H I S T O R I A  Y  S O C I E D A D
Boletín electrónico

 


 

Escrito por Ronald Obaldía González*


       La isla de Xianggang, más reconocida como Hong Kong, es un pequeño territorio de 1,106 km², ubicado en la costa del océano Pacífico del sur de China continental, cerca de Cantón. La totalidad de la población se calcula en 7 millones. La densidad de población – de origen chino en su gran mayoría - es de las mayores del planeta. Pero, sus habitantes representan un tipo diferente de chinos. Los hongkoneses han adoptado la cosmovisión liberal, arraigada en la civilización occidental, su identidad cultural contemporánea; la cual reposa en los antecedentes suyos de haber sido una colonia de la Gran Bretaña.

       Justamente, aquí se centra “el quid de la cuestión” de los violentos estallidos de hace dos meses iniciados por los jóvenes, los activistas sociales, los intelectuales, los periodistas, las organizaciones no gubernamentales y hasta los mismos empresarios contra el Gobierno y la policía represiva hongkonesa, ambas entidades favorables a los intereses del régimen comunista, totalitario, de la China continental. Porque cuando en 1997 Hong Kong (“una megalópolis” financiera y comercial) pasó a convertirse en territorio autónomo de la China continental, los numerosos sectores sociales contestatarios, prodemocráticos, observaron con profunda irritación y desconfianza los intentos, provenientes de Pekín “de diluir la separación entre la China continental y Hong Kong.

       Los habitantes del mencionado territorio insular rechazan el verse absorbidos gradualmente por el autoritario sistema político y económico, equivalente “al capitalismo mercantilista de Estado”, intrínseco a la China continental. Ellos perciben el haber perdido el estatus especial, el cual venía disfrutando el territorio autónomo a partir de 1997. Justamente, el año de la (torpe) devolución británica a la soberanía china. Las entromisiones como tales, ponen en peligro las libertades fundamentales, entre ellas, las de prensa, de asociación y de expresión, implantadas en la excolonia británica, pero inexistentes al otro lado de la frontera, o sea, en la sociedad comunista (Macarena Vidal Liy)

       Un fragmento de la historia universal

       Cabe hacer una digresión respecto a la apertura de China al comercio exterior, la cual comenzó a través de numerosas batallas. Hasta el siglo XIX tanto la China imperial y feudal, como Japón habían permanecido aislados del mundo Occidental. Ambos se comportaron en “enemigos de todo contacto con los pueblos extranjeros, en celosos conservadores de su cultura, sus tradiciones y sus costumbres antiguas”. En el caso particular de China hasta llegaron a considerar a los europeos “como bárbaros, esto es, como poco desarrollados culturalmente”. 

       Durante toda la Edad Moderna, en el extremo oriental de Asia, el gigantesco imperio chino se había cerrado sobre sí mismo, “al abrigo de la Gran Muralla, separado del resto del mundo por los grandes desiertos asiáticos. Permaneció totalmente ajeno al progreso de la historia humana”. La intensidad de la mundialización del colonialismo del siglo XIX hizo de las suyas en términos políticos y económicos. Entre las justificaciones y cálculos hegemonistas de las potencias europeas, tuvo lugar la reintegración a la sociedad planetaria de las vastas y ricas comarcas chinas.

       Voraces las potencias imperialistas occidentales, habida cuenta del vertiginoso desarrollo de sus industrias; desde la primera mitad del siglo antepasado las naciones asiáticas, entre ellas China, se vieron obligadas, mediante acciones (militares) de fuerza, a abrir sus puertos a favor de los ingleses, franceses, portugueses y holandeses, entre otros países europeos. Aferrados estos últimos a los propósitos del dominio de zonas de influencia, empecinados en el dominio de las rutas marítimas comerciales, así como en la expansión de los intercambios económicos y comerciales, se lanzaron “a la apremiante búsqueda de mercados en territorios de ultramar.

       El antiguo Imperio Chino había contado con los pequeños puertos de Macao, donde se admitía a los portugueses, así también el de Cantón, el cual servía a los objetivos de la acumulación de riquezas de los ingleses y los holandeses, con quienes al principio los chinos mantuvieron reducida actividad comercial. El anhelo de aquellos extranjeros reposaba en la mayor apertura de los puertos de China, siempre en función del comercio transnacional y en la satisfacción de los propios intereses de la dominación colonialista. 


       LOS ANTECEDENTES HISTÓRICOS ALREDEDOR DE HONG KONG. Bajo la práctica imperialista de "la Diplomacia de las cañoneras", en la particularidad del expansionismo colonialista de Occidente, el territorio de Hong Kong - en ese entonces casi inhabitado - fue cedido a Gran Bretaña “a perpetuidad” en 1842, cuando los británicos atacaron China en las dos Guerras del Opio. Asimismo, otros territorios adyacentes a esa isla fueron cedidos a los ingleses en arriendo por 99 años, especialmente la península de Kowloon, conocida como “Nuevos Territorios” (Guía del Mundo – Instituto del Tercer Mundo, Uruguay-).

