H I S T O R I A  Y  S O C I E D A D
Boletín electrónico

 


 

Mag. Ronald Obaldía González*

     En la esfera de la novedad del populismo, mezclado con nacionalismo, en América del Sur, Jair Bolsonaro, el recién inaugurado Presidente de Brasil, “tan popular porque es populista”, se suma a la corriente “iliberal”, autoritaria, de América Latina. No sobra señalar la vigencia, especialmente, en América y Europa de democracias iliberales tanto de derecha como de izquierda.      En efecto, los populistas en los contextos de democracias iliberales  resultan ganadores de los comicios electorales, pero se rigen por una lógica escasamente respetuosa con el Estado de derecho y las libertades individuales (JORGE TAMAMES), al cabo que envician los procedimientos democráticos.

     Esta vez ascendió al poder un líder exmilitar,  proveniente de la ultraderecha populista.  Su base de apoyo reside en las clases adineradas, la gente blanca, los cristianos evangélicos, una vasta clase media”, los militares, los agroexportadores de las áreas rurales y un sector de la derecha liberal. Con dichas fuerzas sociales le fue innecesario realizar transacciones  con los partidos políticos tradicionales para salir ganancioso en el balotaje realizado a finales del año pasado.    Defensor y reivindicador de la represiva dictadura militar brasileña que se prolongó de 1964 a 1985 (Jorge G. Castañeda); se autoafirma en el el adalid de la mejora económica: Este radical conservador cultural se presenta como el antipolítico, inclinado por las medidas de mano dura contra la criminalidad y la corrupción.

  Opuesto a los postulados de los derechos humanos; su discurso propagandístico se sustentó en el anticomunismo, “la globalofobia”,  el racismo, la homofobia y la misoginia, todo ello contrariando un extenso Brasil de 8.547.400 kilometros cuadrados, una población de casi 195 millones,  compuesto por un mosaico de cosmovisiones, religiones, lenguas aborígenes, de prodigiosa riqueza étnica, cultural.  En su campaña hacia la presidencia brasileña dejó explícito el objetivo de construir una línea divisoria, para evitar que las corrientes globalizadoras, éstas a favor del pensamiento socialista marxista y  el secularismo, se propusieran contagiar la cultura tradicional y los valores morales nativistas de la sociedad nacional.

     En su condición de candidato presidencial, el diputado y exmilitar nacionalista puso de manifiesto de forma altisonante su rechazo al Tratado de No Proliferación de las Armas Nucleares (TNP), el sostén del propósito universal de la no proliferación nuclear, toda vez que se enlaza con en el sistema bilateral con Argentina (ABACC) de contabilidad y control del material nuclear (ROBERTO GARCÍA MORITÁN). En el 2004 una delegación del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) hizo una inspección de las nuevas instalaciones nucleares, ubicadas en Río Janeiro, con capacidad de enriquecer uranio. Saltó la preocupación que tales capacidades pudieran desviarse con fines militares (Guía del Mundo). Por lo tanto, es un alto riesgo que Bolsonaro materialice las sospechas del organismo.

     Con cinco exgenerales en el gabinete, el gobierno de Brasil, regido por Bolsonaro, tendrá más oficiales de alto rango que en ningún otro momento, desde el final de la dictadura militar en 1985. Su objetivo es militarizar la aplicación de la ley en todo el país y hacer que las armas estén ampliamente disponibles para el público. Para él, la policía brasileña tendrá “carta blanca” para matar criminales (Castañeda, idem). En política económica, se propone implementar un ajuste fiscal rápido, de shock y privatizar varios sectores de la economía nacional (Castañeda, idem).

     Dos de las naciones que han ejercido influencia sobre los mecanismos de concertación e integración latinoamericana, sean México y Brasil, se abren a la peligrosa corriente de permitir el retorno de los militares dentro de las esferas de sus respectivos gobiernos. Ambas potencias regionales se muestran distantes de proteger la democracia constitucional y liberal. Pésimo síntoma.

     Agreguemos, como lo señala el académico Bryan Acuña Obando, se parte de la desconfianza en la clase política latinoamericana, todo lo cual “ha llevado a que en la actualidad no exista una posición positiva sobre los modelos de integración” y acción cooperativa, y aparezcan personas y tendencias favorecedoras de los nacionalismos, de  posturas iliberales,  quienes sobreestiman la devolución del poder a los gobiernos nacionales por encima de los esquemas regionalistas.

