicos, las extensas jornadas laborales, el arduo trabajo, el incumplimiento con los salarios, las condiciones inapropiadas en los campamentos, la mala alimentación, hasta la desesperanza en un país distinto, dentro de un paisaje del trópico agreste.

     Al transcurrir unos pocos meses en las faenas, los trabajadores iniciaron las discrepancias. Entre los reclamos más destacados estaban las enfermedades que padecían; los campamentos se habían convertido en hospitales, los muertos sobrepasaban el centenar. Otro aspecto era el relacionado con la alimentación; no se les suministraba pan diariamente, “y cuando se les daba, estaba añejo o mal hecho, de modo que no podían comerlo” (Stewart,1976:82). Asimismo, se quejaban de las pocas raciones; de los alimentos descompuestos, como sucedía frecuentemente con el arroz y los espaguetis.

     Aquellas condiciones infrahumanas en el Valle del Reventazón entre lo húmedo del suelo, la tempestad de la lluvia, el ardiente sol, las complicadas labores, las extensas jornadas laborales, siempre bajo la mira de hombres armados, aunado al incumplimiento con el salario, fueron las justificantes para enfrentar al empresario Minor Keith por medio de movimientos de huelga cada vez más sistematizados; desde el 19 de  junio de 1888 la prensa nacional daba cuenta de los primeros levantamientos de los italianos.

     El escenario era confuso, Costa Rica vivía la primera huelga, el movimiento subversivo ponía en alerta al empresario, al gobierno de Costa Rica, al ejército y a la legión diplomática italiana; también agitaba a la prensa nacional, alarmaba a los habitantes, primero a los de Cartago, luego a los de San José; aquel acto de dignidad, rebeldía y denuedo de un grupo de obreros, no tenía historial en el país; parecía salirse de las normas liberales de la época, arremetía contra el proyecto más ambicioso del país así como contra la empresa más poderosa.

     A pesar de su poca estancia en este territorio, en un escenario extraño, aun cuando todas las condiciones les adversaban, pudo más la necesidad imperiosa de reaccionar así, desesperadamente, frente a la bestial empresa ferrocarrilera; entonces el “todos allí” ahora llamaba la revuelta, luego al paro, después a la huelga…la huelga de los tútiles.

     El 20 de octubre de 1888, los obreros se retiraron de los campamentos para enrumbarse a la ciudad; afirma Stewart (1976: 82) que:

Según parece los italianos se habían llenado de pánico con la enfermedad y la muerte de sus compatriotas, sea cual fuere el número de los afectados; y sumado el pánico a otros factores fue sin duda la causa que los impulsó a la fuga, por entre los bosques, hacia Cartago. Sufrieron tales penalidades en el camino que seis de ellos murieron sin llegar a su destino (…).

     En todo caso, cuando los huelguistas llegaron a Cartago, encontrábanse en un estado lamentable por la falta de alimento y techo en su marcha hacia la vieja metrópoli. El gobierno proveyó a sus necesidades, dándoles comida y hospedaje en el mercado y otros edificios de Cartago.

    A partir de la circunstancia se dieron una serie de negociaciones, en las que intervinieron oficiales, personalidades de la época, diplomáticos de Estados Unidos, Francia e Italia, el empresario Keith; mismas que no contaron con el aval de los huelguistas, quienes respondieron con la ocupación de San José. El 06 de noviembre de 1888 llegaron a la capital como medida para solicitar la revocatoria de la sentencia en su contra, aprobada en Cartago. Procedió el gobernador capitalino a reunirlos en el Parque Morazán; ahí el mismo Licenciado Francisco María Fuentes les instó a buscar trabajo, mientras se resolvía el conflicto, pues contaban con el agravante que las leyes del país prohibían la vagancia; legalmente los huelguistas eran considerados vagos. La petición no fue aceptada, las respuestas fue dispersarse por la ciudad, ocupar los parques, las gradas de la Catedral y cuantos espacios públicos estuviesen disponibles.

    A partir del 15 de noviembre de ese año la situación se tornó tensa, ese día los italianos protagonizaron un motín donde hubo violencia y enfrentamientos con la policía, en los alrededores de la Iglesia el Carmen; el gobierno de Costa Rica no dudó en reaccionar contra ellos, así como la prensa; ese mismo día 22 italianos fueron acusados de vagancia.

    Por medio de oficios diplomáticos de Italia, decretos ejecutivos, resoluciones laborales, se les destinó volver a las labores con la empresa ferrocarrilera, emplearse en otros oficios en la capital, o regresar a su tierra. El cónsul de Italia, Roberto Manglano, en oficio telegráfico, solicitó a Costa Rica proveer trabajo, y pasajes a Italia por cuenta de Minor Keith, mediante intervención del gobierno costarricense. “Ese mismo día el Secretario de Estado Manuel de Jesús Jiménez contestaba con un escueto telegrama que decía: “según noticias italianos todos tiene ocupación”. (Aguilar, 1989: 133). Este sería el fin del movimiento obrero, la gesta había concluido.

   Algunos retornaron a la línea ferroviaria, otros se emplearon en empresas citadinas, o en el gobierno, algunos desarrollaron sus propias actividades económicas y los demás optaron por volver a Italia. Las autoridades nacionales gestionaron el financiamiento del viaje de regreso, con la empresa empleadora. “El 13 de mayo de 1889, ochocientos cuarenta y siete obreros italianos regresaron a su patria, después de una experiencia de casi año y medio en las selvas costarricenses primero y en las calles de nuestras principales ciudades después.” (Aguilar, 1889: 133) A pesar de tanto sufrimiento, se despidieron con una emotiva publicación en la prensa, agradecidos con los cartagineses y josefinos, su epílogo fue ¡Vivan los costarricenses!

   Para la gran mayoría de los italianos sometidos a esa experiencia, los resultados fueron trágicos, desde la humillación hasta la muerte; la huelga fue el desenlace fatídico que hizo reaccionar a los diferentes sectores; se mostraban así los nuevos actores en el inicio de lo que serían grandes movimientos sociales asociados a la construcción del ferrocarril al Caribe y posteriormente al desarrollo de la actividad bananera.

    Los italianos dejaron para Costa Rica un gran legado: el legado de la huelga, como único recurso en la defensa de los derechos humanos y laborales de los habitantes de esta tierra, consumada en la constitución política como un derecho, como la vía por la cual se han logrado grandes reivindicaciones, desde esa época hasta hoy. Quienes promueven la eliminación del derecho a huelga, están negando la existencia de un proceso histórico cargado de acciones, que es parte de la construcción social en nuestro estado, así como un constitutivo de nuestra nación.

*MSc. Javier Olivares  Ocampo. Profesor e investigador de la Càtedra de Historia de la UNED. Correo electrónico: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Fuentes consultadas

Aguilar Bulgarelli, Oscar (1989). La huelga de los tútiles. San José: EUNED.

Stewart, Watt (1976). Keith y Costa Rica. San José. Editorial Costa Rica.