       A propósito de las Guerras del Opio, ellas tuvieron como precedente la segunda mitad del Siglo XVlll, cuando los comerciantes británicos comenzaron a introducir desde la India cantidades crecientes de opio a la China monárquica- feudal, lo cual cobraban con plata. Asimismo, solía usarse el puerto de Cantón para enviar la plata a Londres. Las transacciones permitieron a los empresarios navieros comprar té, seda y porcelana, vendidos luego a los mercados de la India, entre otros. Para Gran Bretaña, el contrabando del estupefaciente constituyó una considerable fuente de ingresos, lo cual servía para equilibrar su balanza de pagos con China, al compensar el gasto de las ingentes cantidades de té importado.

       Los intercambios comerciales impulsaron la formación de los grupos mafiosos en Cantón (ídem), al generalizarse en la gente de China el consumo obligado del opio, con consecuencias en el desmantelamiento de la economía; detrás del cínico comercio fueron también cómplices tanto los franceses como los japoneses.

       El emperador de China, “con fines moralizadores”, había prohibido el uso y el comercio del opio en todo su país, al mismo tiempo ofreció ferrea oposición a la venta y el consumo de esa droga. La orden parcialmente se acató.

       Del fomento del comercio y de la extendida adicción al opio responsabilizó a la Compañía Comercial Británica de las Indias Orientales; la misma que, a pesar de la prohibición, continuó introduciendo en forma de contrabando la mercadería prohibida (ídem). Habida insistencia de las prácticas del contrabando, las autoridades de Pekín dispusieron la destrucción de 20.000 cajones que contenían dicho estupefaciente de propiedad inglesa, depositados en Cantón. A raíz de esa medida de resistencia, soberana, de la nación asiática sobrevino la Primera Guerra del Opio en 1839, cuando la Corona británica declaró la guerra a China.

       La inmediata intervención militar inglesa comportó la defensa de los intereses de la Compañía, arriba citada. Así, entonces, bombardeó con sus buques la ciudad de Cantón y múltiples “populosas y frágiles poblaciones”, causando en ellas millares de víctimas. Ante este brutal ataque, China pidió la paz. No había alternativa. El arcaico ejército chino nada había podido hacer contra las modernas fuerzas guerreristas británicas, quienes hubieron de bombardear Cantón (ídem), como también tomaron Shanghai y Nanking, remontando el Yangtze.

       La agresión británica, en torno a la causa del opio, contra el territorio y la cultura ancestral, milenaria, de China, hubo de sumarse a las otras de siglos atrás, cuando el gigante asiático hubo de ser objeto de invasiones imperiales, por parte de los mongoles, los turcos, las potencias europeas de ultramar (Portugal, Gran Bretaña y Francia), al igual que las forjadas por los coreanos y los japoneses, estos últimos, quienes en el contexto de la Segunda Guerra Mundial entre 1937 y 1945 (idem) avasallaron Manchuria y otras regiones.

       En el orden natural del imperialismo de Occidente del Siglo XlX, Inglaterra respondió con poderosas acciones bélicas al derrotar definitivamente a China por la causa del opio. Llegó a obtener la concesión del islote de Hong Kong, además de cinco puertos sobre el mar de China. Este avasallado pueblo se vio obligada el 29 de agosto de 1842 a firmar el humillante y desigual Tratado de Nanking; a través de ese acuerdo se puso fin a la Primera Guerra del Opio. 

       Al cabo de entregar Hong Kong, el Tratado de Nankin (1842) declaró abiertas a los europeos varias ciudades del país; “diez años después esta medida se extendería a todo el Imperio feudal: China dejaba así de ser el “Continente Prohibido”. En adelante, los puertos de Cantón y Shangai quedaron a la orden de los comerciantes británicos. Luego los Estados Unidos de América y Francia obtendrían de China similares concesiones y franquicias.

       El ACTUAR HISTÓRICO, LA DOMINACIÓN EMPEORÓ. La respuesta china, es decir, el movimiento de resistencia antieuropeo desembocó en la Segunda Guerra del Opio (1854 – 1860), lo que devino en la aparatosa caída de Pekín, esa vez a manos de los ingleses y los franceses. La nueva conflagración hubo de originar la ocupación de Pekín, capital del Imperio Chino, por parte de los ejércitos de tales potencias europeas.