     Asimismo, el sistema de cooperación internacional que surgió de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial está en riesgo con los nacionalistas y ultraderechistas populistas. El multilateralismo y las instituciones que lo sustentan –entre ellas la Organización Mundial de Comercio, las Naciones Unidas y la Unión Europea– “están siendo cuestionados en tanto más países abrazan el nacionalismo introspectivo”, en detrimento de la estabilidad política, el comercio y la inversión transfronteriza, y hasta resalta la probabilidad que desemboquen en un conflicto (Lise Kingo y Scott Mather).

     La América Latina merece mantener viva la llama de los derechos humanos, a pesar del discurso desviacionista, chantajista e intimidador de la sarta de populistas, extremistas de derecha e izquierda, los demagogos, más los dictadores asesinos, entre ellos Daniel Ortega, Rosario Murillo, Nicolás Maduro, decididos a socavar los regímenes de libertades públicas e individuales, y a menospreciar la paz y la convivencia cívica democrática.

     Eso sí, el deterioro democrático dista de resolverse, culpando a los votantes.Lo cierto del caso es que las turbulencias económicas, el desempleo,  la desigualdad social, ampliamente negativa, así como  la irrefrenable corrupción pública y privada agravantes de la pobreza,  han dado al traste con el buen gobierno o la gobernabilidad estable, lo cual conlleva la consolidación de movimientos políticos radicales, quienes se alimentan de la frustración  ciudadana y por lo tanto de las tensiones internas, a tal extremo que, impensable y peligrosamente, resultan favorecidos  por el voto popular.

     El desenlace comienza con la erosión del Estado de derecho y de las instituciones democráticas,  el ensayo de fórmulas económicas y financieras engañosas e inviables, entrelazadas, casi siempre, con  las restricciones impuestas a los mercados abiertos y unificados (Joschka Fischer) y avanza con el irrespeto a la soberanía popular.

     En este orden, la señal ofrecida por el Presidente Jair Bolsonaro de intentar el debilitamiento del acuerdo comercial del MERCOSUR supone dar forma a “un anillo de fuego” en Suramérica. De seguido, el vecindario cercano brasileño dejará de ser una asociación de “potenciales amigos”.  De esta forma Bolsonaro se dará a conocer como “Presidente fuerte”,  protector  de las empresas poderosas nacionales, el constructor “de soluciones mágicas”; lo que equivale a la implantación del  mesianismo político, el que apenas por un lapso le dio réditos a Hugo Chávez en Venezuela; después de su fallecimiento hemos sido testigos de sus nefastas secuelas.  

     Los populistas ultraderechistas se equivocan al menospreciar la cooperación global, sea en este caso el Brasil de Bolsonaro, quien entre otros enfatizan únicamente que la globalización, dicho sea verdad, “también ha producido desequilibrios sociales, que continúan alimentando el descontento popular”. Pero incitando a la desglobalización (Nouriel Roubini), como hacen hoy una cantidad creciente de personas, se amenaza al propio sistema que ha ayudado a crear riqueza, combatir la pobreza (Lise Kingo y Scott Mather), y multiplicar “las filas de la clase media global”.

     Hacemos una digresión al respecto.   La historia de posguerra demuestra que la integración económica global –en cuenta los negocios, que aúnan los sectores privado y público,  a través del comercio más libre y una mayor inversión transfronteriza- ayuda a los mercados y a las sociedades a prosperar, con una mejora significativa en el desarrollo humano, es decir en la salud, la educación y la expectativa de vida en distintas partes del mundo; asimismo ha contribuido a crear riqueza y expandido la clase media global  (Kingo y Mather, ídem).  Asimismo, mediante el multilateralismo, otros protagonistas “no Estatales” pueden abordar complejidades críticas como el régimen de derecho, la gobernanza global y el cambio climático. Sobre este respecto, los  17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS),  y sus objetivos asociados, significan un modelo para la humanidad y la propia economía global. Pero “la prédica refundadora de Bolsonar, tanto en política exterior como en la política doméstica tiende a “echar definitivamente por tierra” los logros del multilateralismo.

