H I S T O R I A  Y  S O C I E D A D
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Comentarios de Obaldìa: La negación del pasado reciente; el gobierno de Jair Bolsonaro: factores de riesgo para “el orden y progreso de Brasil (Segunda y final entrega)

Golpe a la yugular contra el partido de los trabajadores (pt): por haber imitado la política tradicional

      Entre las figuras notables del PT,  cabe hacer mención de la hoy exmandataria Dilma Rousseff. Siendo una joven revolucionaria de 20 años, fue apresada e incriminada por las fuerzas del régimen político militar (1964 - 1985). Por cierto, el lema nacional suyo de “Orden y Progreso”, representó la base  ideológica de la doctrina “anticomunista” de la seguridad nacional, la cual arropó en el pasado a las dictaduras militares, en sus represivas acciones de contrainsurgencia y contrainteligencia,  tal que con ello se despejara cualquier resistencia obstaculizadora  frente a  las políticas de acumulación de capital nacional – “el milagro brasileño -, a favor de las élites económicas, resultantes de la aceleración del libre mercado, sin límites.              

      Rousseff llegó al gobierno como la primera mujer que presidió el gigante suramericano, dando continuidad al esquema de desarrollo balanceado, pragmático, cooperativo entre las clases sociales, ajeno a los radicalismos o dogmas socialistas, simultáneamente el Producto Interno Bruto (PIB) crecía anualmente antes del 2014 entre el 4% y el 5% (CNN).  El PT, en el gobierno, suavizó sus anteriores estatutos y la ortodoxia marxista. El cambio como tal, le facilitó el acercamiento con las formaciones de centro y derecha - entre ellos al Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB) - a las que llevó a una coalición gubernamental, en pos de “la gobernabilidad”.

      El gobierno de Lula debió capear la resistencia que dicha decisión generó en las bases de la izquierda tradicional y los sectores aliados, como las clases medias urbanas. Tal base de apoyo advertía que “el PT se igualaría a las demás formaciones; se volvió conservador y se puso al servicio de las élites” domésticas y foráneas, quienes lograron enriquecerse todavía más (Ricci, ídem) con “el acuerdismo” de Lula. Como dijimos, tampoco significa que Lula y su formación se escaparan de varios escándalos de corrupción, lo cual ha llegado a colocar en grave riesgo a su denominación partidaria.

      En línea con sus postulados de izquierda flexible, el PT se “reinventó” con tal de mantenerse en el poder, en medio de “la tradicional y corrupta política fisiológica brasileña” (Martín Schapiro, 2016), dominada por el clientelismo, el mafioso tráfico de influencias entre individuos y actores corporativos, los címenes fraguados, destempladamente, desde los poderes públicos y privados. El más sonado se refiere a la causa de Petrobras - la estatal petrolera -,  la cual manchó a políticos y empresarios de distintas denominaciones políticas e ideológicas, cuyo proceso judicial siguió el curso normal por decisión de la Presidenta Rousseff, quien se negó a desactivarlo, pese a los chantajes y las amenazas de Cunha y su sociedad mafiosa. Por lo tanto,  ya varias personas han ido a la cárcel.

      Sin ser acusada de enriquecimiento ilícito, a Rousseff se le condenó “por maquillar las cuentas públicas”; de violar leyes presupuestarias para disimular un enorme déficit. Se le halló culpable de alterar los presupuestos, mediante tres decretos no autorizados por el Parlamento; y de contratar créditos a favor del Gobierno con la banca pública, que acarrearon pérdidas. Prácticas que igualmente habían sido  llevadas a cabo por otros mandatarios de ese país, las cuales, en aquel entonces, estuvieron lejos de ser delitos declarados. La destituida mandataria negó los cargos durante todo el proceso, el que continúa calificando de “golpe de Estado”. Una tesis formalmente errónea, dado que la coalición opositora, para el juicio en el Parlamento, se apegó a los procedimientos legales.

      En cambio, los líderes de los anteriores gobiernos, opuestos a Lula y Rousseff, en su afán de descarrillar sus respectivos gobiernos, apostaron contra el país, llegando a aprobar en el Congreso “un conjunto de medidas derrochadoras e irresponsables, destinadas a comprometer la estabilidad fiscal”. Todo lo anterior, en medio de un ambiente económico recesivo, ya que desde el 2013 el bajonazo mundial de las materias primas tuvo impacto negativo en los ingresos brasileños, y de seguido en la gobernabilidad. Enseguida, el Producto Interno Bruto se hundió en 3.8%, así también la tasa de desempleo se duplicó hasta alcanzar el 11%.  Se presume que había llegado a ser la más larga contracción en un cuarto de siglo (Eduardo Mello and Matias Spektor, 2016).

      El voltaje se elevó al salir a flote las protestas sociales, previas a la celebración del Campeonato Mundial de Fútbol del 2014, que en ese país tuvieron lugar.  Particularmente, en Brasilia, las protestas fueron dirigidas contra las costosas inversiones realizadas por los Gobiernos del PT para organizar eventos deportivos internacionales, como la Copa Confederaciones de la FIFA, disputada en el 2013  por ocho selecciones nacionales,  el Mundial de fútbol al siguiente año, así como los Juegos Olímpicos de Río Janeiro 2016, en demostración de aquel “orgullo nacional” antes subrayado. "El Gobierno gasta miles de millones en estadios y deja de lado la salud" y las prioridades sociales, alegaron la mayoría de los manifestantes. Al mismo tiempo, las reyertas populares fueron motivadas  por las turbulencias económicas, y, en particular,  la escalada de corrupción, patrocinada desde la clase política, donde Lula y algunos allegados políticos suyos, continúan involucrados.