       Igualmente, salieron a colación las decisiones entreguistas, tales como la firma en 1860 de adicionales y desiguales Tratados: los de Tient-sin y el de Pekín, por los que China llegó a conceder a ingleses y franceses, nuevos puertos libres, o zonas de influencia, en el litoral del norte; así también se acordaron cesiones a Gran Bretaña, entre ellas, parte de la península de Kowloon y la isla de Stonecutters. La superficie de la colonia aumentó significativamente con la incorporación de los llamados “Nuevos Territorios”, más 235 islas aledañas, mejor dicho “los botines de guerra”. Los cuales fueron arrendados a Gran Bretaña por 99 años a contar desde el 1 de julio de 1898 hasta el 30 de junio de 1997 (BBC Mundo). De este modo quedó conformado el actual territorio de Hong Kong.

       Al final de la Segunda Guerra del Opio, “el Reino Unido también obligó a China a permitir el comercio de la droga”, así como a pagar una indemnización equivalente a veinte millones de dólares. Mediante el tratado de Nanking, China accedió a comerciar con Gran Bretaña, de acuerdo con las condiciones e imposiciones de ésta, al tiempo que “los súbditos británicos no estarían sometidos a la legislación china, bastante cruel, por cierto” (ídem).

       En 1874 se forma en Inglaterra “la sociedad anglo-oriental contra el comercio de drogas, ya que la opinión mundial había comenzado a alarmarse por los perjuicios morales del tráfico de estupefacientes en Hong Kong” y el creciente número de enfermos adictos en China”.
       Los mencionados Tratados dieron lugar a una precaria situación comercial para China, la que duraría casi cien años. Fue en 1920 cuando China logró recuperar sus tarifas aduaneras, aunque la cláusula de extraterritorialidad se mantuvo hasta 1943 (María Laura Brito). Desde luego que las divisiones internas tuvieron lugar en China, a consecuencia de los “Tratados desiguales”, inaceptables para una nación que décadas después se configurará en un régimen marxista, “antiimperialista”.

       El nefasto expediente de Hong Kong, producto de los repartos territoriales del mundo, inherentes a los apetitos y exigencias de las potencias colonialistas occidentales, llegó a desencadenar posteriores invasiones extranjeras contra China, en detrimento de su integridad territorial. A finales del siglo XIX, ella llegó a ser derrotada por el Japón, la emergente y agresiva potencia de Asia.

       Las ambiciones japonesas pusieron al frente a las potencias de Rusia y Alemania, quienes levantaron “una intervención conjunta para defender la integridad de China (1895)”; un inmenso territorio sobre el cual se habían enfocado los intereses expansionistas de las potencias occidentales, en simultaneidad con las concesiones de carácter comercial y financiero, todo ello a contrapelo de la soberanía y la humillante “desintegración territorial del Imperio Chino”.

       Recordemos que durante la Segunda Guerra Mundial la potencia nipona se apoderó de Hong Kong, por lo que la transformaron en centro militar de su campaña expansionista en Asia. Tras la rendición incondicional japonesa, enseguida los británicos rescataron la isla.

       En 1898 estalló en China la revolución nacionalista, antioccidental, “promovida por la sociedad secreta de los bóxeres” o “los puños armónicos”. Sin embargo, un ejército extranjero, compuesto por europeos, estadounidenses y japoneses, venció a los chinos, quienes “debieron pagar compensaciones e indemnizaciones, como también reconocer las concesiones efectuadas hasta entonces”. Esa vez, las potencias coligadas apenas garantizaron (la frágil) integridad territorial de China, por lo que desistieron de los intentos de reparto. Eso sí, exigieron el otorgamiento de concesiones de tierras en torno al puerto de Shanghai, para el objetivo de la instalación de fábricas (Guía del Mundo, ídem).

       Posteriormente, el gobierno chino realizó reformas en la milicia, en la economía y en la enseñanza. Hubo de surgir un partido democrático, de corte nacionalista: el partido Kuomitang, encabezado por el médico Sun Yat Sen, quien hizo el llamado al “Constitucionalismo”. Por lo tanto quedó abolida la monarquía, y se proclamó la República (1912); en un principio presidida por el médico nacionalista; eso sí teniéndose como hecho real que Hong Kong continuaría siendo posesión británica.

       TRAS LA VICTORIA EN 1949 DEL COMUNISMO TOTALITARIO EN LA CHINA CONTINENTAL, atraído por las fuerzas rebeldes e izquierdistas de Mao Zedong (1893 – 1976), se proclamó la República Popular China, se instauró el sistema de partido único, similar a la Unión Soviética. En el contexto de la Guerra Fría – la división y el antagonismo mundial entre el capitalismo y el comunismo - las potencias capitalistas occidentales, fueron los Estados Unidos de América y la Gran Bretaña, impusieron “al gigante asiático” el bloqueo económico y comercial.