Llamèmoslo nacionalismo

     Los brasileños se creen “lo más grande del mundo”. De hecho, el poderío de su exquisito futbol constituye uno de sus principales recursos publicitarios.     Con tono irónico, algunos autores intentan herir la concepción de grandeza, al coincidir en que  “Brasil seguirá  siendo la nación del futuro”. Es decir, le falta bastante camino que recorrer a fin de llegar a convertirse en nación desarrollada.    Es el orgullo nacionalista, históricamente idealizado, del cual, menos aún, Jair Bolsonaro se escapa. Se puso de relieve en la Guerra Fría. Los gobiernos brasileños mantuvieron distancia de los Estados Unidos de América y de la Unión Sovíetica. El propio presidente Luiz Inácio Lula da Silva (Lula) acentuó el discurso nacionalista; sobre todo, la identidad del “potencial de éxito económico”, aunado al descubrimiento de nuevos yacimientos de petróleo, para mostrar que el Brasil lideraría en la región latinoamericana (Salvidio, idem), restando influencia a Argentina y México, con quienes rivaliza en el ejercicio diplomático de exportar influencia geopolítica en la región latinoamericana, en cuenta más allá. En esto, el discurso nacionalista de los gobiernos civiles se puso al descubierto al acentuarse  la ofensiva diplomática, fallida hasta ahora, de colocar a Brasil en el pináculo del poder, tal que le sea concedido un escaño permanente en el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Los controvertidos comentarios de Bolsonaro frente a la organización global, han de suponer el desinterés suyo de hacer inversión en tal propósito de ser un autor de decisiones universales.

     Lula, el hábil político, supo reinventar los sentimientos de unidad nacional, extraídos de la etapa histórica de aquel Brasil que había nacido como Imperio (1840 - 1889). Aunque décadas después se convirtió en república más disminuida. Aún así, siempre continuó arrastrando el sueño imperial de ese pasado expansionista en términos territoriales, reflejado periódicamente en las acciones diplomáticas del Palacio Itamaraty (Nelson F. Salvidio, 2016); es el edificio brasileño, ubicado en Brasilia,  el cual alberga la sede del Ministerio de Relaciones Exteriores.

     Enseguida, Brasil, junto con Rusia, India, China y Sudáfrica, comenzaron a ser visualizados como “los BRICS”: en el bloque de unidad cooperativa,  de “los países que emergían con chance de convertirse en las economías dominantes hacia el año 2050”;  una línea rectora de política exterior,  la cual ahora Bolsonaro mira de reojo.

   El gigante suramericano ha estado lejos de renunciar a los propósitos nacionales de convertirse en un protagonista global, así lo planteó el PT de Lula: el mayor partido de izquierda de América Latina. Un impulso que se vio opacado a partir del 2013, a consecuencia de la mayor recesión económica; además de "la crisis política sin precedentes", rodeada de protestas sociales,  escándalos de corrupción que lo salpicaron, entre ellos numerosos dirigentes del PT y de la oposición de derecha.

     Por otra parte, teniendo en expectativa alcanzar la presidencia de su país, y de paso reafirmar a Brasil, “un líder de América Latina”, en una posición crucial, de primer orden, en el escenario global, dominado por las rivalidades y las políticas de poder de las grandes potencias, Lula se aferró a las iniciativas internacionalistas de la izquierda. Cooperó con la fundación del Foro de São Paulo, el cual llegó a ser el foro de partidos y grupos de izquierda latinoamericanos, desde centroizquierdistas hasta colectividades políticas de izquierda;  fundado en 1990 por el Partido de los Trabajadores de Brasil en São Paulo. De este movimiento surgieron las tesis del Socialismo del Siglo XXl, acuñadas, principalmente, por la izquierda chavista de Venezuela; así también la de Bolivia, Ecuador, Nicaragua; en Honduras con el presidente Manuel Zelaya, derrocado en junio de 1989; a él se sumó el régimen totalitario de Cuba. De acuerdo con sus fundadores, el Foro fue constituido “para reunir esfuerzos de los partidos y movimientos de izquierda, para debatir sobre el escenario internacional después de la caída del Muro de Berlín y las consecuencias del neoliberalismo en los países de Latinoamérica y el Caribe”.

     En sus emprendimientos de las relaciones exteriores, en cuanto reforzar en diferentes direcciones diplomáticas el prestigio de la nación brasileña, valga subrayar una grave falta en su misión y responsabilidad a favor de la protección del medio ambiente. Resulta innegable la angustia y los señalamientos en su contra, en lo que parece quedar atrapada en un embrollo. Se relacionan con la constante, incontenible y peligrosa devastación ecológica de la exótica región selvática de la Amazonia, lo cual condena además a los pueblos originarios a la crónica marginalidad y desprotección.  Imazon, un grupo no gubernamental que monitorea la selva tropical del Amazonas,  en mayo del 2019  confirmó que el ritmo de la deforestación en la selva tropical ha aumentado en un 20% desde el mismo período de agosto a abril de 2018.  A la vez señaló que sus imágenes de satélite revelaron que la región ha perdido 2.169 kilómetros cuadrados (837 millas cuadradas) de selva entre agosto y abril, un incremento respecto a los 1.807 kilómetros cuadrados (698 millas cuadradas) perdidos en el mismo periodo del año previo. Los analistas atribuyen la mayor parte de la deforestación a la tala desmedida y la invasión de tierras, que, con frecuencia, ocurren en zonas protegidas y reservas indígenas.