      Precisamente, Lula fue condenado en primera instancia a nueve años y seis meses de cárcel en julio de 2017, una vez que el juez Sergio Moro, hoy ministro de Justicia en el Gobierno del ultraderechista Jair Bolsonaro, dio por comprobado que recibió un apartamento de parte de la constructora OAS a cambio de favorecer a esa empresa ((Agencia EFE).

      En enero de 2018, un tribunal de segunda instancia ratificó esa sentencia y la amplió hasta los 12 años y un mes. Sin embargo, el Tribunal Superior de Justicia (tercera instancia), la rebajó a ocho años y diez meses en abril pasado.

      Petrobas y los otros hechos de corrupción no fueron lo único de las tramas. Entre otras, lo llegó a ser el nombramiento de Lula como ministro de la Presidencia en el Gobierno de Rousseff con la supuesta intención de blindarlo con fuero privilegiado, para esquivar a los tribunales de justicia (Shapiro,idem). En este instante de apuros y acusaciones, el PT está dedicado a volver a respaldarse “en los actores que, desde su fundación, constituyeron su estructura principal de apoyo”. Una misión nada fácil, pues la coalición “promiscua” del partido con denominaciones desacreditadas, como la denominación derechista de Temer y Cunha, generó serias fisuras. “Porque el que mal anda, mal acaba. Y eso corre para cualquiera” (Salvidio, idem). De todos modos, el expresidente Luiz Inácio da Silva, llamado Lula, “es una figura o un mito nacional”, un notable maestro, conocedor de “los tiempos de la confrontación y la negociación”. Creció en “la universidad de la vida”; los de este género se revisten de acero, ni los ataques a la yugular los asusta.

El regreso de la politico de los pactos mafiosos 

      Quienes desalojaron a la mandataria de la presidencia, momentáneamente, pudieron sentirse victoriosos. Tal vez omitieron que Rousseff habló con la superioridad moral (Rudá Ricci, 2016), de la que carecen los senadores que hicieron de jueces en el tribunal político. La mandataria intentó diferenciarse del presidente Fernando Collor de Mello, que renunció al cargo en 1992 para librarse del “impeachment” en el Senado, pues le habían acumulado un voluminoso expediente, relacionado con hechos ilícitos en su gestión.

      Lo relata la literatura política latinoamericana acerca del “establishment político y económico”. En Brasil hay un tren de ambiciosos y aprovechados, ligados al lavado de dinero y la cadena de sobornos, otrora vinculados con “el megafraude” en la estatal petrolera Petrobras. La élite idolotra el poder para el clientelismo y la impunidad, de este modo ha logrado multiplicar enormes riquezas. Cerca de ella hubo de rondar el imputado Vicepresidente de la República, Michel Temer, a quien le correspondió  concluir el mandato hasta finales del 2018 de (“la derrocada” presidenta) Rousseff.

    Temer y su socio, el oscuro congresista Cunha, ambos miembros del influyente Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), lo citamos antes, el partido que, además de sus escándalos sobre corrupción que lo rodean, en su tiempo operó como aliado de la anterior dictadura militar. Se ha acostumbrado a tejer alianzas “inescrupulosas” con cualquier partido, que ostente el poder gubernamental, con tal de favorecer los intereses particulares de sus principales dirigentes; dicho sea, el negocio o modo de vida de ellos. O sea, lo llaman un partido fisiológico, sin ideología y especializado en dar la mayoría a los partidos gobernantes, a cambio de puestos clave con acceso a contratos públicos.

      Contra la Presidenta Rousseff urdieron el juicio político, el que al inicio se limitaba a un intríngulis; luego lo inflamaron hasta tomar forma de artificio malicioso y cobarde, tan generalizado en los medios políticos - ni que decir en las organizaciones públicas y privadas -. Parafraseando  las palabras del  expresidente costarricense Luis Alberto Monge Álvarez (+), al retratar la especie de “canibalismo”, sembrado en los ambientes políticos; al mismo tiempo,  una conducta destructiva que llega a ser el denominador común en el Brasil, ahí con mayores estragos, parte del surrealismo latinoamericano.  Es tal que el Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), que lidera Michel Temer, primero  fungió como presidente interino; acaba de concluir su mandato “sin nunca haber ganado las elecciones”. Alcanzó el poder,  su intensa y cumplida fijación mental, satisfecha en la resolución sesgada del Senado, al aprobar la sustitución  (“impeachment”)   de Dilma Rousseff  del Partido de los Trabajadores de Lula. El mandatario saliente el 1 de enero del año en curso “nunca fue querido”. Y salió del Palacio de Planalto con una popularidad del 7% tras presenciar cómo un veterano diputado con una carrera política irrelevante  lograba capitalizar la ira de los brasileños por la corrupción  (NAIARA GALARRAGA GORTÁZAR).