       Por el contrario, Hong Kong experimentó un extraordinario auge comercial, industrial, llegó a convertirse en un dinámico centro financiero, de inversiones, transportes, de grandes terminales portuarias, así como de comunicaciones de dimensión global. Evolucionó a las alturas de un vertiginoso “bastión capitalista”, sustentado en bajos impuestos y aranceles aduaneros mínimos, lo cual hubo de asegurar la “confiabilidad y la libertad en los movimientos de capital” (idem), y demás factores de la producción. A la vez, le fue altamente ventajosa la situación geográfica excepcional y las propiedades suyas de ser un puerto libre y próspero, fruto de la herencia e influencia ideológica, social y cultural de las potencias capitalistas occidentales, y el corolario de los constantes flujos financieros e inversiones.

       Hasta ahora ha llegado a ser (Hong Kong) un centro económico y comercial de primer orden en el Extremo Oriente. Su fisonomía se transformó radicalmente al convertirse en el destino de millones de emigrantes (Andrés Serra Rojas), fueran refugiados vietnamitas, sobre todo de chinos continentales, quienes huyeron de las invasiones japonesas; tiempo despúes, de las garras de la hegemonía del comunismo - de naturaleza totalitaria, conculcador de las libertades fundamentales - , en extremo ya acendrado en la corpulenta nación. Ciertamente, los refugiados llegaron a emplearse en condición de mano de obra barata, posibilitadora del rápido crecimiento, en especial de la industria manufacturera, el auge de la infraestructura moderna, así como del cúmulo de actividades básicas de una genuina y enriquecida economía de servicios.

       LA EVOLUCIÓN ECONÓMICA DEL RÉGIMEN COMUNISTA. A finales de la década de 1970 bajo el poder político de Deng Xiaoping, da comienzo en China la reforma o la apertura económica, la cual consistió en la gradual modernización industrial, respaldada con capitales extranjeros y parte del ahorro nacional. El líder Deng impulsaría un orden social que relativamente distanciaría de la rigidez marxista del Estado centralista y “dirigista” de las estructuras de la sociedad china.

       En otras palabras, observando los resultados del exitoso apogeo de los modelos pro-capitalistas de vecinos suyos, entre ellos, Japón, Corea del Sur, Taiwán e Indonesia; el régimen reformista desistió de quedarse atrás en Asia, por lo que apostó a favor de la consolidación de “las zonas económicas especiales” en las proximidades de las colonias europeas de Macao y Hong Kong, las cuales figuraban ya entre las primeras plazas capitalistas del Lejano Oriente (idem). Especialmente, con la isla hongkonesa habrían de incrementarse lazos de interdependencia en los diferentes ámbitos económicos y financieros.

       A comienzos de 1980 Londres y Pekín celebraron negociaciones acerca del futuro de Hong Kong; el arriendo por 99 años del territorio concedido, a través de varios tratados desventajosos, concluía en 1997. Un acuerdo alcanzado en 1984 definió, en primera instancia, que China habría de recuperar la soberanía de Hong Kong, pero el territorio suyo contaría “con un alto grado de autonomía”, en las condiciones “de región administrativa especial”, esto para mantener vigente la naturaleza capitalista de su pujante sistema económico, comercial y financiero.

       Asimismo, los hongkoneses conservarían por 50 años sus derechos, libertades civiles; gozarían de la autonomía judicial, derivados del régimen colonial británico (idem). El sistema económico comunista de China no se aplicaría en Hong Kong, habría compromiso de respetar allí el sistema legal existente antes del traspaso de la plena soberanía, o sea, hasta el año 2047. “Mientras tanto, el gobierno comunista de Pekín asumiría apenas las tareas relacionadas con “la defensa y las relaciones exteriores”.

       Según el gobierno chino la reunificación habría de sustentarse en la visión de “un país, dos sistemas”, equivalente a la coexistencia entre la economía de libre mercado de Hong Kong, dotado hoy de estructuras turísticas, industriales, financieras y comerciales más relevantes del mundo; y al otro lado el centralizado y el odioso control político y económico del resto de China, configurado por el Partido Comunista, aunque igual de exitoso en términos de poderío económico, habida consideración de las reformas de Deng, quien introdujo en su nación, no pocos fundamentos del sistema de mercado capitalista. 
Efectivamente, a partir del 2047 China ya no estará obligada a mantener la autonomía acordada con Reino Unido, para el traspaso. Por lo que después de esa última fecha “es casi obvio el rechazo de Pekín a otorgar el voto universal a los hongkoneses, lo cual ha venido provocando repetidos y violentos enfrentamientos. (continuarà)