     Las presiones de la comunidad internacional resultaron insuficientes en lo concerniente a ser depositaria de  una respuesta colaborativa por parte del actual gobierno. Por el contrario, entre sus promesas de Gobierno, Bolsonaro ha propuesto, en su lugar, revisar los límites de la reserva amazónica, como parte de su esfuerzo por derogar la prohibición de la agricultura comercial y la minería en tierras indígenas. La primera decisión de Bolsonaro tras asumir el cargo en enero fue trasladar las decisiones sobre tierras indígenas al Ministerio de Agricultura, que está controlado por representantes del sector agrícola, ansiosos por abrir nuevas fronteras a la agricultura a gran escala. Por su parte los aborígenes temen el regreso de los mineros de oro ilegales y otros cazadores furtivos en sus tierras, envalentonados por la retórica despectiva de Bolsonaro y sus movimientos para debilitar sus derechos. Desde ya demandan  al Gobierno el respeto de sus derechos constitucionales, identidad y arraigo territorial y cultural y el reconocimiento de sus fronteras terrestres (Bruno Kelly. Reuters) 

     Obviamente, los aborígenes de la Amazonia, al igual que el conglomerado de la negritud han sido excluidos del idealizado  nativismo blanco populista, pregonado por el divisivo presidente nacionalista,  al cabo le otorgó réditos electorales. Ellos son “los otros”: las minorías con otro color de piel, quizás con creencias religiosas diferentes (Chris Patten),  inaceptables a los fundamentalistas cristianos, quienes en octubre pasado fueron el firme bastión de la ultraderecha. 

     En otro orden de las posturas nacionalistas, cabe tener presente que en el 2004 una delegación del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) hizo una inspección de las nuevas instalaciones nucleares, ubicadas en Río Janeiro, con capacidad de enriquecer uranio. Saltó la preocupación que tales capacidades pudieran desviarse con fines militares. Por lo tanto, es un alto riesgo que Bolsonaro materialice las sospechas del organismo. Las capacidades nucleares de ciertos países tienden a acentuar los nacionalismos, sembrar temores en los vecinos cercanos, por lo que habrán de verse atraídos por dar lugar a la modernización de sus recursos militares, y enseguida fomentar en la región la peligrosa carrera armamentista.  

  Antes de Bolsonario: El estilo de hacer polìtica en Brasil 

     Dificil haber imaginado antes del 17 de marzo del  2014 que diera lugar a una investigación sobre el supuesto lavado de dinero; que en un lavacoches pudiera convertirse en el mayor escándalo de corrupción de la historia de Brasil y extendiera tentáculos  en casi toda Latinoamérica. “Este megaescándalo” sacó a relucir “una corrupción sistémica”, favorecedora  de empresas y políticos de todos los partidos: el detonante de profundos cambios que en Brasil han cristalizado en un presidente, Jair Bolsonaro, de ultraderecha, ultraconservador (Najara Galarraga Cortázar);  a nuestro criterio  racista,  peligrosamente incendiario,  conexo con una oposición irrelevante y éticamente tan cuestionada.

     Dos de los siete presidentes que ha tenido Brasil desde el fin de la dictadura,  han tenido contacto con  las rejas,  encausados por la corrupción. En marzo pasado fue Michel Temer, encarcelado en una sede de la policía federal en Río de Janeiro; el veterano político, aún tiene aliados en el Congreso, perdió la inmunidad al entregar la banda presidencial a Jair Bolsonaro. El juez Marcelo Bretos lo acusa de “ser el líder de una organización criminal”, que durante 40 años cobró sobornos a cambio de contratos públicos, infló presupuestos de obras, blanqueó dinero e incluso tenía un departamento de contrainteligencia para obstaculizar las pesquisas. Luiz Inácio Lula da Silva  (Lula), 73 años, cumple casi un año recluido en una celda de las  instalaciones policiales en Curitiba (Paraná), epicentro de la investigación sobre la Lava Jato (Naira Galarraga Gortàzar), “un caso de corrupción que cumple cinco años”.