      Si cabe alguna suspicacia de lo subrayado, las evidencias del Brasil nos eximió de pruebas adicionales. Pues en la Administración Rousseff -  Michel Temer (2011 – 2018)  más del 50% de los legisladores del Congreso Legislativo  poseían cuentas pendientes con la justicia, por causas relacionadas con corrupción. Por eso, tan dañinos en América Latina han sido los politicastros, los demagogos, como los militares y los guerrilleros. Ciertamente, son castas con sus propias especificidades, hubiera sido  ideal  sacarlos de escena y expulsarlos. Un reto frustrante, tanto en Brasil como en los otros Estados. Por el contrario, se supone que poseen actualidad y vigencia; el puñado de sus “adoradores”, los hacen todavía más poderosos, pues ellos mismos obtienen además múltiples beneficios, se enriquecen de modo criminal, por lo que de seguido se consolida una estructura de poder, casi que de hierro, la que con frecuencia se apoya en la represión.

      Toda una materia prima para la psicología y la sociología política, para que nos ofrezcan conclusiones del por qué la búsqueda obsesiva del poder para el clientelismo y la impunidad se transforma, para no pocos, en el móvil de sus vidas. Así fueron las corrientes del peronismo, el priismo mexicano, el castrismo cubano, los pinochetistas, el fujimorismo, el kirchnerismo, el lumpen sandinismo de los Ortega Murillo, el chavismo y su séquito regional, - éste el máximo exponente - en quienes la ideología únicamente resulta útil como pretexto, apenas como una fachada.

      En el fondo, tales castas criminales, “en sí y para sí”, como diría Karl Marx, están hechas para defender sus propios intereses. O sea, conservar y perpetuarse en el poder, a costa del Estado de derecho, de las libertades fundamentales y de la estabilidad democrática. Y si hacen gala de tales principios y postulados, como en el caso de Brasil y la destitución de la gobernante, es solamente para maquillar sus insanos propósitos. Por otra parte, es un hecho cierto que las élites conservadoras, se empeñaron en hacer realidad el objetivo de colocar en la presidencia de la nación al derechista Vicepresidente de la República, Michel Temer, sobre todo, para desgastar el liderazgo y reducir las probabilidades del expresidente Lula de retornar al gobierno en el 2018.

      Tales élites anhelan el poder “a cualquier precio”. Por su lado, Dilma sostuvo que las acusaciones eran «pretextos» para imponer políticas que «atentarán contra los derechos sociales» que los brasileños conquistaron desde el 2000. Es la ofensiva de los políticos corruptos, resistentes al cambio; los nostálgicos de la autoridad, basada en lealtades, sobornos parlamentarios y coimas; los cínicos más enroscados en defender sus derechos y privilegios, que en pensar con generosidad en el futuro de la sociedad a la que representan (Ricci, idem). Un degradante comportamiento que reprodujeron los privilegiados dirigentes de base del PT. Al final, se desmarcaron de la mandataria destituida - valorada de modo negativo por la oposición y la prensa -, para ellos había que concentrarse en la preparación de las elecciones municipales de octubre del 2016.

      No es de extrañar que Temer, bajo su “Proyecto Crecimiento”, según él, “para rescatar a la economía brasileña”, anunciara en aquel entonces  la aplicación de estrictas e impopulares políticas de ajuste y de austeridad fiscal; así también un portafolio de privatizaciones de empresas estatales, los activos nacionales, totalmente abiertos a la inversión extranjera, teniendo presente “las enormes riquezas de gas y petróleo bajo el océano Atlántico, frente a Río de Janeiro”, descubiertas durante las administraciones de Lula. Decisiones que en la región no siempre fueron las más acertadas, son susceptibles de causar conmoción social en Brasil, “un país rico, donde la inmensa mayoría es pobre”.

      El programa derechista de Temer era sumamente transitorio, se le auguró escaso éxito. En efecto,  desde hace dos años la economía brasileña apenas ha crecido menos del 1.5%, se encuentra al borde de la recesión, al cabo que las políticas de ajuste fiscal, en una sociedad de insuperables contrastes sociales, frecuentemente, han sido rechazadas por las organizaciones de la sociedad civil. Ellas, en este tiempo más estructuradas, exigentes y vigilantes frente al proceder de los rectores del gobierno y de los partidos políticos. Condena los actos corruptos de los partidos que gobernaron antes del PT, los de este también. Igualmente, reacciona frente a los artilugios, en el caso específico del PMDB del anterior presidente, el cual siempre “esperó al desenlace de los comicios, para inmediatamente ofrecerle su apoyo al gobernante de turno”.

      Lo practicó igualmente con Lula, al colocar a Temer como candidato a vicepresidente en la fórmula electoral de Rousseff. Una alianza rota a raíz del juicio político, en la que Temer y Cunha salieron, (irónicamente) gananciosos, en lo cual cargó responsabilidades el Partido de los Trabajadores (PT), quien se apartó de la ética (Shapiro; Salvidio, idem). Se enredó en pactos bajo serias sospechas de corrupción, hechos que censuró la opinión pública; en cuenta, los desaciertos e impericia, causantes de la ralentización y el estancamiento económico.

Se abre un capìtulo (anormal) en la polìtica brasileña 

      Un persistente y peligroso nacionalismo reflota por todos los rincones de la civilización occidental; sus adeptos continúan dispuestos a morir o matar por sus respectivas naciones (Carlos Alberto Montaner). Es un juego peligroso, sobre el cual se puede perder el control, al extremo que las estructuras moderadoras de las sociedades llegan a colapsar, a causa del poder de los fanáticos, los intolerantes e “incendiarios todavía más dañinos (Chris Patten).     La ultraderecha nacionalista se ha impuesto por sobre la división de los partidos  tradicionales. Hasta ahora el caso de Brasil es el mejor ejemplo en América Latina, en donde la izquierda no radical y la derecha liberal clásica se alternaban el poder después de la dictadura militar (Montaner, ídem). En esta ocasión, Bolsonaro ha originado incertidumbre alrededor de sus capacidades de llevar a cabo la gobernabilidad en el Brasil;  desde ya cuenta con férreos anticuerpos, su menosprecio a la tradición liberal y el Estado de derecho lo delatan y lo colocan en mal predicado. 