     150 poderosos políticos y empresarios han encontrado la prisión, en tanto “el descontento ciudadano con la clase política aumentaba”.   Otros tres mandatarios han sido indagados en casos derivados de la Lava Jato, incluidos los dos que fueron destituidos por impeachment, Dilma Rousseff (a la que Temer sucedió en 2016) y Fernando Collor de Mello. Otro murió. El único de los siete a salvo es Fernando Henrique Cardoso, aunque los cargos en su contra los declararon prescritos (Galarraga Gortázar, ídem). Alrededor de Petrobras y la constructora Odebrecht se ha castigado severamente “a la vieja política brasileña”.  Entre los factores del éxito electoral de Bolsonaro “es que el estruendo “de la Lava Jato no le había tocado”.

     En simultaneidad a una de tales tramas y comedias, con frecuencia llamativas en Brasil, en setiembre del 2016  corría la pérdida del escaño del diputado evangelista y millonario Eduardo Cunha; aquella vez destituido en la Cámara de Diputados por corrupto, al esconder cuentas bancarias en Suiza, además de su presunta participación mafiosa, con otros políticos oficialistas y de la oposición, en la red criminal que operó en la petrolera estatal Petrobras.

     El oscuro personaje habría recibido unos 5 millones de dólares “en coimas”. Cunha movió sus tentáculos “e hilos del poder” en el juicio político del Senado, contra la presidenta Dilma Vana Rousseff.  Él se convirtió en el arquitecto de ese polémico juicio, el cual, primero, apartó a la mandataria del poder temporalmente desde el 12 de mayo de ese mismo año.  E inmediatamente  después, en agosto  sobrevino el desplazamiento definitivo de ella: la militante del izquierdista Partido de los Trabajadores (PT),  la formación política del carismático Presidente Luis Ignacio “Lula” da Silva - el líder obrero de origen humilde que huyó de la miseria- ; quien, siguiendo los pasos del entonces Presidente social demócrata Fernando Henrique Cardoso, hubo de tomar la bandera “de la salvación de los pobres brasileños”, en su propia denominación política, actuante y apegada a la plataforma democrática y social, esto durante trece años en el gobierno.

     En cuanto a nuestra aversión por la izquierda marxista, así también por los errores, en los cuales pudo haber incurrido el presidente Lula da Silva (2003 – 2011), en el fondo hay una realidad que resulta innegable. Ciertamente, en su época del ejercicio del poder, el Partido de Lula consolidó gobiernos democráticos, pacíficos, “de los más firmes del continente”. Unió esfuerzos para sacar a 30 millones de brasileños de la pobreza extrema, el hambre y la ignorancia, así también apostó por la estabilidad monetaria y fiscal. A la vez, dejó un significativo legado de avances sociales, económicos, educativos, en agricultura familiar, etcétera. Se impulsó un cambio social, pactado con los sectores empresarios y diversas agrupaciones políticas, lo cual “no encuentra demasiados antecedentes en la historia del país”. Hasta los más férreos opositores del PT lo reconocen; al cabo que la Organización de las Naciones Unidas (ONU) había recomendado los réditos sociales, como modelo para todo el mundo en desarrollo. A diferencia del gobierno de Lula, la constante del régimen militar dictatorial (1964 - 1985) apenas había consistido en  “crear desarrollo dentro del subdesarrollo”, agudo, estructural. 

     En su primer gobierno, Lula saldó la mayoría de sus obligaciones financieras con el Fondo Monetario Internacional (FMI), tras adelantarle un pago de $15.500 millones (Guía del Mundo, 2008). No fueron en vano los esfuerzos de ese socialismo democrático “Lulista” con tal de atacar la extrema pobreza y la marginalidad, ecos de la historia esclavista y de la indisoluble discriminación racial - contra los indígenas y los negros. Sin embargo, la creciente  inseguridad dentro de las conocidas favelas, bajo la influencia de sofisticados grupos criminales,  agrava todavía más  las incertidumbres sociales, la  desigualdad e impunidad, lo que  la sociedad brasileña todavía resiente, cansada además de la frondosa e  inoperante burocracia tanto  federal como estatal, toda vez que impulsa a los brasileños a señalar negativamente el funcionamiento de  los servicios públicos, principalmente,  los de  educación,  salud,  saneamiento y el transporte público,  “los cuales dejan mucho que desear”. En suma, Brasil es de las mayores economías globales, eso sí  la distribución de la renta está bastante lejos de ser equitativa. Lo pone en evidencia el 50% de personas pobres y miserables, excluidas de la economía formal, dentro del total de más de 195 millones de habitantes. (Continuarà en la pròxima ediciòn)