      Recientemente, miles de estudiantes, profesores y sindicalistas brasileños salieron a las calles al rechazar  los recortes presupuestarios en la educación, instrumentados por el gobierno de Jair Bolsonaro;  habrá una reducción de 30% en el presupuesto discrecional de las universidades federales. Los recortes alcanzan unos $1.800 millones del presupuesto educativo.  Cuando el  mandatario visitó Dallas, Estados Unidos de América, para recibir un premio replicó:  “La mayoría (de los manifestantes) es militante, no tienen nada en la cabeza. Si les preguntas la fórmula del agua no la saben, son unos idiotas útiles e imbéciles que son usados como margen de maniobra de una minoría que compone el núcleo de muchas universidades en Brasil”. Aludiendo una de las políticas del presidente de rearmar a la población, a fin de enfrentar la escalada criminalidad, una de las líderes de la protesta, respondió a la provocación: “Idiota es quien decide que el porte de armas es más importante que invertir en la educación”.  Se hacen cuestionamientos gruesos “al plan anticrimen y anticorrupción”, el cual flexibiliza el uso de las armas por parte de la ciudadanía. 

      Para la mayoría de profesores y estudiantes los recortes son una represalia (ultraconservadora)  a la postura de algunas universidades federales contra el exmilitar  Bolsonaro durante la campaña presidencial del año pasado, quien planteó extirpar cualquier vestigio de “marxismo cultural de las aulas” (Agencias AP y AFP), así como de exigir la lectura de la Biblia en el aparato educativo.  Su visión en materia de educación y cultura es la consolidación de “un proyecto de ajuste estructural  nacionalista y al extremo conservador”. Él ha insistido en la protección irreversible de los valores tradicionales, tales  la cosmovisión nacional, la religión, la familia, la educación, la escuela. Sin más, intentará  "un ajuste estructural", sustentado en la ética y la moral conservadora, justamente contradictoria con una sociedad ampliamente diversa, cual es la brasileña.

      Vistas la magnitud de las recientes elecciones parlamentarias de la Unión Europea, bien se confirma el auge prevaleciente de reales movimientos políticos extremistas, son una figura socialmente divisoria y desintegradora; empujan por la causa del autoritarismo. Al erosionarse las instituciones del Estado por la falta de capacidad de responder a las demandas populares, sobrevienen los descontentos de la población, se debilita la cohesión social, de los riesgos mayúsculos de las democracias. La ultraderecha brasileña se nutrió de la inequidad en las oportunidades y la asimetría en la distribución de la riqueza y de los beneficios (Velia Govaere), factores determinantes en los incrementos de la criminalidad y el narcotráfico, males derivados, ciertamente, de  la globalización. 

      Hemos mencionado que de esas anomalías sociales sacan ventaja las formaciones antidemocráticas y autoritarias, con las que llegan a identificarse los ciudadanos, penosamente.  Esta vez le correspondió el turno a Brasil con la llegada al poder de un desteñido exmilitar nacional-populista; en lo cual la derecha  y la izquierda moderadas poseen una elevada cuota de responsabilidad al hacerle la vida imposible a la ciudadanía con los continuos pulsos por el poder, y en especial los actos de corrupción, también uno de los gérmenes del empobrecimiento de la nación.     

      Habiendo en 1990 logrado  ser elegido por primera vez para un cargo nacional, como diputado por Río ante el Congreso brasileño, en donde ha permanecido durante seis legislaturas;  el capitán del Ejército Jair Bolsonaro fue capaz de captar como nadie “el profundo hartazgo de sus compatriotas con la vieja clase política”, a la que él, sin embargo, pertenece desde hace tres décadas. Sus posturas “antisistema”, frente al “statu quo” y el equilibrio del poder entre los partidos políticos convencionales,   originaron novedad, “rompedora como él”. (NAIARA GALARRAGA GORTÁZAR).

      En aquel “profundo hartazgo” la mayoría de los votantes exigíó “cárcel para todos los que dilapidaron el patrimonio del pueblo brasileño, avergonzaron la política y recrudecen la pobreza al delinquir con los dineros del pueblo. Tienen que pagar, sí, ante la justicia”. A las pruebas nos remitimos. Así, entonces,  el 28 de octubre del 2018 el ultraderechista Jair Bolsonaro (el minoritario Partido Social Liberal, PSL) se convirtió en el nuevo presidente de Brasil. En la segunda vuelta de las elecciones, con una diferencia del 10% de los votos emitidos,  derrotó de modo convincente al otro candidato Fernando Haddad (del tradicional Partido de los Trabajadores, PT), delfín del encarcelado expresidente Lula da Silva.

      Algunos analistas (“morbosos”) creen que el triunfo del ultraderechista se debió, en parte, a la conmoción que causó su ataque por parte de un enfermo mental, eso le permitió escaparse de los debates políticos posteriores a la agresión  (Associated Press). Lo cierto es que se eligió con bravuconadas verbales y promesas de mano dura y mensajes de intolerancia (NORMA MORANDINI).

      El bolsonarismo todavía no está en su versión final, sino que sigue evolucionando y consolidando su ideología nacionalista, ultraderechista, el conservadurismo (Bruno Torturra), en cuenta su ideal que Brasil sea el quien ocupe la supremacía militar en la región.  En cuanto a esto último, cabe mencionar que Bolsonaro es dado a “proclamar odas” a las fuerzas armadas;  una de ellas consiste en alentar la memoria de los crímenes de la dictadura militar, dándole la vuelta: negándolos y elogiándolos  (ELIANE BRUM).   Su gobierno lo conforman cerca de 50 militares; el vicepresidente es un general y el presidente un capitán que, además, fue retirado del Ejército, aún joven, por indisciplina. La otra (oda) tiene relación con el haber  alentado al Ejército a que conmemorara el golpe de Estado de 1964. Ni siquiera le interesa la reconciliación de los ciudadanos, a raíz de las heridas acumuladas, a causa del lapso del poder militar anticomunista, cuando perdieron la vida cientos de seres humanos.

      El ascenso de Bolsonaro al máximo cargo de la nación significa un explícito retroceso democrático, unido a las amenazas a las libertades fundamentales, aparte que su formación partidaria de carácter excluyente, puede ser cualquier figura, menos “la tea del bienestar social generalizado” y de los derechos humanos. A los pocos días, el mandatario, perversamente, expresó que Brasil no se convertirá "en un paraíso para el turismo gay". Retrató de cuerpo entero su intolerancia y rigidez; tampoco extraña, puesto que pregona la pena de muerte y “la esterilización de la gente pobre”. Refiriéndose a los comunistas, de modo sarcástico, replicó que el régimen militar debió desaparecer más personas.  En lo relacionado con los derechos de la mujer, el presidente exmilitar pone al descubierto la anticultura "machista", misógina,  rechazando el empoderamiento social y ecónomico de las mujeres, así como vivir de manera íntegra, digna dentro de sus comunidades. Se opone a las denuncias, vinculadas con  la violencia frente a las mujeres.  

Economìa

      La ultraderecha y los nacionalistas apuestan por las medidas  proteccionistas en conjunción con la distancia relativa en torno a  los procesos de economía abierta, globalizada. Todo indica que Bolsonaro aspira a construir una especie de capitalismo con el respaldo militar y las grandes compañías (nacionales, extranjeras y transnacionales), parcialmente abierto al libre comercio.  “Esto quiere decir, que el sistema liberal de comercio e inversión internacional, guardián de la apertura,  no sería uno de sus atractivos”, se mostrará distante de plantear "una búsqueda de menores barreras y mayor apertura. Podría ser posible su inclinación por las prácticas proteccionistas nacionalistas, imponiendo aranceles amplios, favorecedores de ciertas industrias nacionales, con lo cual habrá de sacrificar a los consumidores, ya sean los ciudadanos asalariados y otras empresas de menores utilidades (Ian Vásquez, Cato Institute).

      El presidente de Brasil Jair Bolsonaro y su ministro de Medio Ambiente han puesto en duda la realidad del cambio climático, por ello se han volcado a favor de incrementar la actividad minera y agraria, incluyendo en la Amazonia y zonas protegidas, esta “una zona vasta y rica en biodiversidad, y cuya preservación es esencial para combatir al cambio climático” (Agencia AP).  Ambos creen que las leyes ambientales y los grupos activistas a menudo obstaculizan el potencial económico del país. Los agentes del mercado tienden a prestar mayúscula atención a la visión y los intereses del nuevo gobierno. Como sea, la lealtad del Partido de Lula por el mercado y la libre empresa hubo de poseer variantes que arrastraron incrementos en los costos en las transferencias sociales, esto en detrimento, según ellos, de la competitividad de sus compañías.  

      La recuperación y reactivación de la economía desvelan al empresariado; por lo tanto, los planes diseñados por el gobierno ultraderechista han sido recibidos “con las manos abiertas”. Brasil está altamente endeudado. De carecerse de reforma económica la deuda pública podría alcanzar el 102% sobre el Producto Interno Bruto. Hay riesgos inminentes de recesión, aparte de que el galopante desempleo (12.4% con Bolsonaro en la presidencia) hace crónica la deuda social, lo cual puede significar el detonante de reiterativos costos sociales y políticos. La economía sigue sin despegar, mientras la oposición está desaparecida, y el Congreso entrabado, lo cual le da pie a Bolsonaro a insinuar su clausura total.  En efecto, él de ninguna manera tiene el camino allanado a fin de imponer su voluntad.  Para gobernar necesitará de las grandes fuerzas políticas, de  las alianzas, las fusiones o cooperaciones, todas ellas impredecibles, prueba de ello llegó a ser la dupla del izquierdista Lula – y el derechista Temer, una transacción verificadora de  lo antes dicho.

      El clima para los entendimientos y negociaciones, junto con la  profundización de las libertades políticas y civiles es poco elogioso con el presidente exmilitar. Eso sí, en cuanto desarrollo económico, siendo la primer potencia regional,  Brasil posee todas las capacidades y vastos factores de la producción para enriquecerse, sea para unos cuantos millonarios.  El gobierno anunció que los subsidios gubernamentales  serán suprimidos, únicamente las empresas poderosas de ese país pueden sobrevivir sin ellos.    

      Pase lo que pase, es inevitable que el sector empresarial todavía manifiesta inseguridad frente a las consecuencias de la crisis brasileña entre el 2013 y 2014, lo que trajo consigo la destrucción de sectores completos de la economía.  Entre el 2014, inicio de la recesión, y el año pasado, fueron solicitadas en Brasil 6.806 recuperaciones judiciales de  casos de empresas en apuros, las cuales buscan en los tribunales la protección contra los acreedores  - el doble de los cinco años anteriores,  según la firma Serasa Experian -.   Actualmente, los 20 mayores casos en estrados judiciales, involucran deudas por 156,8 billones de reales ($38.000 millones). En la lista se identifican desde empresas abatidas por el caso Lava-Jato, como OAS y Sete Brasil, pasando por la telefónica Oi, y casos recientes, como la librería Saraiva y la línea aérea Avianca de Brasil (BRASIL. O GLOBO/GDA).

      Brasil atraviesa “el periodo de las vacas flacas”. Tras eso el Presidente Bolsonaro, antes lo mencionamos,  resiente la carencia de fortaleza en el Congreso de la República, lo cual se transforma en lastre, en lo corresponde a dar continuidad a la política económica. Por esto, al mejor estilo del activismo de los cuadros  de los partidos populistas de Bolivia, Nicaragua y Venezuela, la formación ultraderechista  ha copiado las modalidades de ellos de hacer política en las calles,  reuniendo en las ciudades a sus organizaciones de base y adeptos fieles anticomunistas y “chovinistas”, quienes atacan los medios de prensa, con ello,  presionan al Congreso Legislativo a desbloquear la aprobación de proyectos de leyes vitales de interés del gobierno.

      Entre los proyectos se destacan  el paquete anticrimen, el decreto para ampliar la autorización al porte y posesión de armas a efecto de atacar la delicuencia;  “la reforma tributaria con tal de destrabar la economía”, en aras de fomentar el empleo (Agencia Reuters); incluye el apoyo al ministro de Justicia, Sérgio Moro —el juez que pasó de estar al frente de la causa contra Lula da Silva a ocupar uno de los cargos más relevantes del Gobierno de Bolsonaro— (BEATRIZ JUCÁ).  En las  tácticas de hecho por parte de sus seguidores ante el Congreso, se halla la reforma al régimen de pensiones; consiste, entre otros motivos, la eliminación de los privilegios y abusos de determinadas élites, en cuenta aquellos de los  funcionarios públicos, puesto que pone en riesgo la  supervivencia de la asignación de recursos, a favor de dichas prestaciones, pese a que deja al descubierto múltiples complicaciones de carácter legislativo y sindical. 

      El sistema de pensiones vigente es insostenible y muy desigual”. Las pensiones devoran el 58% del presupuesto (NAIARA GALARRAGA GORTÁZAR). La reforma, que aún tiene meses de tramitación por delante, pretende ahorrar en una década 1,16 billones de reales (263.000 millones de euros).  Si bien el proyecto le ha valido a Bolsonaro “un amplio apoyo de los mercados”, en cuanto a popularidad la realidad es distinta: posee la más baja de un líder en su primer mandato desde 1992, apenas el 35% de aprobación  (MAURO PIMENTEL AFP). 

Relaciones exteriores

      En su reciente visita a Washington, uno de los temas medulares de las conversaciones del Presidente Bolsonaro  con el Presidente Donald Trump  llegó a ser Venezuela. Se puso de relieve la notoria afinidad entre Trump y Bolsonaro, especialmente para denunciar los peligros del socialismo en América Latina.

      Al considerar a Nicolás Maduro un “dictador” y “títere” del  gobierno de Cuba (Agencia AFP), los gobernantes de la derecha coincidieron en que ese ligamen criminal dio forma a dos narcodictaduras.  Razón por la cual coordinarán acciones, a fin de  aumentar la presión y las sanciones económicas, y con ello forzar la salida tanto de Daniel Ortega en Nicaragua, como de Maduro.  Estados Unidos de América y  Brasil apoyan “los esfuerzos del presidente encargado Juan Guaidó de encabezar un gobierno de transición y organizar nuevas elecciones”.  Valga la digresión, en marzo y abril pasados, meses de alta crispación y de violencia en las calles parecía inminente la  alianza de Brasil, Colombia y Argentina, tentados a invadir Venezuela para derrocar a Maduro y sus secuaces (Carlos Alberto Montaner).

      El alineamiento del gobierno ultraderechista con el Presidente estadounidense Donald Trump acaba de demostrarse con la decisión de cancelar los contratos de más de 8000 médicos cubanos, quienes prestaron servicios de salud a la población brasileña. Forma parte de las medidas de estrangulamiento de la economía de la Isla; la exportación de tales servicios le generó en los últimos cinco años  ingresos anuales de $11.000 millones aproximadamente. Al mismo tiempo, la cesión, sin entrega de soberanía, de la base militar, aeroespacial de Alcántara, al igual que los ejercicios militares conjuntos con vistas a enfrentar el narcotráfico y el terrorismo, reflejan objetivos de seguridad continental, destinados a la conformación del eje estadounidense – brasileño en el hemisferio americano; un eje que se refuerza en términos políticos e ideológicos (Esteban Actis).   Lo antes dicho, comporta a la vez un giro significativo de la política exterior de Itamaraty, la cual casi siempre se mostró contestataria a la gran potencia del norte.  En cambio Trump le prometió  a Brasilia buscarle el apoyo  para  en la OCDE, y hasta respaldar su membresía en la Alianza Atlántica (OTAN).

       Dicho sea de paso con las naciones de esta región, el mandatario brasileño se esforzará, más que todo, en consolidar las relaciones bilaterales con cada una de ellas, sea también en el ámbito extrarregional, esto en detrimento de las comunicaciones e interacciones dentro de los mecanismos multilaterales y de integración regional  (ROBERTO GARCÍA MORITÁN), en cuenta el MERCOSUR, a quien acusa de “socialista”.  Valga mencionar que ese desdén frente al multilateralismo y los sistemas de integración, llegan a fomentarlo también las organizaciones ultranacionalistas de derecha en la Unión Europea. 

      Brasil ha emulado al Presidente Donald Trump en cuestionar el rol de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), y en consecuencia la diplomacia multilateral;  al extremo que el Presidente Bolsonaro dio a conocer en su campaña electoral sus intentos de abandonarla, así como el Acuerdo de París sobre el cambio climático. De acuerdo con su mentalidad, la organización ha sido proclive a atacar al Estado de Israel, razón por la cual cerrará la embajada brasileña en Palestina. Una decisión celebrada abiertamente por los fundamentalistas cristianos, leales al pensamiento conservador religioso del presidente de su nación.

      El mandatario ultraderechista está de acuerdo con Trump en frenar el ascenso de China, quien, según él (Trump) roba propiedad intelectual, se ha beneficiado desmesuradamente del sistema internacional de comercio e inversión, pero incumple sus obligaciones y se aprovecha de sus reglas, así como de sus propios instrumentos de capitalismo de Estado; saca ventajas indebidas de la transferencia forzosa de tecnología, y subsidia a empresas locales.  Es posible que el mandatario suramericano “imponga su criterio en cuanto a evitar su participación en la Iniciativa china de la Franja y la Ruta”, considerada como un recurso de ella para desplazar el poder de los Estados Unidos de América en la geopolítica y economía global (Nouriel Roubini).   De igual forma, descarta enrolarse con la región del Asia y el Pacífico, la que varios observadores subrayan  el desplazamiento geopolítico y económico a su favor, tal que la globalización de ella  habrá de depender (Roubini, ídem). “China no está comprando en Brasil, China está comprando Brasil”, fueron las gruesas palabras pronunciadas en uno de sus discursos de campaña, e indirectamente hubo un ataque severo al gigante asiático, al manifestar (de manera “poco habitual” en los protocolos diplomáticos)  su disposición de “reducir el comercio con países considerados como dictaduras sangrientas”. En esta línea, el gobernante de Brasilia visitó Taiwán, provocando el enorme disgusto de Beijing.

      En la última década China se ha convertido en el principal socio comercial brasileño, con un volumen de intercambio de 98.900 millones de dólares el año pasado. A lo largo de los últimos quince años, China ha invertido cerca de 70.000 millones de dólares en Brasil (MACARENA VIDAL LIY). La mayor parte se ha dirigido a los sectores de la energía y las infraestructuras.  Pero, ante la incertidumbre desatada por los comentarios del entonces candidato presidencial Bolsonaro acerca de que “China está comprando Brasil”, la inversión directa china había caído de los 11.300 millones de dólares de 2017 a 2.800 millones en 2018 (Vidal Liy, ídem).  .

      En desacuerdo con las tesis antichinas de su superior jerárquico, en mayo del 2019 el vicepresidente de Brasil, el general Hamilton Mourao realizó visitó al presidente chino, Xi Jinping, con el propósito de “reencauzar las relaciones entre los dos países hacia la normalidad. Una normalidad que ambos países necesitan, pese a los comentarios incendiarios contra China en la pasada campaña electoral. China se ve obligada “en su incipiente guerra fría con Estados Unidos”,  se ha granjeado “más frentes abiertos”; necesita rodearse de buenos aliados, por lo que disminuir los intensos vínculos con el gobierno brasileño le sería un alto factor de riesgo, principalmente, si Brasil cediera a la ofensiva de Estados Unidos de América de dar pasos, en cuanto a limitar el papel del gigante tecnológico chino Huawei en las redes 5G en dicho país latinoamericano ((Vidal Liy, ídem). 

      Últimamente, las tensiones entre Brasil y China se redujeron. El Gobierno de Brasilia ha anunciado que retirará su demanda ante la Organización Mundial del Comercio (OMC) contra las políticas comerciales chinas sobre el azúcar. Asimismo, ha expresado su apoyo al candidato chino a encabezar la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), Qu Dongyu  (Ídem). No obstante, el gobierno de Brasilia tenderá a apartarse de la sociedad con  los BRICS (la asociación cooperativa entre Brasil, China, India y Rusia), a cambio de consolidar la alianza con Estados Unidos de América, Israel, Colombia y el propio Chile - con este último apuntan mayormente los intereses económicos y comerciales suyos -.  (ROBERTO GARCÍA MORITÁN). Es más, Bolsonaro expresó que podrá contar con Estados Unidos de América como amigo y aliado incondicional, en cuenta Israel con quien tiene en mente instalar su embajada en Jerusalén. Por lo pronto, instaló allí una oficina de intereses.  Desde luego, que la reacción del bloque de las naciones árabes será de rechazo, casi absoluto, en lo relacionado con la cuestión de la embajada.


    En un contexto de retroceso del «orden» liberal occidental, recesión económica y polarización política (Alejandro Frenkel), es de suponer que la fuerza acumulada por la ultraderecha y los ultranacionalistas en las pasadas elecciones parlamentarias europeas  le dará fuerza  mayúscula a los antisistema, en particular a los peligrosos radicales brasileños. En este orden, la probable reelección del Presidente Donald Trump habrá de afianzar la derecha  conservadora radical en el hemisferio. En la otra acera de la ultraizquierda tuvo su propio contexto favorable: décadas atrás lo representó el Socialismo del Siglo XXl, fundado por Hugo Chavez, a raíz del empuje del Foro de Sao Paolo, lo cual empoderó las corrientes izquierdistas en varios países latinoamericanos.  

Conclusiones

      A pesar de la unión con los militares de su país, no estamos convencidos de que la fisonomía ultraderechista de Bolsonaro lo lleve “a arrollar, de inmediato, contra las instituciones democráticas”, ni a atentar contra la vida de los opositores y los desertores del nuevo régimen ultraderechista. Tampoco que se decida a  aplastar toda forma de disidencia, a diferencia de las experiencias del  periodo oscuro de la dictadura militar. Difícilmente, en estos inicios,  llegará a tales niveles de persecución política y autoritarismo. 

      Dicho lo anterior, seguro que la democracia iliberal será su perspectiva. En consecuencia,  una ruta también altamente peligrosa en el futuro cercano, conducente  a la ruptura de la unidad nacional, lo que al mismo tiempo relegaría al Brasil a una posición marginal, en cuanto a conducción regional, puesto que la derecha latinoamericana, como sea, tiene descartado el retroceso democrático, el autoritarismo; por eso sus constantes censuras frente a los gobiernos de Nicaragua y Venezuela, incluido los propios acuerdos diplomáticos frente al discurso afín "al crimen de odio" (Humberto Hurtado Oviedo),  expuesto demagógicamente por el presidente exmilitar. 

    Ha quedado en evidencia tanto en la campaña electoral como en los comienzos de la administración gubernamental  que la cosmovisión política liberal y los valores que entraña, los menosprecia el actual presidente exmilitar, cuya vocación es la anormalidad política y la división, al hacer ácidas  las severas críticas  a la caída de la confianza y el creciente repudio contra las élites gobernantes; en verdad, concentradas en sus propios intereses y en las delictivas conexiones políticas y económicas.  Según su punto de vista, las élites son  cómplices  y exportadoras transnacionales de  la corrupción, de actividades y emprendimientos criminales, entre ellos, el caso de Odebrecht, el cual ha salpicado a no pocos gobiernos y dirigentes empresariales de las naciones latinoamericanas. 

      La comunidad democrática debe redoblar esfuerzos por contener la oleada populista, ya sean de derecha o izquierda, consolidan la ruta de la democracia en el hemisferio, alrededor del desarrollo humano, la cohesión y el respeto a la abundante diversidad. Las fuerzas democráticas deben hacer análisis de riesgo cuyo objetivo es anticiparse  las amenazas contra los postulados de la democracia liberal de acción cívica, en simultaneidad con el reforzamiento del rol de las fuerzas políticas sensatas, forjando negociaciones y acuerdos pluralistas dando paso a la gobernabilidad nacional, a las normas fundamentales de la democracia, a la tolerancia y al compromiso con la dispersión y la dignidad pluralista; y de paso a la cooperación y convivencia regional en los más diversos ámbitos.

      Acaba de pronunciar el Papa Francisco que “cuando una sociedad se preocupa por la suerte de los más desfavorecidos, puede considerarse de verdad civilizada”, por lo tanto estamos escasamente convencidos que estas sean parte de las ficciosas expectativas  de Bolsonaro. Más bien pareciera que él es de los que habla mucho, pero poco hace, menos aún, hará sincronía con los pobres y las minorías étnicas. 

      Por esto mismo, hay que tomar en serio al presidente de Brasil desde ya, para que las fuerzas democráticas no tengan mañana que llorar (JUAN ARIAS).   Desconocemos si Bolsonaro, apellidado “mito”, y convencido de que “Dios le ha pedido que deconstruya Brasil para reconstruirlo” a la medida de su cosmovisión ultranacionalista,  populista y acoplada con el fundamentalismo religioso, ha pensado en que Brasil posee un expediente voluminoso relacionado con la sustitución de gobernantes, haciendo efectivos los principios constitucionales del debido proceso.  Qué sea así, si es imprescindible en caso de llegar a una irreconciliable crispación. Lo peor sería recurrir a alternativas todavía más dolorosas y traumáticas.

      Nadie absolutamente desea una ruptura en Brasil en los años venideros, menos aún, habiendo sido una nación con vocación democrática de poder y con liderazgo regional (Esteban Actis).  En décadas pasadas, los latinoamericanos escribieron con sangre múltiples capítulos, relacionados con el imperio de la violencia,  los rompimientos institucionales, la inestabilidad e inseguridad. Frente a esas crudas realidades, la solución reside en evitar el proporcionar a los radicales (sean de izquierda o de derecha) la menor influencia en América Latina, sean los clon de Bolsonaros, los Maduros, los Castro en Cuba, los Evos Morales, así como los criminales de la familia  Ortega - Murillo, disfrazados de socialistas y cristianos.